Dos ejemplos de poesía menor

Cuando menos lo sospecha el hombre se encuentra con la poesía. Casi como si ella lo embistiera como un toro embravecido. He aquí dos ejemplos de poesía inconsciente que brama y se apresta y sale a la carrera y por fin embiste.

1. Una mañana adquirimos un temporizador mecánico para la cocina cuyo valor monetario era ciertamente una bagatela. Se trata, aquí en el sur, de un producto extranjero, probablemente europeo. Y he aquí la imagen de la caja del temporizador (simpático el artefacto.)

Temporizador con forma de vaca.

Al costado de la caja hay las inútiles instrucciones para el uso del objeto. Casi que emulaban a Cortázar quienes diseñaron esa caja. Y las instrucciones están allí en varios idiomas. Inglés, alemán, francés, chino, algo que parece sueco o noruego o finlandés o danés, y castellano… o, mejor dicho, algo que parece castellano. Y tanto se alejan de la redacción corriente, son tan extranjeras en su forma, que son tan simpáticas como la forma del temporizador y, quizá, enteramente poéticas. El secreto está en saber leerlas, como siempre.

Debajo del chino está el castellano… o casi. Lo primero que se lee, a modo de título, es metododeuso, así, sin acento y todo junto. Después está el cuerpo del poema, que consta de tres versos muy sencillos.

Es realmente admirable la forma en la cual están redactados.

El primero dice: “andar por la rumbo manos de un reloj, gira a 60.”

Si uno no supiera de qué habla, esa frase sería realmente misteriosa. El lector azaroso la llenaría de los sentidos más extravagantes, porque el sentido es siempre infinito.

El segundo dice: “inverso por la rumbo manos de un reloj, gira a tiempo estipulado.”

Y vale el mismo comentario. Ese “inverso por la rumbo manos de un reloj” es fantástico.

El tercero dice así: “al llegar tiempo estipulado, sono el timbre.”

Sublime.

2. Otra mañana distinta y tan pródiga como la primera sucedió el segundo de los poemas menores. La pregunta que queda es si fue un poema inconsciente o deliberado. Ocurrió a bordo del tren que nos llevaba desde la ciudad de La Plata hacia la localidad de Avellaneda, aunque parecía ir a Calcuta (obra, enteramente conciente en este caso, de los personajes que ya sabemos.)

Estábamos en el desvencijado y maloliente vagón, sentados sobre los asientos que son duros como el metal, sobre todo porque de eso están hechos. Se podría decir de pasada que tan desvencijado estaba el vagón que no era apto para el pensamiento. En medio del viaje una de las ventanillas se abrió sola y al caer hizo tremendo ruido. Ese ruido nos hizo saltar sobre los duros asientos, y ningún hombre, por más abstraído que estuviera en sus pensamientos, podría haber continuado sus cavilaciones luego de tal sobresalto.

Estábamos, entonces, en ese vagón, sufriendo el viaje y el frío (ventanillas que no cierran, las puertas menos, ¿calefacción?, sí, seguro…), y de repente observé en la pared del frente un insulto que alguien le había dirigido a otro. Se acordaba en él de la madre del otro y de su supuesta profesión (antigua, según dicen todos creyendo decir algo interesante.) Allí estaba, escrito con letra temblorosa, letra de tren, el breve poema.

Cualquiera diría que el insulto estaba mal escrito, y que en lugar de insultar da un poco de risa. Es que alguien se dirigía a una fulana y la tildaba de hija de mala madre. Pero no decía mala madre, decía la otra palabra que tanto les gusta a los malos escritores aplaudidos por los asnos. Pero no sólo no decía mala madre y sí decía puta; tampoco decía hija, porque el poeta del pueblo escribió, sobre la pared de ese vagón, higa de puta.

Algún distraído diría, además, que parece un insulto pronunciado por un italiano y llevado luego esa pronunciación a grafía.

Pero quizá se engañaría, como se engaña el que pensara que el insulto estaba mal escrito.

Era la obra de un verdadero poeta que cumple su cometido ya que con su poema sólo esperaba engañar a los zonzos. Porque quizá sí quiso decir higa. Y como se sabe, higa es el nombre de un gesto de desprecio que solía usarse y que pasó luego a querer decir también burla, mofa, broma, ironía (es también el nombre que le han dado a un amuleto y, por extensión, a los amuletos todos.) Quizá el que escribió eso quería decir que esa fulana era como el gesto de desprecio hecho por una prostituta a alguien más (que es como el desprecio hecho por el despreciado.) ¿Será suponer mucho? Basta ver los trenes para saber que sí. Quiso decir hija y usó la ortografía que usa la mayoría, ya que la cultura del país es como sus trenes y ha sido devastada, arrasada, destruida, saqueada. El insulto se convierte así en algo cómico pero también en otro sublime caso de poesía inconsciente.

¿Quién hubiera dicho que de tantas iniquidades como las que han desangrado al país podía salir un pedazo de inmejorable poesía?