Botánica fantástica (6)

  

El sándalo endemoniado

 

En el libro cuarto de su relato, Pigafetta cuenta lo que le dijeron los nativos de una de las islas en las cuales hicieron escala. Según la experiencia de los nativos, repetida una y mil veces, cada vez que iban a cortar sándalo se les aparecía un demonio que podía tomar varias formas y que les permitía pedir cuanto necesitaran. Esas apariciones, sin embargo, los llenaban tanto de temor que caían enfermos y así quedaban durante varios días.

En la mayor parte de las ediciones de la relación de Pigafetta aparece allí alguna nota del editor de turno o del comentador estudioso. En esas notas, en general, se busca la explicación racional de la experiencia de los nativos de la isla. Dicen, por ejemplo, que quienes trabajan en cortar el sándalo enferman por el intenso aroma que exhala el árbol. Los nativos, ciertamente, se acercaban mucho más a la poesía que los comentadores.

De todas formas la explicación es inútil. ¿Acaso no decían los nativos que el demonio podía tomar diversas formas? ¿Por qué no habría de tomar la impensable forma de un aroma? Nos conviene, como les convenía a los nativos, quedarnos con el demonio y sonreír ante las cándidas explicaciones. Y luego disfrutemos el aroma del sándalo, que mejor huele sin explicación ninguna.

 

Las hojas huidizas

 

La descripción de las hojas huidizas está en el libro tercero del relato que Antonio Pigafetta escribió acerca del famoso viaje en el cual supo participar. Se trata, como se sabe, del primer viaje documentado que hicieron los hombres alrededor del mundo. Luego, en general, todos han querido tomar por mero documento histórico el relato del italiano y no le han perdonado, entonces, las mentiras del arte. ¿Qué podía esperarse? Si lo hacen con Heródoto quien era un poeta, por qué no lo iban a hacer con Pigafetta a quien hoy lo definirían casi como un turista.

Cuenta entonces Pigafetta que, llegados a cierta isla, conocieron una especie de árbol cuyas hojas, al desprenderse de las ramas, podían trasladarse solas. Describe esas hojas y dice que son parecidas a las del moral, que “tienen el pezón corto y apuntado y a los costados de éste como dos patas.” Cuando alguien tocaba las hojas éstas huían, pero al estrujarlas no goteaban sangre. Agrega entonces Pigafetta que tuvo una de esas hojas durante nueve días dentro de una caja y que cada vez que abría la caja veía cómo la hoja se movía. Según él creía, “estas hojas viven del aire.”

Los hombres no le creyeron, y algunos hasta buscaron motivos racionales por los cuales a Pigafetta pudiese haberle parecido que las hojas andaban solas. Que la hoja no se movía y la que se movía era la nave… que deliraba al verse rodeado de tanta enfermedad y tanta muerte… que las hojas se movían solas sobre todo cuando el que las observaba había bebido aguardiente… que Pigafetta era sólo un mentiroso…

Cuando se buscan los motivos racionales, porque no se siente o no se soporta la poesía, el resultado es siempre cómico. Sin embargo, el contraste entre la quietud del árbol y el frenesí de sus hojas es extraño y bello. Es fácil imaginar al árbol que engendraba aquellos apéndices huidizos. Quizá se trataba del único árbol que, en la historia del mundo, supo conocer la emoción y el orgullo verdadero. Quizá el árbol se sentía orgulloso y henchía su tronco cada vez que una de sus hojas correteaba libre por el mundo, acaso como un padre que observara a su hijo dar sus primeros pasos.

Los incrédulos comentadores deberían recordar que tampoco Macbeth creyó que el bosque Birnam pudiera moverse. Así le fue. Detrás de la incredulidad suele agazaparse el horror, y desde allí acecha a los hombres.

Mapa del primer viaje alrededor del mundo

Botánica fantástica (5)

La flor del loto

 Odiseo, el astuto, el héroe, el villano. Después del sitio y la destrucción de Ilión, pudo regresar a su amada Ítaca. Se embarcó junto con sus hombres huyendo de las flechas funestas, y quedó luego en manos del destino… o ya lo estaba desde antes.
Su sola travesía es la historia de toda una vida, las aventuras de su viaje son la suma de las aventuras de muchos otros hombres. Pero sólo a él, al que no tiene nombre, al que es nadie, le ha tocado franquear el camino que le estaba destinado.

Apenas las naves se alejaron de Troya, el viento, ya conjurado por los dioses, alteró el regreso del héroe. Después de diez días oscuros avistó la tierra de los lotófagos. Los habitantes del lugar convidaron a los navegantes con el fruto del loto, la flor delicada y hermosa. Tan deliciosa era su sabor que apenas la hubieron probado se negaron a reembarcar. El fruto otorgaba el don, o la maldición, del olvido. Por ese motivo pasaron muchos años antes que retomaran el viaje.

Muchos han hablado acerca del olvido, pero pocos han entendido que el olvido no es más que otra forma de la memoria. Es que pocos son los poetas en el mundo. Tal vez la flor del loto no otorga el olvido sino el recuerdo. El que la prueba sueña con aquello que ya no tiene, con aquello que lo hace feliz, y es por eso que desea permanecer alimentándose con ella. Sea como fuere, el héroe logró que sus hombres abandonaran la calma y felicidad que la flor les otorgaba con sus propiedades. Amarrados debajo de los sitiales de las naves, los hombres que hallaron la calma en las flores partieron de esas tierras.

El resto, como sabemos, es olvido.

Fuente de la imagen

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Invitamos a los lectores a que, si conocen más especies que pudieran ser incluidas dentro de la serie de la botánica fantástica, nos lo hicieran saber. Su participación será apreciada y reconocida.

Aqueos – S.A.D.

Letras – Poesía – Psicoanálisis

Botánica fantástica (4)

El jardín de las Hespérides

En el jardín de las Hespérides se encuentra un grupo de árboles cuyos frutos son manzanas de oro.
La Tierra entregó a Hera, como presente por su boda con Zeus, un grupo de manzanas de oro. Como las manzanas eran extraordinarias, la diosa las mandó a plantar en un jardín y las dejó en custodia de las Hespérides, las ninfas del atardecer, y de un dragón de cien cabezas, engendrado por los amoríos de Tifón y Equidna.

A pesar de los altos cuidados, hubo quien pudo robarlas. Mas el destino había establecido que las manzanas pertenecían a ese jardín y a ningún otro lugar. Así que, aunque fueron hurtadas, ello no implicó su pérdida.

De los frutos dorados algunos afirman que otorgan inmortalidad, pero aparentemente su belleza y el desafío que implica obtenerlos han trascendido más que sus otras propiedades.

Las manzanas generaron enfrentamientos, y provocaron ruina.

Atalanta, quien corría carreras con sus pretendientes y jugaba su mano y su virginidad contra la vida de los otros, fue vencida por Melanión por culpa de las manzanas, pues el joven las arrojaba en el camino y la cazadora no pudo evitar detenerse a recogerlas.

Éride -la Discordia­­- lanzó una manzana de oro entre las diosas, en la cual relucían las siguientes palabras: “a la más hermosa.” Ése fue el comienzo de la guerra de Troya.

Heracles, sujeto a los caprichos de su primo Euristeo, las hurtó del jardín con la ayuda de Atlas, quien era el único que podía tomarlas. Cuando las Hespérides descubrieron el robo, se convirtieron en tres árboles: un sauce, un olmo y un álamo. Bajo su sombra, luego, descansaron los argonautas.

El dragón, asesinado por las manos del héroe, fue colocado en la bóveda celeste y puede vérselo desde entonces. Es conocido como la constelación de la Serpiente.

Hespérides de Hans Von Marées (1884)

Fuente

Las manzanas de Idun

Los dioses nórdicos no son inmortales. Su destreza, su fuerza y su energía se renuevan por alimentarse con las manzanas que, en un arca, custodia Idun, esposa del dios Bragi, señor de la poesía.
Cada vez que la hora de recuperar las fuerzas se acerca, los dioses se reúnen y prueban las manzanas. Será así hasta el ocaso de su existencia.

Los dioses nórdicos se asemejan a los dioses griegos por su humanidad. Son arrastrados con facilidad por las pasiones. El odio y el amor hacen de ellos juguetes del destino, al que obedecen ciegamente. Mas los nórdicos son aún más humanos que los otros dioses, pues no son inmortales. De hecho, conocen cómo les llegará la muerte, y la esperan. Odín crió al lobo. Balder perdonó al muérdago. Thor espera a la serpiente. Vanargand sabe que su vida terminará bajo los pies de Vídar. Tyr enfrentará las fauces del perro Garm y sucumbirá ante él. Frey luchará con Surt y caerá, por no tener su espada.

Una vez, por culpa de Loki, el de los engaños, los Ases perdieron las manzanas.
El gigante Tiazi, bajo la apariencia de un águila, atrapó a Idun. Los dioses se volvieron viejos y canosos. Mas ese no fue su fin, pues no estaba escrito de esa manera. Atraparon al artífice del secuestro y consiguieron el regreso de Idun. Tiazi, como suele ocurrir, finalmente murió.

Loki e Idun, de John Bauer

Fuente

Las nubes o un problema de actualidad

¡Apariencias! ¡Siempre apariencias!

Mientras escribo la luz del sol parece apagarse y luego vuelve a tomar fuerza. En el cielo hay nubes, que son apariencias. Cada cual ve en ellas la forma que quiere. Pero las nubes son nada, y viajan por los aires cambiando su apariencia hasta deshacerse.

La erudición como impostura, la ignorancia como un bien, la exhibición como el mal de la época.

Nubes. Eso son los que intentan aparentar lectura. Buscan resúmenes y apuntes para poder decir dos banalidades sobre el escritor tal o sobre el pintor fulano o el poeta mengano. Creen que con eso están hechos, creen que eso es la cultura, creen que eso es la poesía, creen que eso es el arte.

Ocurrió hace poco que un poeta ensalzó ante otros el libro de Octavio Paz titulado El arco y la lira. Dijo, simplemente, que se trata de un buen libro. Entonces alguien lo oyó e intentó, primero, encontrar en la red virtual el libro de Paz. No lo encontró. Sin embargo encontró mucho de eso que circula en la red. Páginas que hablaran sobre el libro de Paz, casi siempre erróneamente y perdiendo la poesía, hay millones. Y, ante la queja del poeta, el que buscó dijo entonces la frase fatal: “por lo menos algo sé sobre el libro de Paz.” Y he allí la tragedia de las nubes.

¡Qué tragedia la apariencia! Las nubes nunca van a entender que para los eruditos de turno, esos personajes de la universidad que fuera, la poesía no es nada. Es un mero tema de estudio, un tema para hacer “apuntes” y “textos”, un tema para hacer “temas”, para decirlo con las palabras que suele usar la misma persona que dijo “por lo menos sé algo sobre el libro de Paz.” Quien leyera las sandeces del erudito de turno sin leer la obra del poeta, ¿sabe “por lo menos algo” sobre la obra de ese poeta? ¡No, no, no y mil veces no!

El problema es que para las nubes tampoco es nada la poesía.

Nubes del mundo: hay que hacerse poetas y desechar las apariencias. La poesía es esencia, es vigor, es grandeza. La apariencia es humo, es debilidad, es olvido, es nada.

Una vez estuve hojeando, en la hemeroteca de una universidad argentina, una revista que publicó una de las cátedras de la carrera de letras. Allí había unas páginas sobre el cuento de Borges titulado “Emma Zunz.” Como casi todas las páginas que escriben los estudiantes y los profesores de letras, nada tenían que ver éstas con la poesía y con el arte. ¿Puede decir, quien las leyera sin haber leído el cuento de Borges, que “por lo menos sabe algo” sobre ese cuento? ¿Sirve de algo saber, como sostenían los que escribieron esas páginas, que el apellido de la protagonista puede leerse al derecho como al revés -de atrás para delante y cabeza abajo? ¿Está en esa nadería de erudito de turno ayuno de todo talento la esencia del arte que pone en juego Borges en ese cuento? Las nubes creen que sí. ¡Pobres nubes!, así les va: pasan y se deshacen y son humo y son olvido y son nada.

Es cierto que no es una obligación leer. Pero tampoco es una obligación aparentar lectura y hablar a tontas y a locas. Las nubes se ejercitan en sus truenos y se hacen insoportables. El proverbio que aprovecha Shakespeare es cada día más verdadero: el vaso vacío es el que hace más ruido.

Como la oferta crea la demanda, las nubes han generado un cúmulo prescindible de seudo creaciones. Gran parte de la creación literaria actual, por eso, consiste en escribir para el olvido. ¿Qué significa escribir para el olvido? Escribir sin pensar en dejar una obra que sobreviviera. Escribir para las nubes.


Clásicos resumidos


Hoy se ha convertido en clásico un hecho que se repite cada vez más y que no puede menos que generar cierta preocupación. Es la proliferación de escritos, investigaciones y estudios preliminares de universitarios letrados que, por su profusión, termina sustituyendo la lectura de los verdaderos clásicos. Es que las nubes buscan eso.

El hecho se observa de esta manera: una persona desea leer, por ejemplo la Divina Commedia. En otros tiempos esa persona se acercaba a una librería y compraba un ejemplar de la obra de Dante y a continuación disfrutaba de ella. Pese al esfuerzo que pudiera implicar encontrarse con la obra de Dante, el lector aceptaba el desafío. Trataba de trabajar la obra él mismo, descubrir sus recovecos, sentir en el alma el canto del poeta: hacer, en una palabra, un esfuerzo de poesía.

Hoy interesan más las ediciones anotadas y mucho mejor si contienen un extenso estudio preliminar en el cual se hablara de la vida de Dante, de los conflictos que vivió en su época, de cuánto tardó en escribir la Commedia y cómo lo hizo, si usaba calcetines y de qué color eran y otros datos que cualquiera que amara un poco la poesía sabría que no importan en la menor medida. Pero las nubes no quieren oír a Dante, quieren oír al erudito de turno. Quizá le temen al soplo de la poesía que las desharía en el aire.

La nube busca en el estudio del doctor X el resumen, la explicación fácil, la solución del enigma. Busca algo que le ahorrara el esfuerzo de tener que leer verdaderamente.

Tengo bajo mis ojos un volumen que contiene la obra de Dante titulada Vita nuova. Se trata de una edición italiana contemporánea de una famosa editorial y publicada en su colección de clásicos. En la mayor parte de las librerías de Italia podría encontrarse ahora mismo un volumen exactamente igual al que estoy mirando. Y en él, afortunadamente, todavía está Dante, pese a los esfuerzos que han hecho las nubes por acallarlo.

En esta edición las nubes han hecho de todo para entorpecer en todos sus detalles la grandeza del poeta. La nota introductoria es un mamarracho que llama en causa el campo de la ciencia para intentar darle validez a sus prejuicios más inveterados, pero mejor dejarla de lado. Entonces, cuando uno se cansa de ese estudio preliminar inútil (cosa que ocurre casi en seguida), va a buscar la obra del verdadero artista. Y el lector que se atreviera a hacer un esfuerzo de poesía busca con ansias y en silencio la primera página de la Vita nuova, intentando olvidar todo el ruido que generan los vasos huecos de la erudición.

Quienes tuvieran la desventura de poseer el mismo volumen que estoy mirando ahora van a la primera página de la Vita nuova y encuentran que hay, en toda la página, tres renglones escritos por Dante (la letra es grande) y veintidós ocupados por las notas del erudito (la letra es mucho más pequeña.) Entonces empezarían a leer al poeta con cierto disgusto, porque vislumbrarían ya que el erudito de turno intentará acallar todo el tiempo con su ruido el canto del genio.

“Quizá es así sólo en la primera página”, piensa entonces el lector esforzado por culpa de la esperanza. Pero al pasar a la segunda página descubrirá que hay otra vez tres líneas escritas por Dante y ahora treinta y cinco escritas por el erudito, y la tercera página es exactamente igual: tres contra treinta y cinco. En la cuarta las cosas mejoran un poco, porque hay nueve escritas por Dante, pero sigue habiendo demasiadas del erudito: veintiocho. Y en la quinta volvemos a lo mismo: cuatro de Dante contra treinta y tres del erudito. Y las cosas siguen así hasta el final, salvo en la página 105 en la cual hay veinticinco líneas de Dante y sólo nueve del erudito de turno. ¡Milagro!

¿Cuándo llegará el día en el cual las notas introductorias sustituyeran enteramente a las grandes obras? Parece estar cerca.


Exhibición de erudición


Actualmente se acepta con frecuencia que deben leerse estudios preliminares, guías de lectura, resúmenes. Podríamos pensar que se trata de una extensión del fenómeno universitario que ha capturado ámbitos ajenos a su origen. Basta acercarse a una librería comercial, de ésas en las cuales los libros son un objeto de consumo más, para descubrir que en la producción editorial actual pululan los escritos que intentaran explicar en pocas páginas teorías complejas, obras completas y enteros sistemas filosóficos. Todos, alguna vez, habrán visto en los anaqueles de las librerías los libros que se titulan “X para principiantes”, donde X es Einstein o Freud o Marx o Sartre o Platón o Dante o quien fuere.

Es un hecho que se acepta socialmente: se cree que es necesario tener una guía para poder leer de antemano un libro porque el libro es demasiado complejo y no se entiende lo que quiere decir (préstese atención a que este hecho ocurre antes del acercamiento verdadero a la obra: se trata de un prejuicio liso y llano.) Lo terrible de la guía es que tal vez la hizo alguien que algo entiende sobre la teoría o la obra en cuestión, pero que la rebaja al tratar de hacerla para principiantes.

Parecería que los lectores contemporáneos no comprenden que todos somos principiantes al leer lo que nunca hemos leído. Y que lo único que vale la pena es lo que implica algún esfuerzo. Las guías consiguen siempre el mismo resultado bíblico: terminan todos en el pozo. Ciegos que guían a otros ciegos.

Hace poco apareció una reseña de Damián Tabarovsky sobre una novedad editorial escrita, claro, por un doctor en letras. Allí señala lo siguiente:

«Ocurre que la gente que lee los libros de punta a punta (entre ellos, yo) no lo hace como una forma de sufrimiento, ni para cumplir con el mandato escolar, ni por ninguna razón moral, sino como una forma de optimismo, de esperanza. Lo hacemos guiados por el anhelo de que, incluso en un libro terriblemente malo, más adelante haya oculta una frase genial, una idea maravillosa, un pasaje perfecto. Con eso solo alcanza para que la lectura se convierta en una experiencia radical.»

Tabarovsky se refiere, en su artículo, a un producto de estos tiempos cuyo uso está destinado a la exhibición de erudición sin alma y, además, errónea. Sin embargo, hablando de ella, él puede sostener que en la verdadera lectura hay espíritu poético.

El problema con los pigmeos es que nos pueden llevar a la errónea creencia de que somos gigantes. Eso ocurre con el erudito que recopila frases célebres sin siquiera saber qué quieren decir. El erudito puede exhibirse ante quienes ignoran de qué habla, mas pobre de él si llegara a encontrarse con alguien que tuviera un alma.

El ejemplo más claro está en la frase de Oscar Wilde que Tabarovsky recorta de la novedad editorial. Oscar Wilde hizo de la crítica un arte, por ello, por ejemplo, afirmó que basta sólo leer unas pocas líneas de un libro para saber si será bueno o no, por el estilo mismo que esas líneas pudieran denotar. Lo que olvidan los más es que Wilde dijo que al genio le basta leer unas pocas líneas para saber si el libro que está leyendo es bueno o malo. ¡Qué arrogantes las nubes, se consideran genios! Wilde jamás sostuvo que no hay que leer libros, como unos cuantos repetidores de frases suelen decir por ahí. El ejemplo de mala interpretación de esa y otras muchas frases de Wilde describe bien el problema. ¡Pobre Wilde! ¡Cómo lo manosean!

Pueden repetirse muchas de las frases de Wilde, incluso usándolas como él mismo las habría usado. Sin embargo, ello no significa que el papagayo de turno supiese saborear su pluma, ni que entendiese qué quiere decir. La exhibición de erudición es un mal peor que la ignorancia.


A modo de conclusión


Las obras clásicas hoy cuentan todas con una introducción escrita por algún letrado. Y esas introducciones, en general, pecan de una falta grave que es tratar de explicar la poesía. Se empeñan en indagar en la vida del poeta, en sus costumbres, en su forma de ser y buscan allí la fuente de la poesía, de la escritura, de la obra. No hay explicación más inútil que la que intenta dar cuenta del hecho poético, pues éste se pierde en el momento en que se trata de atraparlo con una explicación. Pero mucho peor es todo si ni siquiera son poetas los que intentan explicarla. Los poetas han intentado explicarla desde siempre; algo los lleva a dar testimonio de su experiencia, pero lo hacen con el respeto que desconocen los que jamás se han acercado a ella como poetas. Saben, en una palabra, que intentan explicar algo que se presenta como inexplicable. ¡Cuánta desfachatez en los otros!

Erróneamente se sostiene la obligación de leer. Hay toda una impostura al respecto. Y por esa impostura se fomenta el uso de los resúmenes y las guías. Parecería que hay que mostrar que se ha leído. ¿A quién? ¿Para qué? Cuando aparece la utilidad y la necesidad, el arte fenece. No hay que caer en esa mentira de las nubes. La lectura no debe nunca ser obligada ni útil. La obligación mata la posibilidad de encontrarse con la obra. Es lo que ocurre con las obras que son sometidas al régimen de enseñanza en las instituciones educativas. Uno puede repetir de memoria muchas palabras, pero el espíritu ha huido. Nadie en el mundo ha disfrutado nunca las obras de los poetas en las escuelas y las universidades. Algunos las han disfrutado pese a las escuelas y las universidades y los estudios preliminares.

La lectura debe llegar sola. Se debe encontrar la obra para cada uno. Si se comenzara a leer una obra que no interesara hay que abandonarla. Sencillamente la obra no es para uno y, sobre todo, uno no es para la obra; ¿por qué sufrir por ello o sentir culpa, como sostienen las nubes? Tal vez la Divina Commedia no sea para uno, pero la Odisea sí. Debe entenderse que lo que trato de decir es que la lectura obligada es peor que la ausencia de lectura, porque mata la poesía.

Ahora que llego al final de las líneas veo que por fin brilla el sol en el cielo. Me pregunto cuánto durará.

Aqueos en colaboración con S. A. D.

Nubes

Artículos sobre la novedad editorial:

Clarín
Nación Apache

Lectura y erudición

Hace pocos días un comentario de Rafael Frias trajo una vez más a mi pensamiento el problema de la lectura y la erudición. Rafael, al comentar Creación y serie, dijo lo siguiente:

“En cuanto a la originalidad. Es verdad que es necesario haber leído las principales obras clásicas para incrementar el acervo cultural y -a la vez- afinar la agudeza intelectual. Conozco muchos que han leído exhaustivamente. Y de ellos, pocos son originales al escribir, o al pensar. ¡Increíble! ¿Para qué les habrá servido “quemarse” tanto las pestañas?
Su sueño sigue siendo ser escritores y aunque carecen de talento son escritores. De esos que señalas que escriben lo que puede venderse.”


Esto permite pensar algunas cosas acerca de la lectura, porque no es lectura el mero acto de pasar los ojos por una página. Hay muchos que parecen leer, pero que demuestran a las claras que cuando les llega la hora de escribir, la musa les huye. Es fácil pensar en la erudición sin alma como ejemplo mejor de ello. Esa erudición que, bien mirada, es sólo pereza mental (ya lo dijo una y mil veces Unamuno.)
Y es que la lectura parecería deber ser un fin en sí misma, no un mero medio para alcanzar otro fin. Todo verdadero escritor es, antes, un verdadero lector. Un verdadero lector es aquel que predispone su espíritu para la poesía, aquel que pone su alma toda en las líneas que va leyendo, aquel que hace un esfuerzo de poesía.
Es fácil pensar en Borges como uno de los mejores ejemplos de ello, la imagen del viejo ciego que sólo quería leer es bastante contundente. Él mismo se definió como un lector hedónico y como un hombre que podía enorgullecerse sólo por los libros que había leído. Lector hedónico es la definición de la verdadera lectura, porque la felicidad se basta a sí misma.
Con respecto a los eruditos, y en especial a la erudición sin alma, en verdad pululan por todos lados y no es difícil encontrarlos. Basta tomar, como ejemplo casi azaroso, una edición de la Divina Commedia que estuviera anotada, y acaso que contuviera alguna nota introductoria hecha por un “estudioso” de Dante y rápidamente se vería que hay demasiados conocimientos (la mayoría superfluos y a veces delirantes, además) y nada queda de la poesía. Tal vez la obra de Dante es la que más ha sufrido el problema de la interpretación, de las notas a pie de página y de los estudios preliminares. Y basta leer un rato las notas del comentador de turno para terminar mesándose los cabellos de dolor. La musa, según ellos, se mide en forma automática, se repite en fórmulas y se controla enteramente.
Es que los estudiosos, incapaces de sentirla, tratan rápidamente de explicar la poesía, y eso es un error fatal. La poesía no se explica, no se interpreta, sólo es. Se puede intentar explicarla, se pueden buscar interpretaciones, pero sólo si se sabe de antemano que en la explicación perderemos mucho de su esencia y que la interpretación se pierde en los laberintos del sentido, que son infinitos. La poesía es así: en el momento exacto en que se trata de explicarla, se pierde. Los poetas lo supieron desde siempre.
Leer grandes obras no nos asegura ser grandes escritores, sin embargo sí nos asegura el aprendizaje de aquello que más importa: cómo ensanchar el alma. Leer en serio, es decir sin otro fin que la lectura hedónica, nos permite encontrar en nuestro pecho, sin haberla buscado, un alma distinta, llena de poesía.
Leer para exhibir la lectura es una de las peores tragedias que pudieran ocurrirles a los hombres, y es ciertamente peor que no haber leído.

Dante y Virgilio en el infierno -Bouguereau-

Fuente de la imagen

Aqueos y S.A.D.

Botánica fantástica (3)

El árbol del orgullo

La historia del “Árbol del orgullo” está en el libro titulado The man who knew too much de Chesterton.
Un ermitaño, un santo llamado Securis, pidió para los árboles el don del movimiento, y ellos, una vez concedido el don, acompañaron el paso de su cuidador. Fue el amor del ermitaño por los gigantes verdes el que consiguió, para éstos, la liberación del suelo, mas esa libertad estaba acompañada por una prohibición: la de no comportarse como los animales, no devorar ni destruir.


«Pero uno de los árboles oyó una voz que no era la del monje; en la verde penumbra calurosa de una tarde, algo se había posado y le hablaba, algo que tenía la forma de un pájaro y que otra vez, en otra soledad, tuvo la forma de una serpiente.»

El gigante se vio tentado por ese pájaro extraño, que con palabras sencillas le habló y lo sedujo convenciéndolo de su fuerza y poder. Acercó además a las aves del orgullo, los pavos reales, para que se posaran en sus ramas. Y el árbol débil, como un hombre, las aprisionó hasta matarlas.
El pecado fue revelado en la primavera con la llegada de los verdes brotes, pues los brotes del árbol no fueron hojas sino plumas, plumas azules como  las de aquellas aves que habían muerto en sus brazos.

Podríamos imaginar que a partir de ese momento el árbol ya no pudo moverse. Y que en su quietud permanece como un monumento, un recuerdo y una advertencia.

Pavo Real

La fotografía -de mi autoría- fue tomada en el zoológico de la ciudad de La Plata.

El uso del tiempo

En el periódico El País he leído la siguiente noticia: Un problema de narices, y he pensado seriamente sobre lo que ella podría indicar.
Sabemos bien que el uso que cada hombre le otorga al tiempo del que dispone está regulado de alguna forma.
Desde que se ha implantado el modelo capitalista del trabajo, el tiempo ha pasado a ser un valor de cambio. Por ello hay que disponer del mismo de cierta forma conveniente: invertir el tiempo en el trabajo, la educación (cuyo horario acostumbra desde temprana edad a la jornada laboral), ahorrar tiempo para “cosas importantes” (olvidando, en realidad, lo que más importa.)
Pero de lo poco que se habla (y mucho se padece) es del extremo al que se ha llegado con respecto a los ideales del trabajo y de la sociedad contemporáneos: hay que trabajar siempre, no estar agotado; no sólo cumplir con el trabajo sino con la vida familiar, con la vida social, con la imagen que se tiene.
Los hombres hoy corren detrás de un reloj imaginario, y para no detener su marcha hacen cualquier cosa que tuvieran al alcance de sus manos. El consumo de drogas no es nada nuevo, pero pocas veces se menciona el consumo de drogas que se hace para soportar las exigencias del trabajo, para poder soportar largas jornadas, para “seguir y no parar nunca.” Y no hago referencia aquí sólo a las drogas ilegales, sino a aquellas toleradas y que se publicitan en los medios de comunicación, ya sea bajo la forma de medicamentos o no, y que a veces se cree que son menos peligrosas.
Si prestamos atención a las publicidades, por ejemplo, de suplementos vitamínicos o aspirinas (que cada día tienen más propiedades curativas) señalan: primero, que si uno está cansado no puede hacer las cosas que le gustan. Segundo: que la vida diaria nos enfrenta siempre a exigencias a las que hay que responder todo el tiempo. ¿Y cuál es la fórmula para lograrlo? ¿Acaso es tomar prioridades? ¿Acaso es descansar cuando arrecia el cansancio? ¡No! La solución es consumir el producto “X” por una módica suma de dinero y ese producto nos permitirá hacer todo lo que tuviéramos que hacer sin rendirnos ante el cansancio de un cuerpo que se degrada. Claro que no importa que eso que debemos hacer es seguir trabajando para poder comprar luego más “X.”
Continuemos un poco más con las publicidades, pues ha ocurrido que mientras escribo veo en el aparato de televisión dos publicidades más: una, la de un medicamento para bajar de peso, de acción rápida. Otra de un banco multinacional que ofrece la posibilidad de tener un crédito de inmediato, por el valor de cinco sueldos y con una tasa de interés que es preferible ni mencionar (por lo onerosa) para hacer lo que uno quisiera, sin esperar. “Para vivir la vida hoy”, dicen.

Toda una vida de consumo, como bien ilustra Bauman en su libro que lleva ese mismo título.
Junto a la exigencia de no detenerse se hace presente también la prisa, la inmediatez por obtener las cosas. Ya no es extraño encontrar personas que sacan créditos para pagar la cuenta de alguna de sus tarjetas de crédito (quizá para comprar más “X” y poder tomar otro empleo que le permitiera sacar otro crédito para pagar el anterior y así comprar más “X”…) Es algo verdaderamente kafkiano.
El mensaje que engloba todos estos fenómenos -aparentemente tan disímiles- es paradójico: hay que darse prisa y vivir la vida hoy, porque mañana… Pero allí donde se esperaría el “puede ser demasiado tarde” aparece el “no hay mañana.” No está la muerte acechando detrás de la prisa, está más bien su abolición. Nada se pierde. Hay que trabajar, ser exitoso, darse los gustos de inmediato, cuidar del cuerpo, y además ser joven, hoy porque hoy es lo único que hay.
El problema de creer que no se puede perder nada es que es un engaño, pues inevitablemente hay pérdidas.  Es parte de la naturaleza, la vida se pierde. Entonces cuando ocurren los hechos que antes podían ser inscritos dentro de un orden, como el duelo, aparece cierto vacío que no puede llenarse porque la exigencia social es la de seguir corriendo, no detenerse.

Una sociedad que niega la muerte no puede más que conducirse de esta forma.
En el cuento de Edgar Allan Poe titulado “La máscara de la muerte roja”, hay una peste, la Muerte Roja, que azota una comarca, el príncipe Próspero se encierra en su palacio con otros cortesanos y organiza un baile de disfraces negando la existencia de la peste y la miseria y la muerte. Mientras ellos bailan inconscientes, sin embargo, aparece alguien disfrazado de la Muerte roja. El príncipe, ofendido, increpa al cortesano que, disfrazado como la Muerte roja insulta su alegría con esa ironía blasfematoria. Claro que no había cortesano ninguno bajo el disfraz: la Muerte roja los había alcanzado.

Seguimos bailando entre bufones, improvisadores, bailarinas y músicos. Corre el vino, corre “X” y corremos nosotros. Tarde o temprano aparece la máscara inesperada.

La máscara de la muerte roja -Poe-

Fuente de la imagen

Aqueos en colaboración con S.A.D.