Botánica fantástica (3)

El árbol del orgullo

La historia del “Árbol del orgullo” está en el libro titulado The man who knew too much de Chesterton.
Un ermitaño, un santo llamado Securis, pidió para los árboles el don del movimiento, y ellos, una vez concedido el don, acompañaron el paso de su cuidador. Fue el amor del ermitaño por los gigantes verdes el que consiguió, para éstos, la liberación del suelo, mas esa libertad estaba acompañada por una prohibición: la de no comportarse como los animales, no devorar ni destruir.


«Pero uno de los árboles oyó una voz que no era la del monje; en la verde penumbra calurosa de una tarde, algo se había posado y le hablaba, algo que tenía la forma de un pájaro y que otra vez, en otra soledad, tuvo la forma de una serpiente.»

El gigante se vio tentado por ese pájaro extraño, que con palabras sencillas le habló y lo sedujo convenciéndolo de su fuerza y poder. Acercó además a las aves del orgullo, los pavos reales, para que se posaran en sus ramas. Y el árbol débil, como un hombre, las aprisionó hasta matarlas.
El pecado fue revelado en la primavera con la llegada de los verdes brotes, pues los brotes del árbol no fueron hojas sino plumas, plumas azules como  las de aquellas aves que habían muerto en sus brazos.

Podríamos imaginar que a partir de ese momento el árbol ya no pudo moverse. Y que en su quietud permanece como un monumento, un recuerdo y una advertencia.

Pavo Real

La fotografía -de mi autoría- fue tomada en el zoológico de la ciudad de La Plata.

El uso del tiempo

En el periódico El País he leído la siguiente noticia: Un problema de narices, y he pensado seriamente sobre lo que ella podría indicar.
Sabemos bien que el uso que cada hombre le otorga al tiempo del que dispone está regulado de alguna forma.
Desde que se ha implantado el modelo capitalista del trabajo, el tiempo ha pasado a ser un valor de cambio. Por ello hay que disponer del mismo de cierta forma conveniente: invertir el tiempo en el trabajo, la educación (cuyo horario acostumbra desde temprana edad a la jornada laboral), ahorrar tiempo para “cosas importantes” (olvidando, en realidad, lo que más importa.)
Pero de lo poco que se habla (y mucho se padece) es del extremo al que se ha llegado con respecto a los ideales del trabajo y de la sociedad contemporáneos: hay que trabajar siempre, no estar agotado; no sólo cumplir con el trabajo sino con la vida familiar, con la vida social, con la imagen que se tiene.
Los hombres hoy corren detrás de un reloj imaginario, y para no detener su marcha hacen cualquier cosa que tuvieran al alcance de sus manos. El consumo de drogas no es nada nuevo, pero pocas veces se menciona el consumo de drogas que se hace para soportar las exigencias del trabajo, para poder soportar largas jornadas, para “seguir y no parar nunca.” Y no hago referencia aquí sólo a las drogas ilegales, sino a aquellas toleradas y que se publicitan en los medios de comunicación, ya sea bajo la forma de medicamentos o no, y que a veces se cree que son menos peligrosas.
Si prestamos atención a las publicidades, por ejemplo, de suplementos vitamínicos o aspirinas (que cada día tienen más propiedades curativas) señalan: primero, que si uno está cansado no puede hacer las cosas que le gustan. Segundo: que la vida diaria nos enfrenta siempre a exigencias a las que hay que responder todo el tiempo. ¿Y cuál es la fórmula para lograrlo? ¿Acaso es tomar prioridades? ¿Acaso es descansar cuando arrecia el cansancio? ¡No! La solución es consumir el producto “X” por una módica suma de dinero y ese producto nos permitirá hacer todo lo que tuviéramos que hacer sin rendirnos ante el cansancio de un cuerpo que se degrada. Claro que no importa que eso que debemos hacer es seguir trabajando para poder comprar luego más “X.”
Continuemos un poco más con las publicidades, pues ha ocurrido que mientras escribo veo en el aparato de televisión dos publicidades más: una, la de un medicamento para bajar de peso, de acción rápida. Otra de un banco multinacional que ofrece la posibilidad de tener un crédito de inmediato, por el valor de cinco sueldos y con una tasa de interés que es preferible ni mencionar (por lo onerosa) para hacer lo que uno quisiera, sin esperar. “Para vivir la vida hoy”, dicen.

Toda una vida de consumo, como bien ilustra Bauman en su libro que lleva ese mismo título.
Junto a la exigencia de no detenerse se hace presente también la prisa, la inmediatez por obtener las cosas. Ya no es extraño encontrar personas que sacan créditos para pagar la cuenta de alguna de sus tarjetas de crédito (quizá para comprar más “X” y poder tomar otro empleo que le permitiera sacar otro crédito para pagar el anterior y así comprar más “X”…) Es algo verdaderamente kafkiano.
El mensaje que engloba todos estos fenómenos -aparentemente tan disímiles- es paradójico: hay que darse prisa y vivir la vida hoy, porque mañana… Pero allí donde se esperaría el “puede ser demasiado tarde” aparece el “no hay mañana.” No está la muerte acechando detrás de la prisa, está más bien su abolición. Nada se pierde. Hay que trabajar, ser exitoso, darse los gustos de inmediato, cuidar del cuerpo, y además ser joven, hoy porque hoy es lo único que hay.
El problema de creer que no se puede perder nada es que es un engaño, pues inevitablemente hay pérdidas.  Es parte de la naturaleza, la vida se pierde. Entonces cuando ocurren los hechos que antes podían ser inscritos dentro de un orden, como el duelo, aparece cierto vacío que no puede llenarse porque la exigencia social es la de seguir corriendo, no detenerse.

Una sociedad que niega la muerte no puede más que conducirse de esta forma.
En el cuento de Edgar Allan Poe titulado “La máscara de la muerte roja”, hay una peste, la Muerte Roja, que azota una comarca, el príncipe Próspero se encierra en su palacio con otros cortesanos y organiza un baile de disfraces negando la existencia de la peste y la miseria y la muerte. Mientras ellos bailan inconscientes, sin embargo, aparece alguien disfrazado de la Muerte roja. El príncipe, ofendido, increpa al cortesano que, disfrazado como la Muerte roja insulta su alegría con esa ironía blasfematoria. Claro que no había cortesano ninguno bajo el disfraz: la Muerte roja los había alcanzado.

Seguimos bailando entre bufones, improvisadores, bailarinas y músicos. Corre el vino, corre “X” y corremos nosotros. Tarde o temprano aparece la máscara inesperada.

La máscara de la muerte roja -Poe-

Fuente de la imagen

Aqueos en colaboración con S.A.D.

Premio Blog del Día


Hoy recibí la grata sorpresa de ser nominada al premio Blog del Día.
La generosidad de quien me ha nominado es grande.
Como corresponde, la nominación implica a su vez nuevas nominaciones por parte del premiado.
He aquí las bitácoras que visito y que llenan de belleza y creación las aguas turbulentas de la red:

La muerte geométrica de Sócrates
Lugar de pensamiento y reflexión en el que la cultura se reúne toda.

Cómo morir en la ciudad y vivir en el intento
Espacio de escritura de Javier Galarza en el que la poesía y las musas suelen detenerse.

El jardín cerrado
La pluma de El doctor Hache, un hombre respetuoso de las palabras y amante de la cultura, nos permite acceder a otros mundos.

La audacia de aquiles
“El mundo visible es sólo un pretexto” sentencia Aquileana, con toda razón.

Grupo Creativo Gatito
Bitácora que busca la belleza en los pequeños detalles, como debe ser.

A Photo a Day from Planet Earth
Bitácora en la que diariamente se publican fotografías de todas partes del mundo. Cada uno está invitado a participar y disfrutar de los lugares de la Tierra.

Sólo con fotos
Fotografías y espíritu poético abundan en este lugar.

Espero que las visiten y disfruten de ellas.
Aqueos

Botánica fantástica (2)

El árbol de la sabiduría

En el comienzo -está escrito- el hombre tuvo acceso al paraíso. Y en ese paraíso la sabiduría toda se escondía en los frutos de un árbol, aquél que se encontrara en el centro del Edén:

“El día en que Yahvé Dios hizo la tierra y los cielos, no había sobre la tierra arbusto ni ninguna planta silvestre había brotado, pues Yahvé Dios no había hecho llover todavía sobre ella, no había hombre que cultivara el suelo. Sin embargo, brotó desde la tierra un manantial y regó toda su superficie.
Entonces, Yahvé formó al hombre con polvo de la tierra, y sopló en sus narices aliento de vida, y existió el hombre con aliento y vida. Luego Yahvé plantó un jardín en un lugar del Oriente llamado Edén; allí colocó al hombre que había formado. Yahvé hizo brotar del suelo toda clase de árboles agradables a la vista y buenos para comer. Y puso en medio el árbol de la Vida y el árbol de la Ciencia del bien y del mal.”

Génesis 2, 5-10

Las versiones acerca de las consecuencias que acarrearía probar el fruto de dicho árbol varían. En el Génesis se sostiene que quien probara el fruto, hallaría la muerte.
Otros, con espíritu poético han soñado:

«En efecto, el árbol prohibido era el de la sabiduría, el árbol de la ciencia, no sólo del bien y del mal, como dice el Hebreo, sino de lo verdadero y de lo falso, de lo visible y de lo invisible, del cielo y de la tierra, de los animales y de los espíritus. Y tú sabes querido amigo, que sapiencia es potencia, y que ser Dios significa precisamente ser sapiente y potente.
» {…} ¿Cómo fue que Adán y Eva, aunque probaron el fruto prohibido no se volvieron dioses, sino que fueron expulsados por su Dios fuera del hermoso jardín?
»Te explicaré brevemente, si quieres, este aparente misterio. Eva, en la confusión del momento, no advirtió que los frutos del árbol eran muchos y diversos entre ellos, y no oyó lo que le dije; es decir, que no bastaba comer algunos, sino que era necesario despojar enteramente el árbol, es decir, adquirir toda la sabiduría. En cambio apenas hubo comido uno, no tuvo la presencia de espíritu de coger y comer rápidamente todos los demás, y así fue como Jehová tuvo tiempo de darse cuenta del peligro y de poner inmediatamente remedio a él con el destierro perpetuo. Si Adán y Eva se hubieran comido todos los frutos del maravilloso árbol, el Gran Viejo no hubiese podido arrojarlos del Paraíso. Hubieran sido dioses contra Dios, y ningún ángel, por provisto de espadas llameantes que estuviera, los habría puesto en fuga. Dios pudo castigarlos porque no habían pecado enteramente. El pecado original fue castigado porque no fue bastante grande.»

Giovanni Papini: “El demonio me dijo”, en Lo trágico cotidiano.

Aparentemente el hombre ha sido fallido desde el principio.

Papini culmina su extraordinario relato con las palabras del demonio, que con nostalgia, se muestra deseoso por regresar junto a Dios.
El demonio guarda la esperanza de que alguna semilla del árbol hubiera sido arrastrada por el viento, más allá de la muralla que separa al Edén. Y que una vez en la tierra, esa misma semilla germinara para dar lugar al nacimiento de un nuevo árbol.
Espera que el hombre encuentre el árbol y los frutos y que culmine con aquel acto del origen. Pues sabe que si logra que el hombre se convierta en un dios, el Padre de todo -temeroso por la lucha que podría librarse- lo tendría que llamar a él a su lado.
Mientras tanto los hombres, incautos, continuamos en la busca de aquel saber perdido.

Johann Elias Ridinger: Schöpfung  (Creación)

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Creación y serie

La gran cantidad de escándalos (plagios, fraudes en concursos, etcétera) que últimamente rodean al mundo de la escritura me ha llevado a pensar en algunas cuestiones que se relacionan con la originalidad, la creación y el mundo editorial.
Algo ha ocurrido desde que la práctica de la escritura ha pasado de ser una forma de busca de la belleza a ser una profesión (entendiendo el término sólo como una forma de ganar dinero.)
Los concursos, se sospecha, ya no son una forma de entregar un premio al relato y a la creación. Los concursos se han convertido sólo en una forma de ingresar en el mercado de ventas. Y ello no tiene nada que ver con la excelencia, con la belleza, con el arte.
Uno de los ejemplos más resonantes -de escándalo- ha sido el que ha llegado a términos judiciales, el del concurso que organiza la editorial Planeta. Otro ejemplo es el de las copias o plagios. Ya ha ocurrido que se han premiado obras que luego resultan ser copias textuales de otras (el caso de cuento de Papini, en el concurso que organizara el diario La Nación en el año 1998.) Lo que poco se menciona en esos casos es el desconocimiento de obras clásicas por parte del jurado, conformado por supuestos conocedores de las letras.

La originalidad


Desde que nació el concepto de autor, y el de obra que lo acompaña, se asiste al problema del plagio, la copia y el reconocimiento. No quiero ingresar en un tema tan complejo que exigiría mucho más trabajo del que aquí se puede ofrecer, pero sí querría que por lo menos se plantearan algunas preguntas.

La creación de lo nuevo, la originalidad, sólo nace de la tradición. ¿Qué significa esto? Que no puede haber nada original en aquél que desconoce lo que existió antes que él. Cuando se oye a alguien decir que quiere ser original y que por ello no lee nada, lo único que se puede esperar es escuchar lo que cualquiera dice, pues nuestra preciada originalidad es tan igual en todos que… no es nada original.

El conocer la pluma de los clásicos, aquello que otros pensaron, permite que nuestro espíritu se hinche, se llene del alma de aquellos que ya no están pero que con sus palabras siguen presentes entre nosotros. Luego, puede ocurrir que eso que hemos conocido, que degustamos, que se nos infiltró en el alma, nos lleve a combinarlo de otra forma, que nos impulse a crear algo distinto, pero en base a eso que ha quedado en nuestra memoria, o en nuestro olvido.

El desconocimiento de los clásicos

No es concebible que se pueda conocer todo lo que se ha escrito. Es una tarea que por su magnitud es imposible de realizar, pero además carece de sentido. No todo lo que se ha escrito merece ser leído. Desde que la imprenta ha visto la luz en el mundo, no sólo las obras más sublimes se han reproducido. El trabajo de los amanuenses, de los copistas, le otorgaba a la reproducción de un libro algo más que el hecho de ser sólo una reproducción. Había allí un trabajo que nada tiene que ver con la reproducción mecánica de una máquina, con la serie. Claro que también la reproducción manual de cada obra incluía la versión del que la copiaba. La censura y la traducción crearon nuevas obras.

Que no sea posible leer todo lo bueno no significa que no hubiera que leerlo. Actualmente asistimos a un movimiento de superproducción de la escritura (Una nueva barbarie): todos escriben, pero pocos leen.

Algunas obras soportan la prueba del tiempo, su belleza, su compleja forma de tratar el problema del hombre, hacen que sobrevivan por varias generaciones (es muy difícil no reconocer lo verdaderamente bueno cuando se presenta frente a nosotros.) Y sin embargo, siempre encontramos algún perdido que confunde esa prueba del tiempo -que hace a la obra vieja en el sentido del tiempo que ha pasado desde su creación-, que sostiene que es vieja “porque no es actual.”

El mercado y la serie

Al mencionar la creación de la imprenta se tocó un punto importante, el de la reproducción automática, que ha tenido sus ventajas y grandes desventajas.

La difusión de las ideas propias es algo loable. El problema emerge cuando se pasa de algo que se sostiene como derecho ­-la libertad de expresión- a la justificación de que eso que se dice es válido sólo porque se puede decir. Entonces bajo un derecho absolutamente reconocido se dice cualquiera sandez sin un gramo de responsabilidad ni argumento que sostuviera nada “porque es una opinión propia” y “porque uno tiene derecho a tener su opinión.” Este fenómeno ha invadido todos los medios imaginados, no sólo el ámbito de la escritura. Claro que si al estúpido se le menciona que dice estupideces, uno es tildado de intolerante… (Y sí, soy intolerante… con la estupidez.)

¿Y qué ocurre con las opiniones propias que “son originales”? Son todas iguales. Absolutamente son todas iguales. Nunca antes la serie, la copia, se ha visto tan propagada. Los espejos que a Borges lo horrorizaban por la multiplicidad que proferían, son pequeños comparados con el mundo editorial actual. ¿Y por qué son todos iguales? Propongo posibles respuestas: la trasgresión, la supuesta originalidad, el consumo de vidas privadas, se ha vuelto la moneda común. Se busca tanto la trasgresión y se ha tratado de transgredir todo, que ya no se sabe qué hacer. Antes era un escándalo escribir un insulto en una página, hoy es común. Tal vez el gran escándalo hoy sea escribir bien, pero el público está tan acostumbrado a la mala escritura que es muy probable que no entienda lo que se ha escrito.

A veces parecería que aquello que se supone realidad es válido y lo que se supone ficción no. Es muy divertida esa falsa separación que hacen: hay algo verdadero y hay algo ficticio. ¡Si supieran que eso no importa en la menor medida!

Hace poco se me dio por buscar la forma de publicar ciertas obras, y en el camino, en la busca de información, me topé con muchos que me dijeron que lo que está de moda es la novela histórica, que es la nueva creación de las editoriales, o también aquello que se relaciona con mi profesión: el psicoanálisis. Y que lo que se vende (hay que prestar atención al término) son los libros de autoayuda, de explicación de los problemas, de formas de sobrellevar la vida, de consejos para… Se vende… y yo no podía dejar de pensar en qué se vende, ¿el alma? ¿La rigurosidad? ¿El arte? ¿La dignidad?
Después me explicaron que uno debe saber cómo venderse

La pluma ya no trabaja por el arte, trabaja por el pan, y sin embargo de ese pan que se busca sólo se reciben algunas migajas. Cualquiera que escribe sabe que no vive de eso. Pero me refiero a los que escriben en serio no en serie. A esos que se toman la vida por buscar la línea perfecta, que, como Goethe, trabajan una vida por lograr su Fausto.
¿Habrá tenido Goethe un corrector? Pregunta impertinente, pero interesante.
El mundo editorial está lleno de profesionales, pero parecería que carece de artistas. Las obras que se publican pasan por correctores y aún así son un desastre. La invención de palabras (por ignorancia y no por espíritu) abunda. Algunos ejemplos menores: influenciar, como si influir no alcanzara, recepcionar, por mencionar otra. Escribo esas palabras porque son las más horrorosas que he encontrado entre otras.

Pienso en Oscar Wilde, y en El crítico como artista:  «El público es prodigiosamente tolerante, lo perdona todo, menos el talento.»


Algunos artículos y entradas en los que se puede indagar y pensar sobre el escándalo Planeta:
Un artículo, que lo resume todo: Tensiones y contensiones de Elsa Kalish 
La entrada: Piglia-Planeta: El escándalo

Publicaciones del periódico:
Con el prestigio en juego
La novela que nunca se apaga
El concurso que perdió el juicio

Desde unos versos de Arturo Capdevila hacia Sierra de la Ventana

En el poema que se titula “Nocturno de los cantos de la noche”, que es parte de El libro del bosque, hay unos versos que son así:

Pensaste que los hombres
amaran las estrellas.
Y el alma de los hombres
no sabe de este amor.
Ya nunca los invites
a dialogar con ellas.
¡Ve solo por las rutas
del infinito en flor!

Entonces, esos versos, y el recuerdo fresco de otras lecturas amistosas (ciertos libros de Hudson y de Cunninghame Graham), me hicieron recordar un momento del último viaje que hice por las tierras de la provincia de Buenos Aires. Hay que leerlos con atención a los versos anteriores para poder imaginar luego con precisión el bello episodio. Hay que leerlos con precisión y, quizá, agregarles otros versos que hay al principio del “Nocturno de las palabras humildes” y que son así:

Por caminos sin nombre
de viaje voy.
¡Ojalá nunca olvide
que tierra soy!

Con precisión y con atención hay que leerlos, o, mejor dicho, con los ojos cerrados, tratando de sentir las palabras (lo que suele llamarse atención conspira justamente para no lograr eso.) Hay que leerlos como poetas.
Leía esos versos y otros, llenándome de poesía, y súbitamente, como un relámpago, recordé el episodio que con descuido había olvidado.
En realidad quizá no lo había olvidado, estaba allí guardado esperando el momento para surgir otra vez y devolverme la felicidad de aquella ocasión. Aunque la felicidad que regresa es un poco rara, porque parece que hubiera perdido algo (otro verso de Capdevila me viene a la mente entonces:

se me escurre el oro que en el tiempo corre.)

Por otra parte, mientras caminaba hacia la biblioteca con la intención de escribir estas líneas, un relámpago verdadero, que iluminó de repente la ventana, pareció reprenderme por haber olvidado algo tan bello.
Ocurrió en el camino hacia Sierra de la ventana. Era todavía de noche y viajábamos más bien solitarios hacia el sur de la provincia. La ruta, como saben quienes la han recorrido, es muy oscura; profunda, silenciosa y poética. La noche se iluminaba solamente por los faros del automóvil. Es que ya no viajamos como se debe, es decir a pie o a caballo. ¡Cuánto más bello habría sido todo si hubiésemos estado viajando a caballo!
Pero no, estábamos viajando en el automóvil, más bien solos, y en el cielo se veían las desaforadas estrellas. Muchísimas había, de ésas que los hombres no aman, pero de ésas mismas a las cuales les cantan los poetas. La negrura de la noche y la soledad de la pampa se unían con las estrellas y le daban a todo el aire maravilloso de la poesía y de los sueños. Como se ve, ya era todo bastante bello, y si el tiempo se hubiese detenido en ese instante, yo no hubiera alzado protesta ni reproche. Sin embargo, faltaba algo.
Y faltaba algo que mejoraría mucho más toda la escena. ¿Cómo imaginar que podía mejorar todo eso?
Viajábamos, decía, en la oscuridad y la soledad, arriba las estrellas del cielo sin luna, quietas en su latir; abajo la pampa negra y la ruta del infinito en flor. De repente, a media altura en el cielo, fugaz y ligera, una luz surcó el aire y quedó por un segundo impresa en nuestras retinas. Era uno de esos fenómenos que los hombres suelen llamar estrellas fugaces. Y aunque no son estrellas, sí que son fugaces. Estrellas fugaces. A veces el pueblo sabe ser poeta. Buen nombre le han dado.
En medio de la oscuridad y la soledad, como si nos señalara el camino hacia el sur, una estrella fugaz hizo más bella una escena que no podía ya mejorar. ¿Cómo pueden algunos (esos hombres que no saben del amor por las estrellas) vivir sin saborear momentos como ese? ¡Qué ilógico ascetismo el que profesan!

Sierra de la Ventana