Psicoanálisis◊poesía
Nescit vox missa reverti
I
1. Preámbulo o introducción primera
Según Spinoza la comparación no es un modo de conocimiento adecuado (y esto lo recuerda también Miller en una de sus Cartas a la opinión ilustrada.) Sin embargo, una de las piedras fundamentales de las páginas que siguen será la comparación. El problema, quizá, radica en el carácter de la comparación y en las consecuencias que de ella se sacan.
En un principio, desde la invención del psicoanálisis…
¡Ah!, pero se hace necesario detenerse en estas palabras que surgieron con tanta espontaneidad. Ellas deberían ser las primeras en absoluto de estas páginas, porque encierran en sí gran parte del problema. “En un principio” son las palabras divinas, las que dan comienzo al texto poético por excelencia. Ellas, además, incluyen el tiempo. Y el concepto de la verdad, que se entremete rápidamente al pensar en el concepto de ficción, que será uno de los objetos principales de estas páginas, también incluye el tiempo. “En un principio” prefigura ya lo que vendrá. Pero por ahora mejor dejarlo.
En un principio, desde la invención del psicoanálisis, ha habido un diálogo continuo entre éste y las manifestaciones culturales; diálogo iniciado por Freud y que rápidamente encontró sus ecos en todos los ámbitos de la cultura. En el seno de ese diálogo, el ámbito de la poesía ha sido privilegiado. Pero ese diálogo tan abundante ha demostrado a las claras el reinado, en la vida del hombre, del malentendido. Ha sido por excelencia el diálogo del no hay diálogo. Se puede afirmar, sin demasiados remordimientos, que casi todos los que han sumado su voz al diálogo (riquísimo en consecuencias, por otra parte) se han encontrado, más tarde o más temprano, con que se les escapaba por lo menos una de las dos experiencias complejas que entran en juego en ese diálogo o intento de diálogo… o ensayo. (Sin embargo, negando el lugar común latino del epígrafe -negación que surge ciertamente del psicoanálisis-, y del cual Horacio se adueña en famosa obra, es el psicoanálisis el que pudo devolverle a la poesía su propia palabra así como el conocimiento de la poesía le permite al psicoanalista entender mejor su quehacer.)
Pero hablábamos de dos experiencias complejas. Porque ciertamente de dos experiencias se trata. La experiencia poética y la experiencia psicoanalítica. Y a ambas se accede desde dos lugares distintos y complementarios ya que no existen el uno sin el otro. Psicoanalista y analizante como poeta y lector (o, si se quiere, psicoanalista y analizante como lector y poeta; por otro lado en ambos casos se agrega un tercer término: el inconsciente para la primera pareja y la poesía para la segunda.)
Basta seguir a Miller en su definición de experiencia para entrever que efectivamente de dos experiencias se trata. Los poetas han llamado experiencia poética desde los primeros tiempos a eso que ocurre cuando se encuentran con la poesía. Según Miller, una experiencia es no saber qué vendrá después, «como entrar por primera vez en una habitación oscura.» Y así como no basta dirigir una cura psicoanalítica para saber cómo se desarrollará la próxima, tampoco basta haber encontrado un hecho poético para saber cómo se encontrará el siguiente. Y cabe la aclaración: la decisión de llamar a eso hecho poético se debe a que es necesario señalar que la poesía no se trata sólo de la escritura ni, mucho menos, de la versificación. Tampoco podría reducirse la experiencia poética a la experiencia estética; el hecho poético no es el sentimiento de lo bello, como bien señala Giovanni Papini al escribir que «un corpo modellato alla perfezione è un bel cadavere se non vi spira dentro il divino alito della poesia.» Es que los poetas lo han sabido desde siempre. Sobre esto se necesitarían más precisiones seguramente, pero como no roza más que lateralmente, en realidad, el núcleo de estas páginas, mejor evitar demasiadas digresiones (aunque, en general, son ellas lo que más importa en una obra escrita, acaso porque la verdad se mediodice.)
Sea como fuere, el encuentro entre el psicoanálisis y la poesía ha sido, en general, el diálogo del no hay diálogo. Cuando los poetas han querido pensar sobre el psicoanálisis se han encontrado con que algo de él se les escapaba (lo supieran o no.) Y muchas veces lo han temido. Ese algo que escapaba es, ciertamente, el psicoanálisis mismo, o, mejor dicho, la experiencia psicoanalítica. Por eso muchos han terminado rechazándolo. Cierto malestar surge en el momento de pensar una actividad desde la otra. Pero ello también es claro cuando los psicoanalistas reflexionan psicoanalíticamente sobre la poesía. Siempre escapan los resortes más íntimos de ésta y, cuando creen haberlos alcanzado, es a veces cuando más se les han escapado. Las excepciones, que confirman la regla, como quiere el lugar común, están dadas por los grandes nombres, y ello porque suelen distinguir con precisión dos campos vecinos pero distintos, aunque exploraran sus fronteras y sus regiones compartidas.
Hay, en esas dos experiencias que podemos conjeturar -así las han llamado los hombres desde que existen-: la poética y la psicoanalítica, algo del orden de lo intransmisible (cosa que, por otra parte, no implica necesariamente, como creen algunos, la resignación absoluta ante el hecho.) Hay un obstáculo del cual se desprenden las mayores posibilidades de acercamiento. Un caso más de aquello que han señalado desde siempre los poetas: lo que vale la pena es lo imposible.
¿Será que, además, ambas experiencias se excluyen mutuamente? Entonces la pregunta sería: ¿cómo dar cuenta de una de esas experiencias sin perder, irremediablemente, la otra? Cómo dar cuenta, entonces, de la no-relación entre psicoanálisis y poesía. Desde este punto de vista, ¿podríamos escribir acaso psicoanálisis◊poesía? Podríamos, ciertamente, si es que acaso no lo ha hecho alguien antes. Y si alguien lo hizo antes, igual podemos. Entonces: psicoanálisis◊poesía.
*
Al principio la pretensión de estas páginas era la de considerar el concepto de ficción que surge del psicoanálisis a través de las obras de Freud y Lacan y el (o los) que se pudieran considerar en la poesía, para comparar las prácticas del psicoanalista y el poeta. A partir de ello, por otra parte, rastrear algunos puntos de contacto y de diferencia entre la ficción en el psicoanálisis y la poesía y algunos puntos de contacto y diferencia en las prácticas del poeta y el psicoanalista.
Como siempre, todo el problema radica en llevar los resultados hasta hacerlos coincidir con las pretensiones. Sin embargo, en esas pretensiones está ya esbozado el resultado que mayores frutos podría dar, y ellos parecen resumirse en la fórmula anterior.
Entonces deben agregarse algunas precisiones más a esas pretensiones.
El psicoanálisis y la poesía y el psicoanalista y el poeta. O mejor, el psicoanalista y el poeta y el psicoanálisis y la poesía. Porque si para considerar al psicoanálisis lo mejor es partir del psicoanalista, lo mismo vale para la poesía y el poeta.
Dos paralelismos fundamentales para revisar: a) para ambos, para el psicoanalista y para el poeta, es el lenguaje la herramienta fundamental de trabajo; y b) ante el quehacer de ambos queda un resto enigmático que se presenta con el carácter de la ajenidad y da lugar a la sorpresa.
Hay, entre el psicoanálisis y la poesía, una comunidad que seguramente se relaciona con el material de naturaleza paradójica con el que ambos trabajan: el lenguaje. Cuando Lacan se preguntaba si el psicoanálisis era una estafa, esa pregunta giraba alrededor de uno de los problemas fundamentales que tendrá siempre la disciplina: ¿se toca lo real por lo simbólico? El carácter paradójico de la naturaleza del lenguaje está estrechamente ligado con ese problema. Esta paradoja la señaló con claridad Miller: si el lenguaje permite el semblante, se inscribe en lo real. La poesía se funda en el mismo problema.
A partir de allí, el concepto de ficción novedoso que surge con el pensamiento de Lacan, se encuentra más cerca del concepto de ficción que hubo desde siempre en la poesía que con el concepto de ficción que generó la literatura. Entre esos tres términos, poesía, literatura y psicoanálisis, hay un concepto común que tiene, sin embargo, distintas características y particularidades. En estas páginas no habrá lugar para el concepto de ficción de la literatura (ni para la mera literatura, como la llamó Verlaine.) La comparación será entre el psicoanálisis y la poesía, que no debe confundirse nunca con la literatura (no se sueña bien en la litera-dura, aunque, sin embargo, se adormece más el hombre en ella.)[1]
Si el concepto de ficción desprendido del psicoanálisis subvierte el concepto vulgar y general de ficción, se encuentra en estrecha vecindad con el concepto de ficción que se desprende de la poesía. El concepto de ficción de la mera literatura se encuentra mucho más cerca de ese concepto vulgar subvertido. (Un ejemplo bastante claro de esta diferencia es el artículo de Saer titulado “El concepto de ficción” y que ha sido publicado en un volumen que lleva el mismo título. Ese artículo intenta ir más allá del concepto de ficción de la literatura pero sin llegar al concepto de ficción de la poesía. Le falta otra vuelta de tuerca.)
La poesía aporta desde siempre la verdad de la ficción (como dice Lacan de La porte étroite de Gide.) Como los hombres se esfuerzan por no oír esa verdad, de la misma manera que el Heracles de Eurípides, quien sostenía fervientemente que los dioses no pueden dejarse vencer por los placeres y sucumbir así a los amoríos ilegales, que ésas eran meras invenciones de poetas (él, que era el fruto de uno de esos amoríos), así como Heracles, digo, se esfuerzan los hombres, y entonces se sorprenden cuando el psicoanálisis y no ya la poesía, de la mano de Lacan, les dice que la verdad tiene estructura de ficción. Y tiemblan más ante el psicoanálisis, porque lleva la marca de la ciencia en sus raíces, y lo rechazan como rechazan la poesía, pero se les hace más difícil. Y se sorprenden por lo que ya les habían dicho (como se sorprendería Heracles.)
Y una aclaración más relacionada con la naturaleza de estas páginas. Ellas no serán una trascripción de citas unidas por el hilo del concepto de ficción en todas las formas en que apareciera en la obra de Lacan. Es moda la investigación que busca las referencias, en la obra de Lacan, de algún término, para hacer luego la recopilación de citas que se han conseguido con ese modo de busca. Si bien como forma de investigación es capaz de dar buenos frutos (aunque eso depende de la lectura, claro), como forma de escritura es siempre enclenque y desdichada. Si Groussac señalaba que el deber del investigador histórico debe ser el de entregar a sus lectores el fruto elaborado de su investigación, libre ya de espinas e impurezas, el consejo vale a la hora de escribir páginas que pretendieran tener forma y estilo de ensayo. Mayor o menor fuera el saber, lo que importa siempre es evitar el mamarracho o la ramplonería.
2. Psicoanálisis◊poesía
El diálogo del no hay diálogo ha sido, sin embargo, fructífero, acaso por eso de que sólo se le puede hablar al que no comparte la misma experiencia. Pero los frutos del encuentro no disminuyen el hecho fundamental: hay asperezas cuya naturaleza debe indagarse.
La consideración acerca del concepto de ficción en el psicoanálisis y la poesía se desplaza rápidamente a su punto de partida, pues sin establecer las relaciones entre el psicoanálisis y la poesía nada podría decirse del concepto de ficción en ambos casos.
El punto de partida se puede tomar del material con el cual se trabaja en los dos ámbitos.
Jean-Claude Milner comienza su libro titulado El amor de la lengua de la siguiente manera: «el campo freudiano es coextenso con el campo de la palabra. Pero la palabra misma no se mueve en todos los sentidos, pues se tropieza sin cesar con la cuestión de que no se dice todo.»
Son el psicoanálisis y la poesía los que ponen en evidencia ese no se dice todo. Dentro del campo de la palabra el psicoanálisis y la poesía son vecinos por su forma de tratarlo. Y aquí, como pudo entrever Freud, una vez más, el poeta anticipa al psicoanalista.
Si hablamos antes de dos experiencias, es necesario partir del hecho de que ambas son experiencias de palabra. Así, la naturaleza paradójica de la palabra condiciona las experiencias. Naturaleza paradójica porque es, al mismo tiempo, condición de posibilidad de la experiencia y obstáculo. Las dos experiencias, por otra parte, llevan a encontrarse con ese doble aspecto. Freud y Lacan siguen el movimiento que marca la experiencia psicoanalítica y van de lo simbólico a lo real. Los poetas, por su lado, siempre, sugestionados por la palabra, se han quejado al mismo tiempo de algo que ella no podría atrapar. Algo que la poesía puede nombrar pero no atrapar. Algo que sólo se rodea.
La comparación entre los conceptos de ficción y semblante da cuenta de ese movimiento que marca la experiencia y del cambio de acento en la enseñanza de Lacan. Al principio Lacan usa ambos conceptos casi como si fueran el mismo y al final se decide por el de semblante. La ficción es igual al lenguaje. El semblante, en cambio, va un poco más allá, se desprende del significante y engloba así al lenguaje. El ejemplo del arco iris que usa da cuenta de ello. Así, el pasaje del acento de lo simbólico a lo real tiene más fuerza si se pasa también del concepto de ficción (que es lenguaje) al concepto de semblante (que lo engloba y va entonces más allá.)
Que la naturaleza paradójica de la palabra condiciona también la experiencia poética es algo que a los poetas jamás se les ha escapado. Basten las siguientes palabras que son parte de El arco y la lira, el bello libro (que regresará más adelante con una que otra frase tajante de prosa poética) que Octavio Paz le dedicara a la poesía: «el poema es lenguaje -y lenguaje antes de ser sometido a la mutilación de la prosa o la conversación, pero es algo más también. Y ese algo más es inexplicable por el lenguaje, aunque sólo puede ser alcanzado por él. Nacido de la palabra, el poema desemboca en algo que la traspasa.»
Cuando se aborda la comparación entre el psicoanálisis y la poesía se corren siempre dos riesgos extremos: confundir los terrenos de ambos o, al contrario, eliminar todo punto de contacto entre ellos.
Miller, en la charla titulada “Otro Lacan” (y que fuera reproducida en Matemas I), supo decir lo siguiente: «Los espejos del deseo, sus escabullidas de comodín, sus metamorfosis de Frégoli, sus arlequinadas: hay todo eso, desde luego, en la experiencia. El analista dispone, sin duda, un espacio de errancia para el sujeto, aunque sobre los rieles del significante. Es igualmente lo que hace la felicidad de la interpretación y, después de todo, ¿acaso no es eso lo que se paga? ¿La plusvalía de goce, el plus de goce que la operación despeja? Con esto, el analista que se cree lacaniano se imagina que la interpretación es una suerte de “pasión del decir”, exalta la interpretación como creación poética, confunde al psicoanalista y al escritor, vaticina.»
La comparación, para no convertirse en el inadecuado modo de conocimiento sobre el cual advertía Spinoza, debe evitar el riesgo de los dos extremos. Se trata de un estrecho sendero entre dos abismos, imagen que bien podría usarse para pensar tanto el psicoanálisis como la poesía.
3. Segunda introducción o el concepto de ficción: un problema desde el principio
¿Qué lugar para la ficción en el psicoanálisis? He allí la pregunta que estuvo desde el principio bajo la forma de problema y que fuera tomando forma con el tiempo y las reflexiones.
Pero conviene partir del problema y no de la forma que ha alcanzado ahora.
Como sucede con todos los hombres famosos, también Freud y Lacan fueron exaltados y calumniados antes que bien conocidos. Sobre todo Freud, atrapado en las redes de un estilo.
Si se consideran las palabras que supiera grabar la irritación de Paul Groussac en alguna de las páginas de su Viaje intelectual, aquellas que dicen que «la única actitud digna de un hombre y del mismo glorificado, es la admiración inteligente; la visión normal que contempla cara a cara la obra maestra, y es tan distante de la miopía negadora como del encandilamiento fanático. Para alcanzar este miradero, nos bastará desviar a la turba de chambelanes e intérpretes que obstruyen las antesalas del monumento, y pedir audiencia al genio con su solo libro en la mano», debe decirse que “desviar a la turba de chambelanes e interpretes” es cada vez más difícil. Como es rara especie la del buen lector, el psicoanálisis se va poblando, rápidamente, con una caterva de eruditas exégesis que cubren, con sus oscuras tinieblas, la luz de las obras que los grandes hombres nos han legado. Es que la erudición sin alma no es nada y sirve sólo para la profesión de los papagayos crónicos. Y lo mismo ocurre con la poesía.
Es sabido: el nombre de Freud ha sido llevado y traído por esa turba y se lo ha llenado, en tanto trajín, de polvo y cochambre. Y de la erudición sin alma lejos estaba Freud, quien se encontró con el problema del concepto de ficción y de la verdad que lleva su estructura. En ese encuentro se topó con la turba de chambelanes e intérpretes y comenzó el camino que desembocaría en la frase que se hizo proverbial y que es, quizá, el hilo de Ariadna de estas páginas: la verdad tiene estructura de ficción. En el encuentro con el problema comenzó a recorrer el camino que va de la historia a la poesía; camino al cual Lacan le daría luego la forma que le conviene.
Freud, quien buscaba el estatuto de ciencia para el psicoanálisis, debió quejarse continuamente por aquellos que leían sus casos clínicos como novelas y, fundamentalmente, como novelas en clave. Pero esto encierra una gran complejidad. Porque lo primero que le cruza por la cabeza a quien considera la queja de Freud es la distinción, errónea en sus fundamentos, entre la ficción y la no-ficción (denominación, esta última, que es toda ella una norteamericanecedad.) Como si la novela, al tratarse de una narración prohijada por la ficción literaria, excluyera la posibilidad de la construcción científica y a ello se debiera la queja de Freud.
En realidad, aunque ello encierra un germen de verdad (por la posición de Freud) no hay que perder de vista otro fenómeno que parece tener importancia considerando la cuestión.
Todo escrito, y por lo tanto también los historiales clínicos freudianos, se transforman ante la naturaleza del lector. Los poetas han observado desde tiempos inmemoriales que los hombres somos ávidos de almas ajenas. Esa avidez puede ser prohijada tanto por la puerilidad como por algo más profundo y relacionado con el verdadero espíritu. Cuando la avidez es pueril, se extravía el interés del lector en busca del mero argumento de novela novelesca. Ya Unamuno señalaba que el gusto por las novelas novelescas parece denunciar, en un hombre o en un pueblo, cierto cansancio espiritual o cierta endeblez de espíritu. Se comprende que Freud, ante las complejidades sobre las cuales intentaba echar luz a través de su invención, se quejara del interés pueril con el que se podían llegar a leer sus historiales clínicos. El camino que va de la historia a la poesía es enteramente otro que el camino que va de la historia a la literatura.
Al plantear los primeros problemas que enfrentó Freud con sus historiales clínicos, ellos aparecen como hijos de las primeras épocas del psicoanálisis y, por tanto, parecen problemas lejanos, ya resueltos; sin embargo se relacionan estrechamente con los problemas más actuales, porque son los problemas de fondo. Si bien se mira, aquellos incipientes problemas llevan en sí las preguntas por el lugar del psicoanálisis. ¿Qué psicoanálisis? ¿Qué lugar para él? ¿Es el psicoanálisis una estafa? ¿Se puede tocar lo real por lo simbólico? En la elección por uno de esos dos caminos (de la historia a la poesía o de la historia a la literatura) están las posibilidades futuras.
Esos problemas tuvieron otras aristas en el psicoanálisis naciente. Basta pensar, incluso superficialmente, en los historiales clínicos psicoanalíticos y en la forma en que Freud se vio empujado a presentarlos. La filiación del historial clínico psicoanalítico con las historias clínicas médicas es clara. Esta filiación se observa incluso en la necesidad de ocultar, que a Freud se le presentó con más fuerza que a los médicos, los nombres reales de sus pacientes. Y este prurito por la ocultación, en realidad, además de señalar un punto de filiación entre el historial clínico psicoanalítico y las historias clínicas médicas, señala, en su enjundia, un importante punto de ruptura entre ambos. Punto de ruptura debido a la introducción de algo que tendrá un peso fundamental en la forma de los historiales clínicos psicoanalíticos. Introducción de algo que determinará la naturaleza misma de los historiales clínicos psicoanalíticos. Ese algo es, claro, el sujeto que es su historia. Son los primeros pasos en el camino que va de la historia a la poesía.
Freud, que conocía la avidez de almas ajenas que tienen los hombres, y que conocía también la forma pueril que esa avidez adopta en los más, entendió que no podía dejar al desnudo la identidad de sus pacientes, porque no faltarían aquellos que aprovecharan para el escarnio lo que debía servir para el conocimiento. Y no faltaron, como es sabido, los que intentaron descubrir la identidad real de los pacientes por detrás de los nombres cambiados por Freud en sus historiales clínicos. Allí el concepto vulgar de ficción, opuesto al de realidad. Es que la forma pueril de la avidez de almas ajenas tiene tal fuerza que, como un río arrebatado y furioso, corre con tan grande ímpetu, que los espíritus pequeños nada pueden contra ella. La introducción del sujeto que es su historia es lo que determinará la naturaleza misma de los historiales clínicos de Freud. A través de esa introducción, el material con el cual trabajará el psicoanálisis esforzará hacia la forma narrativa y a todos los desvíos que ella presenta. Stevenson escribió alguna vez que el corazón no puede ser mostrado: tiene que ser expresado con palabras. Y las palabras se presentaron como medio y obstáculo.
Pero ahora mejor cambiar el rumbo.
Freud, como es sabido, además de inventar el quehacer del psicoanalista, se ha ocupado del quehacer de los poetas. Su conferencia (luego artículo) titulada Der Dichter und das Phantasieren (mejor conservar el título original ya que algunas traducciones han convertido ese Dichter en algo completamente distinto -salvo Luis López-Ballesteros-) es uno de los lugares privilegiados para esa ocupación. Y sólo una cosa es necesario subrayar en el sentido de estas páginas. Sobre el final del artículo Freud señala lo siguiente: «dirán ustedes que les he referido mucho más sobre las fantasías que sobre el poeta. [...] Sólo pude aportarles incitaciones y exhortaciones que desde el estudio de las fantasías desbordan sobre el problema de la elección poética de los materiales. El otro problema, a saber, con qué recursos el poeta nos provoca los afectos que recibimos de sus creaciones, ni siquiera lo hemos rozado aún.» Al final, Freud queda absorto ante el misterio de la lira (y está bien.) En esa distinción que hace Freud entre lo que es asequible a su intelección y eso otro que queda allí como misterio, se encuentra entero el problema del quehacer. Y se encuentra allí también la puerta de la desviación. En general, todos han entrado por esa puerta y han terminado buscando en la poesía sentidos relacionados con la vida de los poetas, de la misma manera como leían algunos los historiales clínicos de Freud. Y el que busca sentidos los encuentra. Encuentra infinitos sentidos. No es allí que está el camino interesante. No es allí que se puede entrever algo de los cruces entre esos dos quehaceres imposibles que son el objeto de estas páginas. Y sí es allí el lugar en el cual se han fundado los mayores malentendidos entre el psicoanálisis y la poesía. La lectura, sin embargo, los puede hacer dar frutos, convirtiéndolos en psicoanálisis◊poesía. Y es notable que se trata de una desviación entre los dos caminos de la historia y la poesía.
El problema de otra verdad. Con él se encontró Freud y dio sus respuestas abriendo puertas, algunas luminosas, otras oscuras. Surgió luego otro psicoanálisis.
En la página 206 del curso titulado De la naturaleza de los semblantes, Miller señala que todos los conceptos de Freud fueron repensados por Lacan, en su primera enseñanza, a la luz de la verdad. Y ciertamente se trata de un concepto de verdad particular, que subvierte el concepto vulgar de verdad. Ese concepto vulgar considera la verdad como hermana de la realidad, se sostiene, así, en la adecuación con la realidad.
En ese mismo curso, unas páginas más adelante (y una semana más tarde), se encuentra un párrafo que hace a lo que estas páginas intentan sostener. Allí Miller dice lo siguiente: «al referirse a lo que las histéricas enseñaron a Freud, Lacan considera la revelación del pasado como algo ambiguo; piensa que su contenido vacila entre lo imaginario y lo real, y ve en ello el testimonio de que en la experiencia analítica no se trata de realidad sino de lo que llama verdad. Y sólo puede denominarla de este modo con la condición de que se sustraiga este concepto de la definición clásica de la adecuación, que implica que sólo se usa legítimamente el término verdad si se refiere el discurso a la realidad. Hace, pues, un uso completamente sui generis de la noción de verdad, que entonces puede oponer a la realidad.» Y a esa verdad la hace hablar.
Tomando esa frase se puede agregar una cosa. Porque ese concepto de verdad es el mismo que ha sostenido la poesía desde siempre, sólo que no ha sido oída quizá por transportar en sí la verdad de la verdad. Lo nuevo es, fundamentalmente, el lugar desde el cual Lacan sostiene ese concepto de verdad que subvierte el vulgar fundado en la adecuación a la realidad.
Pensando en el contexto que justifica estas páginas, uno de los lugares en los cuales la enseñanza de Lacan ha aportado más puntos de persuasión y trabajo es el seminario 24 cuyo título mismo es uno de los ejemplos mejores de los cruces entre la poesía y el psicoanálisis (ya volveremos sobre ello.) Es allí que Lacan puede contestar, por otro camino que Freud, aunque fue el mismo Freud el que lo señaló, la pregunta que quedaba como enigma fundamental para Freud en sus elucubraciones sobre el dichter. El poeta logra ausentar el sentido. Y si todavía se preguntara alguien por qué algunos hombres logran hacerlo y otros no, podría responderse que hay que soportar ser poeta. ¡Y los poetas ya lo habían dicho! Como ejemplo fundamental puede recordarse aquello de Verlaine que aprovecha Miller (lo usa) en una de sus clases de Los usos del lapso, y que, por otra parte, es lo mismo que dijo Cortázar, en bella forma, en su Imagen de John Keats: «todo poema es una larga errata de la lengua, una vía de agua de las palabras, por donde entra el mar verdísimo.» Y todo esto trae a la memoria una certera frase que Octavio Paz grabara también en El arco y la lira: «el poeta jamás atenta contra la ambigüedad de los vocablos.»
En ese punto es posible encontrar, al azar de la memoria, otro ejemplo de cómo la litera-dura se opone a la poesía. Es brevísimo (y otros ejemplos de la misma naturaleza hay en cualquiera edición de una obra poética anotada por un letrado erudito): en un poema que se titula “Il pensiero dominante”, Leopardi anota estos dos versos:
Angelica sembianza
nella terrena stanza.
Ni siquiera necesitan traducción. Pero entonces, como el literato supone que nadie podría entender el juego entre lo angelical y lo terreno que hay en esos versos, construye una maravillosa nota al pie de la página para explicarlos. Luego de la palabra stanza llama a pie de página y anota lo siguiente: “Dimora; in terra.” Y entonces, después de la elucidación del genio, todo queda por fin más claro.
Lo notable del ejemplo es que ilustra con gran claridad cómo la litera-dura deshace, majestuosamente, la operación poética. Y lo consigue porque supone que es imposible entender la metáfora de Leopardi y la explica, coagulándole el sentido al tomar las palabras en forma literal. Es como si le hablara a una computadora, que efectivamente entendería la palabra stanza en forma literal y no llegaría a entrever la ambigüedad de sentido que entraña la operación poética.
El psicoanálisis y la poesía rompen con este carácter maquinal del vulgo y la literatura. Cada uno a su manera, ciertamente.
Pero, tomando el punto de vista del psicoanálisis, queda mucho por decir sobre esto mismo, porque en el problema que surgió desde el principio mismo está encerrado también el problema de la precariedad en la cual vive el psicoanálisis necesariamente. Ese problema es el que pone de manifiesto la experiencia psicoanalítica misma y que supieron oír Freud y Lacan. Se trata del camino que va de lo descifrable a lo que está más allá de lo descifrable.
No es vano repetirlo: queda mucho por decir. Y ya lo intentaremos, que no en balde un ensayo es también un intento.
*
Digresión: la profesión del psicoanalista es muy parecida, por ciertos aspectos, a la del poeta. Ambos deben saber dejarse sorprender y a ambos se les presenta como ardua tarea el dar cuenta de su actividad (pueden mencionarse más coincidencias pero, por ahora, basten las dos anteriores.) La poesía, la verdadera poesía, la poesía viril y fruto del genio, es una manera particular de sentir el mundo. La única particular manera, hasta el psicoanálisis, que podía hacer soportable la vida. No es objeto de lujo, no es una diversión. Los prejuicios que acerca de ella han entorpecido a los hombres, ¿no regresan luego a entorpecer también la mirada que sobre el psicoanálisis se tiene? También al conocer el psicoanálisis muchos han creído encontrarse frente a un objeto de lujo, frente a una diversión, es decir, distracción de lo que realmente importa.
Alrededor de la poesía se han encontrado siempre dos tipos de hombres: los poetas que la hacen y la sienten en la carne y en la sangre (y estos son los que se anticipan, como sabía Freud), y los eruditos que hablan de ella, las más de las veces sin sentirla, pretendiendo que la estatua es generada por el pedestal. Y también alrededor del psicoanálisis han circulado siempre los mismos hombres.
No hay que olvidar con Unamuno, no obstante, que de cada veinte eruditos que se conocen, diecinueve carecen de alma; y erudito sin alma es pájaro que vuela a medio cielo, sin alcanzar las alturas de las grandes águilas aunque ensoberbecido al ver el picotear de las gallinas en busca de gusanos allí abajo. «Fijaos en la erudición y decidme si en muchos casos no es sino una forma de pereza mental, de haraganería, un modo de distraer el espíritu de cuidados y preocupaciones inquietadoras.»
Tanto la poesía como el psicoanálisis tienen que ver con esos cuidados y preocupaciones inquietadoras. Ambas manifestaciones se encuentran estrechamente emparentadas con éstas.
Por ahora, entonces, psicoanálisis◊poesía.
4. El concepto de ficción
Como un tango, esta parte del ensayo se puede considerar dos por cuatro. Dos conceptos de ficción que, precisando las cosas, pueden hacerse cuatro. Tomados de a dos, entre ellos hay relación de confraternidad. El concepto de ficción que se desprende del psicoanálisis es hermano del concepto de ficción de la poesía. El concepto de ficción vulgar, por otra parte, es hermano del concepto de ficción de la literatura. Este dos por cuatro implica seguir sosteniendo que la mera literatura ya mencionada nada tiene que ver con la poesía.
El concepto de ficción, entonces.
Suele creerse que la rigurosidad de un escrito es directamente proporcional a la cantidad de menciones etimológicas que se hacen de los conceptos que en él aparecen. Parejamente, no se considera que la fuente de esas menciones etimológicas puede carecer de todo rigor y arruinar el punto de partida. La creencia se ha hecho tradición y los diccionarios (incluso los buenos) la alimentan todo el tiempo. Así, del concepto de ficción se dirá que proviene del latín fingere, que puede querer decir (como señala Ferrater Mora en su diccionario, como ejemplo en acto de todo lo anterior), “modelar”, “formar”, “representar”, “preparar”, “imaginar”, “disfrazar”, “suponer.” Al modelar o disfrazar o preparar, aparecen las ficta. (Basta una mirada superficial para descubrir que en esta lista se echa de menos el verbo castellano fingir; de todas formas ello no importará demasiado aquí.)
La historia de las ideas ha visto transitar muchos hombres alrededor de la ficción. Y de nada serviría enumerar las distintas hipótesis que han generado en su tránsito. Además de entreverarnos en el problema de toda enumeración (que deja fuera más de lo que incorpora -y de la cual podríamos decir, recordando aquella idea de Macedonio Fernández que es imposible olvidar, que si faltara algo más en la enumeración ya no cabría) ocurriría que perderíamos de vista el aspecto fundamental que nos interesaría subrayar aquí. Casi todas (si no todas) las ideas que han surgido del tránsito alrededor del concepto de ficción postulan que tal concepto se opone al de realidad de una forma tajante. En la literatura los límites entre la ficción y la realidad son claros y precisos, nítidos y filosos, netos e inmóviles. Sólo la poesía y el psicoanálisis subvierten ese postulado.
Para la poesía la ficción no se opone a esa realidad férrea y bien delimitada del sentido común. Para la poesía es en la ficción que se manifiesta la verdad. Para la poesía, desde siempre, la verdad tiene estructura de ficción.
5. Ficción y realidad (con el entremetimiento del concepto de verdad)
«La verdad tiene estructura de ficción.» He allí una frase que se ha hecho proverbial a fuerza de insistencia. Y tenía razón Lacan cuando señalaba que sin insistencia no hay enseñanza. Sin embargo, hay algo sobre lo cual no se ha reparado quizá suficientemente. La frase repetida se le presenta a muchos como una novedad sorprendente. Y hay, por lo menos, dos maneras de abordar la verdad que mediodice la frase proverbial. Una ha sido explorada continuamente por Lacan y los que intentaron seguir con su trabajo, es la vía de la filosofía. La otra es la vía de la poesía, que aparece a los más como una vía menos rigurosa (Lacan la siguió; los demás suelen chocar, más tarde o más temprano, con el muro de la literatura.)
Una breve excursión por cualquiera pequeña biblioteca puede ser útil. Allí podría verse la distancia que hay entre literatura y poesía y cómo la segunda anticipa lo que subrayará el psicoanálisis, con Lacan, desde otro lugar. Basta recorrer los anaqueles para encontrar rápidamente algún libro que llevará por título el siguiente: Ficción y realidad. Ese es, por ejemplo, el título de un volumen en el que José Bianco reúne algunos de sus artículos. Titulo literario, no poético (sin desmerecer el volumen de José Bianco, quien ha sido injustamente olvidado.) Si la excursión sigue se toparía uno, seguramente, con aquella obra de Goethe titulada Dichtung und wahrheit. Poesía y verdad, entonces, que dice exactamente lo mismo que Ficción y realidad, pero exactamente lo contrario. Porque es un título poético y no literario. Y los poetas han puesto siempre a la realidad en el lugar que le correspondía: lejos de la poesía, de la ficción y de la verdad. Y así, por poeta, Goethe, como ejemplo de la poesía toda, ha obtenido la fórmula que subvierte lo que se entendería comúnmente como Ficción y realidad. Al no interesarse por ese término último su título, eminentemente poético, dice que la verdad tiene estructura de ficción, porque la conjunción del poeta es conjunción verdadera, no disyunción enmascarada como la del literato o la del hombre común. Y los poetas lo dicen aunque usaran palabras que podrían parecerse mucho a las del sentido común. Eso hace Cortázar cuando dice, en alguno de los ensayos de su Obra crítica, que «la realidad, sea cual fuere, sólo se revela poéticamente.» No es difícil entender qué está diciendo con ello.
Pero la excursión podría perdernos, así que mejor concluirla con lo que se quería decir. El poeta, al eliminar la realidad del lugar al que la destinan los hombres comúnmente, hace sólo lo que señala Miller en la página diecisiete de El lenguaje, aparato de goce. Allí escribió lo siguiente: «ese recordatorio puede ser suficiente para deshacerse de la idea de que el simple uso del lenguaje nos da acceso a la realidad. Por el contrario, la evocación estructural del lenguaje altera la relación humana con la realidad.» Aprovechando esas palabras y sacándolas de su contexto para incorporarlas en uno nuevo, podemos decir que ese recordatorio es la poesía.
Es que la operación poética (y con esto devolvemos las palabras de Miller a su contexto original) es la que mejor da cuenta de que «el significante está obligado a producir diferentes efectos de significado.»
Entonces rápidamente viene en mente el que es, quizá, el mejor ejemplo del cruce de caminos entre la operación poética y el psicoanálisis (y digo el psicoanálisis y no la operación psicoanalítica, que, en este caso es menester distinguir.) Ese ejemplo está en el título del seminario que Lacan dictara entre 1976 y 1977. L’insu que sait de l’une-bévue s’aile ‘a mourre. Tal el título original cuya traducción genera muchos problemas a quien la emprendiera y, como toda poesía verdadera, obliga al traductor a recrear la operación creando algo nuevo sobre la creación original. Algunos han señalado que la última parte del título es redondamente intraducible ya que cuenta en ella la homofonía y no el significado. Ejemplo fundamental de operación poética por ello mismo, ya que la poesía, estrictamente hablando, no puede traducirse. Sólo puede recrearse la operación poética en otro idioma bajo el modelo del original, pero es una nueva operación la que así se genera y cubre la pérdida de la primera. Que la homofonía contara y no el significado no quiere decir que éste no existiera redondamente (o, mejor dicho, sí quiere decir eso, y he allí el problema, sobre todo al considerar la poesía, pues no basta vaciar de sentido para hacer poesía, aunque la poesía vacíe de sentido), quiere sólo decir que entre significante y significado hay una relación asimétrica de subordinación y causalidad que, como se sabe, Lacan convirtió en el algoritmo
significante
_____________
significado
He allí, como se dijo, uno de los problemas fundamentales del psicoanálisis, pero también de la poesía. Lacan lo dice en el mismo Seminario 24: «hay en todo caso una cosa que es cierta, tanto como una cosa pueda serlo, es que la idea misma de real comporta la exclusión de todo sentido. No es sino en tanto que lo real está vaciado de sentido que podemos aprehenderlo un poco, lo que evidentemente me lleva a no darle incluso el sentido del uno. Pero de todos modos es preciso colgarse de alguna parte, y esta lógica del uno es lo que resta -resta como ex-sistencia. [...] En efecto, desembocar sobre la idea de que no hay de real sino lo que excluye toda especie de sentido es exactamente lo contrario de nuestra práctica, pues ella nada en la idea de que no solamente los nombres, sino simplemente las palabras tienen un alcance. No veo cómo explicar eso. Si los nomina no tuvieran que ver de una manera cualquiera con las cosas, ¿cómo es posible el psicoanálisis? En cierto modo, el psicoanálisis sería del orden de lo aparatoso, quiero decir del semblante.»
En la concepción más vulgar o en la primera que acude al pensamiento, al concepto de ficción se le opone el de realidad; y considera que esa realidad es lo único que podría recubrirse con el concepto de verdad. La ficción y la verdad, así, nada tendrían que ver entre ellas.
Con el psicoanálisis aparece algo que el sentido común no puede pensar, simplemente porque es impensable: lo real.
El inconsciente, como la poesía, circunscribe ese vacío de lo real. En el Seminario 14, Lacan lo dice: «el inconsciente es poético en su esencia hecho de Bedeutung.»
Es en el hecho de circunscribir el vacío de lo real que se encuentra uno de los motivos fundamentales de la precariedad en la cual viven el psicoanálisis y la poesía, sobre todo en la época actual. Les recuerdan a los hombres todo el tiempo eso que ellos no quieren recordar. Y esa precariedad es menor para la poesía: los años lo demuestran. Es que es más fácil desecharla.
Lo real concierne al psicoanálisis y a la poesía, pero de maneras distintas. Al fin y al cabo, «el poeta puede escribir sin saber lo que dice», privilegio que al psicoanálisis no le conviene.
En el camino que va de lo simbólico a lo real, Lacan encuentra en Jeremy Bentham un pensamiento que le permitirá desplazar los acentos de su enseñanza, para situar al psicoanálisis, de una manera nueva, con respecto a lo real. Así, en el libro séptimo de sus seminarios, Lacan se detiene en la teoría de las ficciones de Bentham y en lo que éste entendía por fictitious. «Fictitious no quiere decir ilusorio ni, en sí mismo, engañoso», señala, «fictitious quiere decir ficticio, pero en el sentido en que ya articulé ante ustedes que toda verdad tiene una estructura de ficción. El esfuerzo de Bentham se instaura en la dialéctica de la relación del lenguaje con lo real para situar el bien -el placer en esta ocasión, al que articula, veremos, de modo totalmente diferente que Aristóteles- del lado de lo real. En el interior de esta oposición entre la ficción y la realidad viene a ubicarse el movimiento de vuelco de la experiencia freudiana.» Y a renglón seguido agrega algo más, que no podemos omitir aquí: «Una vez operada la separación de lo ficticio y de lo real, las cosas no se sitúan para nada allí donde cabría esperarlas. En Freud, la característica del placer, como dimensión de lo que encadena al hombre, se encuentra totalmente del lado de lo ficticio. Lo ficticio, en efecto, no es por esencia lo engañoso, sino, hablando estrictamente, lo que llamamos lo simbólico.»
Conviene definir la ficción como la definió alguna vez Miller: como lo que existe porque se habla. ¿Han dado acaso los poetas alguna vez una definición distinta de la ficción?
Tertuliano, al mencionar la resurrección de Cristo, supo escribir alguna vez que «certum est quia imposible est!», los poetas siempre han declarado que la verdad tiene estructura de ficción.
6. Nominalismo-realismo. La posición del psicoanálisis
En las clases que dicta Miller, alguna vez Gueguen ha llamado realismo nominalista al pensamiento de Bentham. Definición paradójica que resume de buena manera el uso que hace Lacan de ese pensamiento para comenzar a señalar los entreveros de lo simbólico y lo real.
Pero demos un paso atrás. Borges, citando a Coleridge (quien quizá citaba a otros más, ya olvidados), se divertía al sentenciar que los hombres nacen aristotélicos o platónicos. Y ya se sabe cuál es el movimiento del pensamiento, por lo menos del que se ha dado en llamar, vagamente, occidental. Allí está Bachelard con su bipolaridad de los errores para recordarlo. Los hombres siempre oscilan entre dos extremos opuestos.
El nominalismo y el realismo son dos polos que ilustran, ciertamente, la idea con la cual se divertía Borges, quien decía también que ya todos somos nominalistas. Enorme problema. Uno de los esfuerzos de Lacan ha sido que el psicoanálisis no le diera razón en esto último a Borges. Él sabía declararse «simplemente realista», lo hace, por ejemplo, en “Del psicoanálisis y sus relaciones con la realidad.” Allí realista aparece entrecomillado. Pero otras veces se dice realista con más dureza todavía.
El debate nominalismo-realismo toma forma en la Edad Media. De alguna manera el nominalismo viene a romper el juego de Coleridge y Borges, porque se situaría en una vía intermedia entre el aristotelismo y el platonismo. La disputa por los universales es la que forma el debate y el nominalismo sostendrá que sólo son reales los entes particulares. Pero, en este contexto, no conviene entrar en demasiados detalles con ello, porque parecería alejarnos de nuestro norte.
Los que han intentado cristalizar el pensamiento de Lacan en algún punto del debate nominalismo-realismo parecen terminar descubriendo que esa cristalización se hace difícil; que la enseñanza no se deja atrapar en las redes de un debate anterior. Eso es lo que caracteriza a una verdadera enseñanza, además. La reducción de un pensamiento complejo a uno de los dos extremos de cualquiera polaridad, es un procedimiento inaceptable. No obstante, un cauto acercamiento al asunto puede servir para extraer alguna conclusión, aunque más no fuera provisoria.
Algunos consideran a veces que la enseñanza de Lacan se hace cada vez más realista. Sin embargo, se podría pensar que nunca es nominalista ni nunca realista excluyendo el otro extremo. El ejemplo mejor para pensarlo, aunque fuere un ejemplo tonto, se obtiene al pensar en una palabra cualquiera que admitiera distintos acentos cambiando así su sentido. El acento en distintos lugares de la palabra no quita que todas las letras estuvieran siempre presentes. Lo mismo que con una palabra ocurre con una enseñanza. Se trata de una cuestión de acentos. Y los acentos son lo más importante, si se lo considera como acento y no como lo único que puede observarse.
Ciertamente la experiencia psicoanalítica empuja al realismo. Empuja a eso que se llamó antes el camino de lo descifrable a lo que va más allá de lo descifrable. Es el camino que transitaron tanto Freud como Lacan. De allí que el psicoanálisis o es realista o es una estafa.
Pero demos un paso más atrás todavía para regresar a la senda que recorríamos. El psicoanálisis subvierte el concepto de verdad universal que es el concepto vulgar de la verdad. Lacan lo hace desde el principio, al sostener que la verdad proviene del contexto en el cual se introduce un segundo significante. Eso es lo que descubrió Freud y que llamó resignificación (nachträglich), y fue Lacan quien puso ese descubrimiento en el lugar correcto. Fue así, entonces, que el psicoanálisis hizo vacilar el lugar de la verdad universal. Pero los poetas, movidos por su propia experiencia, ya lo habían hecho antes y seguían haciéndolo… “Locuras de poetas”, decía el resto.
7. El psicoanálisis con la poesía
Las dos posiciones extremas en las cuales suelen situarse los hombres se presentan también ante la consideración de las relaciones entre el psicoanálisis y la poesía. La fórmula psicoanálisis◊poesía permite evitar por lo menos uno de los errores más graves al considerar esas relaciones: la identificación de los términos. Al mismo tiempo nos ofrece, en un mismo movimiento, la consideración de esos dos extremos a los que suele reducirse todo. El primero de ellos es lo que hace al psicoanálisis con la poesía, a sus roces y simetrías.
Al considerar el psicoanálisis Lacan parte del psicoanalista. Lo hace señalando que el psicoanálisis es lo que se espera de un psicoanalista. Y lo mismo puede hacerse con la poesía, que es, ni más ni menos que lo que hace un poeta. Se trata de dos oficios con dos operaciones que los constituyen y que se desprenden de dos experiencias. Oficio, operación y experiencia son palabras clave para ambos.
Un par de consideraciones más sobre los puntos de contacto entre psicoanálisis y poesía nos pueden ayudar en este momento.
1) Una relación particular con el saber.
Miller, en su curso De la naturaleza de los semblantes, señaló que inventar el saber es la posición opuesta a saber la verdad. Eso es, ciertamente, lo que han hecho los poetas desde siempre. El Edipo de Gide lo dice con todas las letras al hablar de Tiresias, la figura fundamental del hombre que sabe la verdad: «Tiresias no ha inventado nunca nada y no sabría estar de acuerdo con quienes buscan y quienes inventan.» Los poetas lo han sentido a través de su experiencia: quien inventa el saber es quien más se acerca a la verdad. En la página 777 de los Escritos Lacan escribe lo siguiente: «La verdad no es otra cosa sino aquello de lo cual el saber no puede enterarse de lo que sabe sino haciendo actuar su ignorancia.»
Las posiciones del psicoanalista y del poeta con respecto al saber son enteramente análogas en este punto. Simplificando, ambos deben saber que no saben y, al mismo tiempo, hacer todo el tiempo como si supieran. Hay en las dos profesiones un saber que nunca puede dejar se ser inventado y que se relaciona estrechamente con la imposibilidad de ambas prácticas. El poeta que supiera la verdad de la poesía ya no podría inventarla y para el psicoanalista ocurre lo mismo. Y es en este sentido, por lo menos aquí, que puede entenderse también la afirmación de Lacan acerca del carácter de estafa que el psicoanálisis comparte con la poesía.
En el mismo Seminario 24 Lacan dice lo siguiente: «contrariamente a lo que se dice, no hay verdad sobre lo real, puesto que lo real se perfila como excluyendo el sentido. Sería todavía demasiado decir que hay real, porque decirlo es suponer un sentido. La palabra real tiene ella misma un sentido, e incluso yo he jugado en su momento al respecto evocando el eco de la palabra reus, que en latín quiere decir culpable; uno es más o menos culpable de lo real. Es por eso que el psicoanálisis es una cosa seria, y que no es absurdo decir que puede deslizarse en la estafa.» Y eso es exactamente igual que en la poesía. Los hombres siempre la han acusado de actividad ociosa o mero divertimento, y los poetas han levantado la queja continuamente. Y las palabras juego y seriedad tienen ecos en esas quejas de los poetas. Stevenson lo señaló en uno de sus poéticos ensayos al comparar la seriedad del poeta que crea con la seriedad del niño que juega. Y la poesía puede deslizarse en estafa.
2) Una relación particular con lo real.
Es también Miller quien señala que pueden encontrarse en la enseñanza de Lacan dos movimientos que pueden definirse como de lo simbólico a lo verdadero el primero y de lo simbólico a lo real el segundo. En ambos movimientos al psicoanálisis lo acompaña la poesía o acaso también aquí lo anticipa.
Lo real aparece como consecuencia de lo imposible y es eso lo que hace a la poesía. Casi podría definirse la poesía de esa manera, con ese descubrimiento del psicoanálisis: como lo real que aparece como consecuencia de lo imposible.
Es quizá fundamentalmente por ese movimiento hacia lo real que poesía y psicoanálisis viven en la precariedad. Los hombres rechazan cada vez más el abismo sobre el cual ambos se fundan.
El psicoanálisis y la poesía intentan todo el tiempo decir lo que es indecible. O rodearlo. Ante esa tarea casi heroica, el hombre corre el riesgo siempre de dormirse. He allí el riesgo de la comprensión, tanto en el psicoanálisis como en la poesía.
Goethe, en sus conversaciones con Eckermann, sintió esa relación particular con lo real que hace a la poesía: «Hay en la Naturaleza una parte asequible y otra inasequible. Es menester distinguir una de otra y no perder nunca de vista esa distinción, aunque realmente sea difícil precisar dónde acaba lo uno y dónde empieza lo otro.»
3) La noción de inconsciente, que une ciertamente al psicoanálisis con la poesía.
Otra vez es fácil apoyarse en una cita de Octavio Paz que resume con claridad lo que han declarado siempre los poetas: «si se ha de creer a los poetas, en el momento de la expresión hay siempre una colaboración fatal y no esperada. Esta colaboración puede darse con nuestra voluntad o sin ella, pero asume siempre la forma de una intrusión. La voz del poeta es y no es suya.» Esto llega al punto en el cual es necesario preguntarse si hay poesía sin esa colaboración fatal y no esperada de la cual habla Paz. ¿Hay poesía sin la aparición de esa colaboración que toma la forma de lo ajeno-propio?
En Televisión Lacan señala el carácter parasitario del inconsciente, de ese pensamiento distinto del alma y del cuerpo. Goethe, una vez más, había anticipado algo de esto cuando, en las mismas conversaciones con Eckermann, dijo lo siguiente, que anota el mismo Eckermann: «Meyer -observó Goethe sonriendo- suele siempre decir: “¡Si no fuera tan difícil pensar!” Pero lo peor -añadió Goethe- es que para pensar no sirve de nada pensar. Hay que acertar por naturaleza, de suerte que las ideas afortunadas se nos presentan de pronto y nos gritan, como libres criaturas de Dios: “¡Aquí estamos!”» En ese “para pensar no sirve de nada pensar” está la esencia de lo que hace al psicoanálisis y la poesía. Está tanto ese pensamiento distinto del alma y del cuerpo que es el inconsciente y está también la imposibilidad de reducir los dos oficios y las dos operaciones y las dos experiencias a técnicas que las permitieran.
En cuanto al inconsciente como algo que une al psicoanálisis con la poesía podemos agregar algo más. Es proverbial, sobre todo en este país del sur, aquella queja de Borges acerca de un hecho que él consideraba como una pérdida estética. Me refiero a la sustitución de la Musa de los antiguos por el inconsciente de la que él llamó mitología moderna. Claro, Borges pensaba en una noción que nada tiene que ver con el descubrimiento de Freud y sí con la forma negativa que tomó ese descubrimiento en una práctica que se orientaba en otro sentido y ante la cual Lacan alzó su enseñanza, sobre todo al principio (porque detrás de cada gran hombre viene siempre una estirpe papagayil.) Sin embargo, pese a todo, Borges había visto bien, porque el carácter de ajeno-propio y de sorpresa que implica el inconsciente, se sitúa en el mismo lugar que el de la Musa. ¿Hay psicoanálisis sin eso ajeno-propio que se instaura en la práctica?
No hay psicoanálisis sin inconsciente como no hay poesía sin Musa (que es, seguramente y como quería Borges, el nombre que mejor le sienta al hecho poético.)
En su Radiofonía Lacan se detiene sobre el hecho mencionando cómo el poeta es devorado por los versos y ellos «hallan su orden sin preocuparse por lo que el poeta sabe.» La poesía es lo que surge a pesar del poeta, como decía Borges y mil poetas antes que él. Todo el desvío contra el cual se erigió la que ha dado en llamarse primera enseñanza de Lacan, tiene como base el desconocimiento de la vecindad entre poesía y psicoanálisis por parte de los psicoanalistas que pretendían seguir, sin embargo, a Freud. Porque el psicoanálisis también ocurre a pesar del psicoanalista, y a pesar del yo fuerte y autónomo y el encuadre y demás. El poeta consigue espontáneamente ese resultado, y allí quizá el aspecto misterioso que todos han reconocido en el quehacer del poeta, empezando por Freud.
«El inconsciente es una mentira verídica», dice Miller, «que, al engañar, dice la verdad.» Alguna vez Alfonso Reyes definió la poesía como una verdad sospechosa. Aquí la poesía se acomuna con el psicoanálisis otra vez y es esta su unidad fundamental. Ambos, psicoanálisis y poesía, trabajan con esa mentira verídica o verdad sospechosa.
8. El psicoanálisis o la poesía
Nos falta entonces la otra cara que nos permite la fórmula psicoanálisis◊poesía que se ha ido convirtiendo en el eje de estas páginas (o que lo era desde el principio.) Como se dijo, cuando hay dos polos, los hombres, propensos a oscilar entre ellos continuamente, suelen perder de vista el opuesto si se paran con demasiado tesón en uno cualquiera de ellos. Y es verdad de Pero Grullo que son las diferencias entre dos cosas las que las hacen ser justamente dos. Alguna vez, al leer algunos puntos de comparación entre el psicoanálisis y la poesía, alguien preguntó lo siguiente: “¿pero entonces el psicoanalista debe hacer poesía?” La pregunta parecería ser el fruto de una mera mala lectura. Claramente no.
El problema resume mucho de lo que hace a estas páginas. Es que la experiencia psicoanalítica, si no se pierde en una narración infinita, aísla algo de lo real. El síntoma que habla incluye en sí, al mismo tiempo, la repetición de lo real. Y hacia el descubrimiento de ello empuja la experiencia psicoanalítica. Basta seguir los tiempos de la obra de Freud como los de la enseñanza de Lacan para ver que hay un camino desde lo descifrable hacia el más allá de lo descifrable. El regreso a Freud de Lacan es doble, pues también recupera ese segundo aspecto del síntoma al sostener una interpretación que no es total e infinita.
Se puede agregar, por otra parte, algo que escribieran Jorge Alemán y Sergio Larriera en un artículo titulado “La vecindad de poesía y psicoanálisis.” Después de recordar una de las consideraciones de Borges acerca de la poesía (debemos agregar que no es ciertamente la única consideración del poeta) señalan que «la función de la escritura es para el psicoanálisis totalmente diferente. Los psicoanalistas escriben a partir de una experiencia, pero lo hacen al modo de los científicos, al menos en la escritura de Lacan y las escrituras que de ella derivan. Se llega a una escritura que es similar a la de la matemática, la lógica, la topología. Similar en tanto usa letras, signos, grafos, superficies, nudos. Son los llamados mathemas. Pero estos mathemas no se sostienen por sí solos sino que necesitan de un decir que los sostenga. Los mathemas son polos de dichos que, a la hora de presentarse en un escrito, en algo que para Lacan merezca llamarse escrito, se conectan unos con otros mediante una literatura que trata de romper toda significación establecida de los términos. Las palabras en cuya red se sostienen los mathemas juegan con el equívoco, por ser este el punto en que una misma pronunciación remite a dos escrituras distintas. Esta es, por lo tanto, una escritura símil-ciencia, la escritura de una práctica que tiene mucho de delirante. Pero aquello a lo que atiende su escucha y lo que el analista escribe de eso se diferencia también claramente de la escucha del poeta cuando escribe el poema.»
La cita, algo extensa, puede perdonarse por lo que implica de esfuerzo de distinción entre el psicoanálisis y la poesía y los quehaceres del psicoanalista y el poeta. Sin embargo, queda el sabor del malentendido fundamental en el cual han caído en general las consideraciones acerca de las relaciones entre el psicoanálisis y la poesía. Ese malentendido parece ser inevitable. Y eso le da fuerza, otra vez, a la fórmula que nos acompaña.
Pero regresemos un paso hacia atrás: si la experiencia psicoanalítica, si no se pierde en una narración infinita, aísla algo de lo real; la experiencia poética, con tal de no confundirla con la literatura, también roza algo de lo real y sabe hacer con ello. A su manera, claro, lo cual no quiere decir que sean experiencias análogas la poética y la psicoanalítica (nunca el repetirlo es demasiado insistir.)
Sin embargo, las confusiones que se han originado alrededor de ambas experiencias sí son análogas. Lo que Miller llama estetismo psicoanalítico (en la clase tercera de El partenaire-síntoma) es el resultado de una confusión, dentro del psicoanálisis, enteramente análoga a la que confunde, en el campo de la poesía, a ésta con la literatura. Y ambas confusiones tienden a perder lo que es fundamental: la experiencia. Y tarde o temprano esa confusión termina generando normas para la operación de la cual surge la experiencia que es, repetimos, no saber qué vendrá después y soportarlo.
Lo que el título rezaba El psicoanálisis o la poesía es, ciertamente, El psicoanálisis o la literatura. El psicoanálisis y la poesía, bien delimitados, no se excluyen porque tampoco se confunden entre sí. Y las diferencias entre los quehaceres del psicoanalista y del poeta son tantas (y entonces son tantas las diferencias entre el psicoanálisis y la poesía) que cada cual podría buscar la que más le agradara y evitar así cualquiera confusión. Ni el psicoanalista es un poeta ni el poeta es un psicoanalista; ni el psicoanálisis es una operación poética ni la poesía una operación psicoanalítica; ni la experiencia poética es la experiencia psicoanalítica. Y la comparación, al mismo tiempo que muestra los puntos de contacto, evita la confusión. Repitámoslo: psicoanálisis◊poesía excluye la identificación de los términos.
Dejemos, entonces, y pasemos a otra cosa.
9. De la historia a la poesía
El camino que hace el psicoanálisis desde Freud a Lacan es el camino que va de la historia a la poesía. Y la diferencia es fundamental. Es la diferencia entre los laberintos de la narración infinita y lo real que excluye radicalmente el sentido.
Podemos aventurar un pequeño juego y remontarnos a tiempos en los cuales el psicoanálisis no era ni siquiera una posibilidad. Y aunque quizá resultara un tanto extraño remontarse a tal cronología para pensar algo relacionado con el psicoanálisis, que tanto tardaría en surgir entre los hombres, puede servirnos para algo. Es que hay, en el comienzo de una separación que se ha hecho cada vez más profunda, la posibilidad de entrever uno de los lugares que ocupó psicoanálisis. Ese lugar está entre la historia y la poesía, y el momento al cual nos remontamos es el comienzo de separación entre esos dos términos.
Antes de los historiadores presocráticos, es decir, antes del 600 a.C., más o menos, la poesía y la historia estaban unidas; la historia sólo se redactaba bajo la forma de la poesía. Con los historiadores comienza un movimiento que dará origen al concepto de verdad que es el que manejan las gentes de hoy cuando apenas comienzan a pensar en tal concepto, el que hemos llamado el concepto vulgar de verdad. La historia redactada bajo la forma de la poesía comenzó a verse como una verdad sospechosa (de allí la bella definición de Alfonso Reyes -helenista de valor, por otra parte- y que, además de su valor poético indiscutible, tiene para nosotros otro valor, el de subrayar otra verdad más allá del concepto vulgar de verdad.) La historia, entonces, comenzó a separarse de la poesía y empezó a delimitarse un concepto de verdad que, subvertido siempre por la poesía de todos los tiempos, es el psicoanálisis el que viene a atacar con las más filosas armas de la argumentación.
Otra vez Goethe, poeta sin dudas, lo dijo con claridad en sus conversaciones con Eckermann: «la grandeza de los griegos consiste en que daban más importancia que a la verdad del hecho histórico al modo como el poeta lo trataba.» El término verdad, allí, es el vulgar, es decir, en el sentido de adecuación. Podemos reformular la sentencia de Goethe: la grandeza de los griegos consiste en haber advertido que la verdad tiene estructura de ficción por haber sabido oír la poesía.
Por otra parte, la historia dentro del psicoanálisis cobra con la enseñanza de Lacan una nueva perspectiva. Exactamente como lo señala Miller en Los usos del lapso, «lo que Freud situaba en el pasado Lacan lo sitúa en el futuro.» Ello por el estatuto del inconsciente y su condición de querer ser.
Allí hay, además, otra coincidencia con la poesía, es este querer ser del inconsciente. Una afirmación de Borges (o una conjetura) es lo que justifica la comparación que puede abrir algunas puertas todavía. Al final de “La muralla y los libros” Borges define al hecho estético como una revelación inminente que, sin embargo, no llega. Cambiando el concepto de hecho estético por el más amplio de poesía se la puede definir así y hermanarla de esa forma con el querer ser. Esa definición es el querer ser de la poesía. También ella está en el futuro.
Entre Clío, ceñida con el laurel y con el rollo en su mano, y Melpómene, con su túnica oscura, su puñal y su cetro roto, y Terpsícore, con su vestido claro y holgado y su guirnalda de flores y Calíope, había una nueva musa que no mostró su rostro hasta comienzos del siglo XIX, y sólo hoy empieza a esbozar una sonrisa aunque los hombres parecieran no apreciarla demasiado…
II
1. El poeta y el psicoanalista-analizante. La superficie de algunos paralelismos
Como se dijo antes, no hay un ser del poeta. Por eso suele preguntarse con cierta perplejidad qué es un poeta. La pregunta, como todas las que parecen nimiedades consabidas, demuestra, bien mirada, ser laberíntica. Y nadie la ha respondido. El diccionario (María Moliner) dice, acertadamente, que el poeta es la persona que compone poesía. Y lo dice acertadamente pero, al mismo tiempo, vagamente. La definición no basta ni nada se agota.
Sin embargo, se acerca un poco al camino que podría seguirse, porque si Lacan, en Variantes de la cura-tipo, define al psicoanálisis como la cura que se espera de un psicoanalista, de la misma manera se puede definir la poesía como el objeto que se espera de un poeta. Pero ni poesía ni poeta se dejan apresar fácilmente.
Sería interesante invertir el orden de la definición que ofrece el diccionario. Así como Lacan comienza por el psicoanalista para hablar del psicoanálisis, es decir, comienza por el punto de llegada, porque el psicoanalista es (como señala Miller en la página 269 de El banquete de los analistas) el resultado de la experiencia analítica, queda claro que, de la misma manera, el poeta es el resultado de la experiencia poética. No hay poeta sin una experiencia poética que lo sancione como tal. Entonces, no es la poesía el producto del poeta sino al revés. Y lo mismo ocurre con el psicoanálisis.
Ciertamente una poesía lejos está de ser una composición versificada (hay prosa más poética que muchos versos que por allí circulan) y el ser-poeta lejos está de poder apresarse. Volvamos a ello. No hay ser del poeta. Lo había entrevisto Keats (Cortázar le atribuye un descubrimiento o una convicción que él escribe de esta manera: «que ser poeta es no tener identidad, es ser un camaleón.») Y esto llega al punto de que muchas veces algunos han creído poder atrapar ese ser vistiéndose de determinada manera o visitando los lugares privilegiados que transformarían en poetas a los hombres. ¡Cuántas caricaturas no han visto los tiempos! Indudablemente, lo mismo ocurrió con el psicoanálisis.
De allí que se confunda la técnica con la esencia. La técnica poética de algunos como el encuadre psicoanalítico de otros. Y, sin embargo, los poetas lo han advertido desde siempre. Goethe lo dijo en una de sus conversaciones con Eckermann: «suele creerse que todo se reduce a vencer las dificultades de la técnica y que con eso ya está todo; pero andan muy equivocados.» Lo dijo también Paz en otra página de El arco y la lira: «técnica y creación, útil y poema, son realidades distintas.» Y lo dijeron todos los poetas, de una u otra manera. El problema es que oye quien tiene oídos.
Y pese a todo hay poetas. Exactamente como Lacan subraya que hay psicoanalistas. Hay psicoanalistas porque se autorizan a llamarse así, retoma Miller. Extrañamente (nadie lo ha dicho o quizá sí) el poeta también se autoriza a sí mismo. Un poeta es alguien que se autoriza a llamarse poeta.
Si algún punto de contacto les faltaba al psicoanálisis y la poesía, helo aquí.
Y podemos aprovechar más de El arco y la lira si no fuera suficiente todavía. «Cada poema es único. En cada obra late, con mayor o menor intensidad, toda la poesía. Por tanto la lectura de un solo poema nos revelará con mayor certeza que cualquiera investigación histórica o filológica qué es la poesía.» Los comentarios parecen superfluos.
Miller, en la clase del 12 de marzo de 2003 del curso Un esfuerzo de poesía, señaló que «el psicoanalista se ocupa de lo que aparece como desecho de la vida pragmática y de la vida social.» Claro punto de contacto entre el psicoanálisis y la poesía o entre el quehacer del psicoanalista y del poeta. La poesía es considerada (y hoy más que nunca) como el desecho por excelencia de la vida pragmática y social.
En ambas experiencias hay algo que ocurre. Sólo ocurre. Lacan alguna vez usó aquellas palabras de Picasso y todos se afanaron luego en repetirlas. Ya lo había dicho otro pintor: Whistler. Art happens, dijo (luego Borges encontró solaz en recordarlo.) En la poesía y el psicoanálisis algo ocurre. Y ello implica al tiempo.
Ritmo en la poesía, apertura y cierre en el psicoanálisis. Ambos relacionados con la repetición. El ritmo, como se sabe, implica el retorno de determinado fenómeno en la alternancia de sonidos y silencios.
Volvamos a la pregunta que tan sencilla parece. Quizá Lacan se acerca a responderla cuando, en el seminario 3, señala que «la poesía es creación de un sujeto que asume un nuevo orden de relación simbólica con el mundo.»
2. Testimonios
Una de las coincidencias más llamativas que resultan de esas dos experiencias es la necesidad de dar cuenta de ellas y, al mismo tiempo, los obstáculos que presenta ese dar cuenta y que implica un enorme esfuerzo por parte del poeta como del psicoanalista-analizante. Aunque en este punto la similitud presente, al mismo tiempo, una enorme diferencia que radica en la importancia que tiene el testimonio de ambos. Para el psicoanalista es mucho más importante dar cuenta de la experiencia psicoanalítica y es casi una de las aristas de esa experiencia que, sin testimonio, casi no sería tal. El poeta no necesariamente debe dar cuenta de su experiencia, por aquello de que “no sabe lo que dice.” Sin embargo, en general intenta su testimonio.
El testimonio del poeta, ese intento por decir sobre la creación (intento siempre cubierto por un halo misterioso que no se disipa nunca del todo), es importante para los demás, para los que se preguntan continuamente cuál es el secreto creador del poeta. Incluso se encuentra la paradoja de los tratados de poética, que sólo son verdaderamente interesantes cuando los escribe un poeta, pero conviene que los poetas ocuparan su tiempo en escribir poesía y no hablar demasiado sobre ella. El poeta sólo anticipa cuando crea. El poeta inventa el saber cuando no sabe lo que dice, cuando se atreve a delirar. Y, sin embargo, el poeta suele dar testimonio de su experiencia, sobre todo porque ella parece albergar siempre un núcleo que se resiste a ser dicho, aunque no es inefable. Lo verdaderamente claro es que hay un esfuerzo por decir sobre su experiencia. Como si la experiencia y el dar testimonio sobre ella vinieran de la mano, inseparables.
Sin embargo, hay dos naturalezas distintas del testimonio: está el testimonio acerca de la experiencia y está ese otro testimonio que intenta convertirse en un desciframiento de la técnica. Dentro de la poesía la diferencia se relaciona con la distinción que hemos seguido entre poesía y literatura.
En el psicoanálisis hay, innegablemente, el mismo problema y la misma distinción. Lacan formaliza el testimonio sobre la experiencia, pero hubo desde siempre un testimonio espontáneo hacia el establecimiento de una técnica. La distinción entre poesía y literatura puede ser útil si se la traslada al campo del psicoanálisis.
Sea como fuere, tanto en el psicoanálisis como en la poesía hay un esfuerzo por trasmitir lo que es imposible de trasmitir. Pero sólo el esfuerzo hacia el testimonio es compartido por ambas experiencias. Aquí el psicoanálisis corre con ventajas. Hay una formalización que permite algo que para el poeta es mucho más desordenado.
3. Una cuestión de estilo
El estilo tiene que ver con el psicoanálisis como tiene que ver con la poesía. En ambos casos se trata de una cuestión de estilo. Mas no podemos adentrarnos con profundidad en el tema.
Augusto Monterroso señaló en algún lado que el estilo poderoso y verdaderamente original, al contrario de lo que suele creerse, no es inimitable sino que es el más imitable de todos. El estilo de Lacan es ciertamente ejemplo de ello, como ejemplo de ello son las obras de los grandes poetas.
Pero se genera un peligro, porque ni la poesía ni el psicoanálisis admiten el carácter uniforme del procedimiento. Cuando la operación pretende alcanzarse mediante el ritual, irremediablemente se pierde. De allí también aquel “no me imiten, repítanme”, de Lacan.
Que la idea de Monterroso es cierta se observa cuando, al contrario de lo que Lacan pretendía, los hombres intentan imitarlo. Y ocurre lo mismo cuando imitan al poeta. Basta ver las caricaturas que se generan para pensar rápidamente en las palabras de Monterroso. Es que al imitar el imitable rugido del león, a veces no se logra más que el gruñido del cerdo o el rebuzno del asno. Y eso ocurre en la poesía como en el psicoanálisis.
III
1. Del malentendido fundamental
Cuando los hombres se han parado en el punto (o los puntos, mejor) donde se cruzan los caminos de la poesía y el psicoanálisis han generado las equivocaciones más grandes alrededor de esos cruces. Es que en general no han mirado esos puntos de intersección y se han dedicado a hablar, desde uno de los caminos, del otro. Por eso el encuentro pareció tomar la forma de aquello que intentaba resumir la fórmula psicoanálisis◊poesía.
Y esos puntos que han generado tantas equivocaciones espontáneas (que nada tienen que ver con la equivocación voluntaria que da lugar a la operación poética) rozan, además de uno de los problemas fundamentales del psicoanálisis, también uno de los problemas fundamentales de la creación poética. En ese punto fértil para las equivocaciones espontáneas se ha sostenido con facilidad que el escritor es sus personajes. Tal afirmación, bien mirada, implica la negación de la fórmula que sostiene que la verdad tiene estructura de ficción. El problema es cómo.
Cuando los hombres se detienen a considerar la paradoja del escritor que es sus personajes y al mismo tiempo no lo es, y cuando responde tranquilamente sin notar que se trata de una paradoja, no hacen más que negar que la verdad tiene estructura de ficción. Y entonces hacen, de los cruces de los caminos del psicoanálisis y la poesía, interpretaciones que no hacen más que aniquilar al mismo tiempo las dos operaciones que fundan esos dos caminos distintos que se rozan continuamente.
Allí están, para ser usadas, algunas obras de cuatro hombres que han sabido sostener, cada cual a su manera, que la verdad tiene estructura de ficción. Y, como no podía ser de otra manera, se trata de cuatro poetas. Incluso cuando algunos de ellos no hubieran escrito más que prosas poéticas. Ellos son Miguel de Unamuno, Luigi Pirandello, Giovanni Papini y Vladimir Nabokov. El último de particular interés aquí, porque también él ha sido artífice de esas equivocaciones voluntarias al pararse en los puntos de cruce de los caminos sin atinar a ver bien qué había en el camino que él no transitaba.
Volvamos a psicoanálisis◊poesía. Mil y una relaciones que excluyen la identificación. Y, entre ambos, el muro de la literatura.
La distinción entre poesía y literatura, en este contexto, podría reconducirse hasta lo que Lacan señala del arte como saber hacer más allá de lo simbólico, es decir, como lo verbal a la segunda potencia y portador de más verdad que cualquier otro vehículo. La poesía tiene que ver con ese saber hacer. Es ese saber hacer. La literatura no.
Por otra parte, en páginas anteriores se mencionó el algoritmo que Lacan crea en su primera enseñanza, apoyándose en la lingüística estructural, y que da cuenta de las relaciones entre significante y significado. Miller, en el curso titulado La experiencia de lo real en la cura psicoanalítica reinventa ese algoritmo llevándolo hasta la última enseñanza de Lacan y dando cuenta de las relaciones entre lo real y el semblante.
Forzando las cosas para encuadrarlas en el contexto de estas páginas, la diferencia entre la literatura y la poesía podría escribirse de la siguiente manera:
poesía
__________
literatura
fórmula que puede considerarse análoga a esta otra:
psicoanálisis
__________________________
lingüística (lingüistería)
Ambas fórmulas dejan por fuera lo real que, sin embargo, es rozado por los primeros términos. En la poesía y en el psicoanálisis hay una relación distinta con lo real. En forma análoga podemos considerar, siguiendo a Lacan, las posiciones de esos términos desde otro punto de vista. Si ante lo real hay dos posiciones posibles: la locura o la debilidad mental; por encima de la barra se situaría la locura y por debajo la debilidad mental. Las consideraciones del hombre común acerca de la poesía y del psicoanálisis justifican enteramente la fórmula.
Por otra parte, la vecindad con lo real de la poesía explica el lugar de la belleza en ella, donde la mayoría de los hombres no saben ver indefinidamente más que festones y astrágalos.
Algo más puede pensarse sobre ello. ¿Por qué los caminos del psicoanálisis y la poesía tienen tantos puntos de contacto y a veces un paisaje tan similar? Ya se mencionó la arcilla con la cual se trabaja en ambos casos. Pero hay algo que hace a las posiciones. La pregunta es dónde se sitúa la poesía. Entonces, si se recuerda aquella definición de Alfonso Reyes ya mencionada (aquella de verdad sospechosa) y lo que se dijo un poco más arriba, se puede situar a la poesía entre la angustia y la mentira (la poesía de Mallarmé parece un buen ejemplo, aunque situar poetas particulares nos podría hacer pasar de la poesía a la literatura, con la consiguiente pérdida que ello implica.) Si se acepta situarla allí, se abre un camino que podría llegar a ser interesante. Pero queda para otro lugar y otro momento.
*
Si los psicoanalistas y los poetas parecen no dialogar mientras dicen esencialmente lo mismo es porque el muro de la literatura -retoño de la filosofía- se entremete entre ellos. Por eso también ese diálogo del no-diálogo ha sido tan fructífero.
Al final, se podría resumir el psicoanálisis◊poesía con el psicoanálisis◊filosofía, y esta otra fórmula sí ha sido escrita antes.
Hasta aquí por ahora, pues los plazos se terminan aunque a los hombres siempre los acucian esas palabras que desde Hipócrates han repetido los que intentaran ese saber-hacer que es el arte, ese ars longa, vita brevis tan verdadero. Los poetas viven cantándolo, como Arturo Capdevila, olvidado por poeta:
que fuerza es ascender hasta la cumbre,
más no se asciende en un puñado de horas,
¡pues en toda una vida sólo ganas
el mezquino peldaño de una roca!
La cumbre siempre está más allá. Pero como en el Vathek, es preferible perder las barbas descifrando los sables. Entonces la comparación seguirá fuera de estas páginas.
Sin embargo, ella no debe rebasar los límites de su propia naturaleza, porque se corre el riesgo de terminar en el lugar del malentendido fundamental. Como supo decir alguna vez Auden, cuanto más ama uno a otro arte, menos inclinado se siente a invadir sus dominios, y esto vale tanto para el psicoanalista como para el poeta. Al fin y al cabo vale siempre lo de Carducci en su “Idillio maremmano”:
Meglio oprando oblïar, senza indagarlo
questo enorme mister de l’universo!
[1] Un solo ejemplo de litera-dura, tomado al azar de la memoria. En una edición española del Lunario sentimental de Lugones, al llegar a un verso que canta “olor a fresias”, el literato de turno genera una nota al pie para explicar las palabras del poeta. “Fresias=fresas”, dice la nota. Et spiritum non habebant.
Autor: Sebastián Alejandro Digirónimo
Ensayo presentado en el Instituto Clínico de Buenos Aires, perteneciente a la EOL
Buenos Aires- Argentina





Cuando despierte, me volveré palabra. Y en ella dormiré de nuevo. Volveré hecho silencio.
Agur, ondo pasa.
Estimado Etcheverry:
Sus palabras me han sorprendido.
Están cargadas de poesía.
Le envío mis más cordiales saludos, y gracias.
Aqueos