Psicoanálisis puro y psicoanálisis aplicado: una grieta política

Et sane arduum debet esse, quod adeo raro reperitur.[1]


En esta página no importa tanto de dónde surge la dicotomía psicoanálisis puro-psicoanálisis aplicado. Importa más bien hacia dónde puede llegar a ir. El problema es el que ya señalara Miller: «lo que hace falta es que el psicoanálisis aplicado a la terapia siga siendo psicoanálisis y que se preocupara por su identidad psicoanalítica.»


Una de las actividades mejores para extraer una enseñanza es el comentario de textos (que no es una simple lectura a la letra, confundir ambas cosas implica olvidar aquello de Quignard de que «la traducción infiel es palabra por palabra infiel.») Esa actividad se puede ejercer incluso sobre textos imaginarios, inventando problemas. El comentario es siempre, de todas formas, una manera de plantearse problemas, de inventar, a través de la repetición, algo nuevo. Eso sin olvidar, como señala Miller, que el texto tiene, sin embargo, una estructura única, y que debemos entonces tener como meta que hay una sola lectura buena.

Se puede comenzar imaginando, por lo tanto, dos definiciones radicales. La primera rezaría lo siguiente: todo psicoanálisis es psicoanálisis puro. La segunda es, al parecer, enteramente opuesta: todo psicoanálisis es psicoanálisis aplicado. Trabajar sobre la aparente contradicción puede ser fructífero, sobre todo para echar luz sobre la grieta política que se abre a partir de la dicotomía.

Entonces, a partir de esas dos sentencias aparentemente contradictorias, se puede seguir un camino breve pero orientado (que es lo que más importa) y buscar en él algunas proposiciones no menos radicales que se desprenderían de las otras. El punto de partida es considerar que la contradicción es enteramente aparente y que ambas sentencias son correctas al mismo tiempo. Las proposiciones que se desprenden a partir de ellas son múltiples. Aquí subrayaremos cuatro.

Primera proposición: no es lo mismo tratar la actualidad por el psicoanálisis que el psicoanálisis por la actualidad.

Parece perogrullada, y, sin embargo, es fácil el deslizamiento de un lado al otro de la proposición. La actualidad entra en el consultorio porque el consultorio está ubicado en un tiempo y en un espacio. Por eso el psicoanálisis es siempre psicoanálisis aplicado y no es nunca una torre de marfil (temor que a muchos los hace considerar con desconfianza al psicoanálisis puro), pero es psicoanálisis con la condición de tener como horizonte el psicoanálisis puro. Esto quiere decir que lo que más importa no es el adjetivo, sino el sustantivo. Dejar que nos condujeran los ideales terapéuticos actuales subrayando los adjetivos implica generar una grieta dentro del psicoanálisis. Generar una grieta y perder de vista la identidad del psicoanálisis. Ello implica responder a la demanda social resignando lo que hace psicoanálisis al psicoanálisis.

(A las dos opciones mencionadas aquí se le agrega una tercera, delirante, que es la de Cottraux, uno de los coautores del Libro negro: se trata de echarle la culpa al psicoanálisis por la actualidad -dice, por ejemplo, que la decadencia del Estado es culpa del psicoanálisis. Esta tercera opción vale la pena considerarla sólo como witz.)

Segunda proposición: en el abuso de la dicotomía está escondida la voluntad de hacer del psicoanálisis una técnica (o la imposibilidad de soportar que no lo fuera.)

La dicotomía entre psicoanálisis puro y psicoanálisis aplicado es un problema porque genera una grieta en la cual se introduce con facilidad, para guarecerse en ella, el temor al enigma del sujeto que se despliega en la opacidad de un síntoma. Se trata de una grieta dentro del mismo psicoanálisis y por la cual se cuelan con facilidad los ideales de eficacia en breve lapso, funcionalidad, etcétera; ideales que configuran una posición política que va en detrimento del sujeto y a favor de los estándares ortopédicos con los cuales sostener consumidores funcionales. Es fácil aprovechar la distinción entre psicoanálisis puro y psicoanálisis aplicado para, sencillamente, borrar la dimensión del psicoanálisis mismo. Se trata de una grieta por la cual se introduce en el psicoanálisis, silenciosamente, otra lógica que no es la del psicoanálisis y que aborrece su ironía, su escepticismo, su irreverencia; esas características antimodernas que Miller subrayó en el anti-libro negro.

Tercera proposición: hay falsos problemas que se desprenden de una falta ética.

Una falta ética es, por ejemplo, descargar sobre las características de la actualidad algo que depende de la característica del objeto con el cual trabaja el psicoanálisis y que es el que lo orienta. Ese algo que le hacía a Lacan preservar la dimensión de la insatisfacción en sus formulaciones teóricas y eso que mencionó al final de su vida y que se entendió tan mal muchas veces: la idea del psicoanálisis como impostura. Lo real huye, tiene su consistencia propia, tiene su resistencia propia. Hoy y siempre. Más allá de las características particulares de la actualidad, más allá de las formas cambiantes de las presentaciones clínicas, no hay que olvidar eso otro, que le da su carácter específico a la profesión imposible del psicoanálisis.

El psicoanálisis es una experiencia y también un acto. Hay una pregunta que se repite de tanto en tanto: ¿el psicoanálisis lee un sujeto ya escrito o escribe un nuevo sujeto? Es acto, sobre todo, porque escribe un nuevo sujeto, y si no lo escribiera no sería psicoanálisis.

Esa escritura no es fácil, porque implica sostener todo el tiempo al sujeto. Esa escritura es tan difícil como la escritura verdadera de una página cualquiera. No es escritura el simple derroche de palabras: la escritura debe ser parida para ser verdadera escritura, pese a que la mayoría busca la salida fácil de la cesárea verbal. Esa salida fácil es coherente con los ideales terapéuticos actuales.

Cuarta proposición: convendría remplazar la dicotomía entre psicoanálisis puro y psicoanálisis aplicado por otra dicotomía que no pusiera en entredicho la identidad del psicoanálisis. Una dicotomía aceptable parece ser la que distingue los efectos terapéuticos y los efectos psicoanalíticos dentro de un psicoanálisis.

Esta cuarta proposición se trata de una proposición en el sentido de propuesta más que en el sentido de oración, enunciado o afirmación. Remplazar la dicotomía psicoanálisis puro-psicoanálisis aplicado por esta otra permite no perder de vista que ambos tipos de efectos ocurren siempre dentro de un psicoanálisis. Como se sabe, ambos tipos de efectos se relacionan de distintas maneras a lo largo de un psicoanálisis: no se pierde la identidad del mismo cuando se mantiene cierto equilibrio y no se sucumbe ante los ideales, cualesquiera que fueran, pero sobre todo los ideales terapéuticos, evaluables y mensurables de actualidad.

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En uno de los dos artículos que publicara en L’anti livre noir de la psychanalyse, Clotilde Leguil-Badal se preguntaba de dónde surge la infatuación que generan en el público general las neurociencias que pretenden revelarnos todo sobre el ser humano. Una de las posibles respuestas tiene que ver ciertamente con la responsabilidad, y es la respuesta que explica aquello que en el mismo artículo llamó la paradoja de la época relacionada con el sujeto. Esa misma respuesta explica también la peligrosidad de la grieta política que genera la dicotomía entre psicoanálisis puro y psicoanálisis aplicado. En esa grieta pueden escudarse, dentro del psicoanálisis y silenciosamente, los mismos temores que generan la infatuación del gran público. No es fácil sostener al sujeto todo el tiempo, con su particularidad y sus enigmas. Más nos vale estar advertidos de las grietas y repetir el epígrafe de esta página, que constituye a su vez la última línea de la Ética de Spinoza.


[1] Y arduo debe ser lo que tan raramente se encuentra.


Sebastián Alejandro Digirónimo

La peste

Las ratas sigilosas corrían por la ciudad y en sus cuerpitos evasivos portaban la peste. Las gentes en las ciudades morían, y la sangre lo cubría todo. Las medidas que tomaron las instituciones en ese momento fueron aquellas que corresponden a las de la selección y el encierro: los enfermos quedaban separados, se los controlaba, se controlaba cualquier señal o signo que indicara la contaminación.

Hoy, entre los peligros que nos acechan (y que son muchos y de variada naturaleza) ya no está la plaga. Hoy nos acecha una nueva peste: la depresión.

Ensayemos el sarcasmo: ¿cómo es posible que con todos los objetos que tenemos hoy al alcance de la mano para ser felices la gente se deprimiera?

¡Ah! ¡Qué cuestión! Es que el sujeto quiere ser único, quiere que se le reconozca su particularidad y a veces lo único que le queda, en este mundo feliz, es la tristeza. Pero la tristeza y la depresión no son lo mismo. No claro, que no. Pero para la industria farmacéutica sí son lo mismo. Para el mercado sí son lo mismo. Porque una persona triste o deprimida no trabaja igual. No gana suficiente dinero, no consume los magníficos productos que nacen todos los días para la felicidad de los hombres.

La psiquiatría, que hoy no es ni la sombra de lo que supo ser en sus comienzos pues ha perdido la clínica, se ha sometido a este nuevo amo que le indica la luz en medio de la oscuridad. Y sigue todos esos preceptos que sólo cubren la superficie de las cosas, nunca su esencia. Por ello determina que la depresión consta de una serie de signos y síntomas que cualquiera puede descubrir con un poco de entrenamiento, ya sea la madre preocupada por su pequeño niño, o la maestra, cuya función se transforma cada vez más en producir mejores consumidores.

Ya no hace falta un experto, pues cualquiera reconoce las señales (para eso están los manuales), y cualquiera podrá acercarse a la farmacia vecina para comprar el medicamento que cura la tristeza, o la depresión (pues para ellos es lo mismo.)

Al leer las noticias que se divulgan todos los días se encuentran siempre los nuevos descubrimientos de la ciencia (la nueva, la de los que se hacen llamar científicos y creen que esa denominación les alcanza para obtener la validez de sus afirmaciones.) Y los descubrimientos consisten en algo semejante al encuentro de un niño con el supuesto movimiento del sol. Los investigadores norteamericanos son el ejemplo claro de ello: descubren el sol y la luna casi todos los días. Y para peor lo publican orgullosos y los medios de comunicación, que son cada vez más unos ecos vacíos que creen que todo lo que viene del país del norte es lo mejor que hay en el universo, lo dispersan por el mundo.

Pero la plaga continúa. Ya hay píldoras para la felicidad, para el olvido, para dormir despierto, para no sentir nada, y la plaga continúa.

Las medidas que se toman son semejantes a las de aquellas épocas oscuras en las que los roedores traían la peste. Pero ya no hace falta el encierro, es la reunión de la selección y la exclusión la que dirige el orden. Ahora todos cuentan con las herramientas para detectar la depresión, pues es una cuestión preventiva que todos conocieran cuáles son las señales a las que hay que prestar atención. Y si por casualidad alguien está triste porque ha perdido algo importante y porque entrevió esa muerte que el mercado se obstina en negar, no puede estar mucho tiempo así. Porque ya no hay quien lo soportara, no hay quien lo sostuviera. Esa persona es un peligro, para sí misma y para los demás. Porque los demás no soportan ver el dolor y la tristeza y eso que es inevitable en la vida. Hay que ser felices, ¿o acaso aún no lo entendemos?

(Estas pocas palabras tratan de explicar un tema que es sumamente complejo en un espacio efímero. El problema que implica la medicación de todo lo humano por intereses encontrados entre la industria farmacéutica y los ideales modernos no debe ignorarse.)

En el año 1926, en París, Alfonso Reyes escribió un largo poema titulado “El hombre triste.” Trascribo a continuación los dos primeros versos y los cuatro últimos.

Basta leer a Plinio el Viejo para saber que la vida empieza con llanto
Otros dicen que acaba mejor: no me atrevo a asegurar tanto

[...]

Vivía tan temeroso, que ya nunca osaba abrir una puerta.
¡Y tan olvidado de todo, que ignoraba el nombre de todos los árboles de su huerta!
Yo me empeñaba en vano, predicándole hora tras hora,
porque en verdad, bajo el sol, no hay ninguna razón seria para consolar a un hombre que llora.

Fenrir o Vanargand, el lobo (palabras sobre el sujeto)

El lobo

La historia del lobo es una de esas historias que deben conocerse, aunque más no fuera porque él es el paradigma de aquellos que están ya condenados desde antes de su existencia real. La historia, llena de poesía y tristeza, es el arquetipo de la historia de todo hombre. La historia del lobo es la historia del sujeto. Del que está sujeto desde antes de su nacimiento. Los psicoanalistas saben a qué están sujetos los hombres.

El lobo nació de una mala unión. Loki, As de los engaños, el malvado, el embaucador, el peor de los mejores, se unió con una giganta llamada Angrboda y con ella tuvo tres hijos: la serpiente Jormungand, el lobo Fenrir, y Hel.
Al conocer los frutos de esa unión, los Aesir se reunieron, “(…) y todos opinaban que sólo maldad cabía esperar de ellos, primero por parte de la madre y aún peor por la del padre.” Es interesante que los dioses mismos declararan que hay más maldad en uno de los suyos, Loki, que en uno de sus enemigos, la giganta. Al crecer el lobo, buscaron la forma de atarlo.

«Odín, Padre de todo, lo mandó a aquél que se llama Skínir, mensajero de Freyr, a la honda región de los Elfos Negros, éste habló con ciertos enanos, y les ordenó que forjaran el grillo cuyo nombre el Gleipnir. Estaba hecho de seis cosas: el sonido de una pisada de gato; la barba de una mujer; la raíz de un peñasco; los tendones de un oso; el aliento de un pez y la escupida de un pájaro.
»Cuando los Aesir vieron que el lobo estaba bien sujeto, tomaron la cadena que sostenía el grillo y que se llamaba Gelgja, y la pusieron alrededor de un gran peñasco, que se llamaba Gjöll y hundieron el peñasco en la tierra. Tomaron después una gran piedra y la empujaron aún más profundamente en la tierra. La piedra se llamaba Thviti e hicieron de la piedra un candado. El lobo abrió la boca de un modo atroz y trató de morderlos. Le metieron en la boca una espada, la empuñadura agarrada en su maxilar inferior y la punta en el superior. Ésta es su mordaza. El lobo aúlla terriblemente y le sale espuma por la boca y esa espuma forma el río llamado Vamm. Yace ahí hasta el Fin de los Dioses.» [1]

Fenrir, imagen de un manuscrito del siglo 17

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La cadena que lo sujeta

Como se ha dicho, la historia del lobo es la historia del hombre. Juguetes de su destino que buscan luego alguna explicación plausible que diera cuenta de su suerte. En esa busca se encuentran oráculos, fechas, causas, herencias, etcétera. Se encuentran sentidos, porque el que los busca los encuentra y los sentidos, se sabe, son infinitos. Pero hay algo que está antes que la existencia del hombre, antes que su carne, antes que todo, y es justo eso lo que lo marca. Es la palabra, es el lenguaje. El hombre, como el lobo, está atado antes que Gleipnir lo aferrara.
Es que hay un Gleipnir anterior y adamantino que es el lenguaje y al igual que la cadena, está hecho de cosas que a los hombres le parecen nada y que, sin embargo, son todo. El sonido de la pisada de un gato, el aliento de un pez, la raíz de un peñasco…
Es la paradoja de la palabra: pese a que parece nada, tiene efectos en la carne.
El lobo, finalmente es una metáfora del hombre, pues está atado a su destino, pero su destino está escrito en el lenguaje, y lo ata desde antes de nacer. Gleipnir es el lenguaje, que lo sujeta.

[1] Snorri Sturluson (1220):Edda Menor, Alianza Editorial, España, 2000.

La esperanza en los genes

Hay noticias que ya no asombran porque se repiten todos los días. Sin embargo no deben tomarse a la ligera.
Actualmente -en realidad desde hace ya muchos años, pero ahora quizá con más fuerza que antes- se asiste a un movimiento de busca de respuestas en los genes. Todas las esperanzas del porvenir del hombre se hallan puestas en el código y su desciframiento, en entender qué se esconde en el engranaje genético y claro, en las posibilidades de modificar ese código esquivo, para alcanzar ya sea la perfección, la felicidad, la inmortalidad, en todo caso los ideales de los que buscan en el laberinto del código.
¿A qué llevará todo eso? Tal vez a Un mundo feliz, tal como lo imaginaba Aldous Huxley. En el punto en el que estamos es difícil no pensar en ello.
Algunos psicoanalistas se han pronunciado al respecto. Por ejemplo Jacques-Alain Miller en El futuro del Mycoplasma Laboratorium. Lo que señala allí es importante, pues habla de una posición ética frente a todo lo que vendrá y frente a todo lo que está ocurriendo.
En estos días, en un periódico español se ha publicado la siguiente noticia: “El genetista James Watson afirma que la inteligencia no es igual en todas las razas” (El título de la nota periodística fue modificado. Originalmente rezaba: “El genetista James Watson afirma que los blancos son más inteligentes que los negros.”)
El conocimiento acerca de los genes aparentemente no traerá liberación, sino suplicio. Seguramente todo seguirá mal pero, ¿cuándo las cosas han ido bien con el hombre?
Podríamos ser optimistas, en el sentido original de ese término, y aquí yo deseo serlo. Creo que el sujeto prevalecerá. Es inevitable, tal vez incluso ocurra como lo describen en las reiterativas películas que cada año se producen, sobre todo en la actual capital de la industria cinematográfica. En ellas se habla siempre del futuro del hombre y hay en esos mundos imaginados máquinas que son casi humanas o que, por lo menos, intentan serlo. Y entonces esas máquinas hablan y piensan y hasta sienten… y ellas devienen los sujetos en un mundo de hombres que son meros consumidores (con suerte.) Pero es sólo un sueño porque a las máquinas les faltará siempre algo: la sexualidad.
Y es justo lo que hace vanas las esperanzas de los que buscan poder alcanzar sus ideales a través del código. La relación-proporción sexual no puede ser inscrita, y por tanto no está oculta en ningún código genético esperando ser descifrada. Es la intrusa en el cuerpo y viene de otro lugar, no de la biología. Y basta sólo saber eso para tener otra esperanza: que el sujeto se imponga.
Tal vez la esperanza en los genes sea, como en aquel relato de Villiers de L’Isle Adam, sólo una tortura para los genetistas y los biólogos, y también para todos los hombres. Claro que ellos, como hombres de ciencia, no llegarán nunca a saberlo. Es la poesía la que lo sabe. El secreto está en el lenguaje.
Unas líneas de Borges ilustran a los que sueñan con descifrar y reconstruir a través de sus ideales.

Y mientras cree tocar enardecido
el oro aquel que matará la Muerte,
Dios, que sabe de alquimia, lo convierte
en polvo, en nadie, en nada y en olvido. [1]

Figuras de la tumba de N. Flamel

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[1]Jorge Luis Borges (1958): ”El Alquimista, El otro, el mismo, en Obras Completas, Tomo II, Barcelona, Emecé, 1996.