Más de las nubes o el engaño de las especialidades

-Artículo publicado por primera vez en diciembre de 2007-

Secol superbo e sciocco
Giacomo Leopardi

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Hace unos días, en un prestigioso periódico, se publicó un artículo bajo el título de “¿qué es ser culto hoy?” La semana pasada, además, escribimos aquella metáfora de las nubes y la exhibición de erudición. La pregunta que constituye el título del artículo del periódico entraña ya, toda ella, el problema de las nubes.

Preguntar qué es ser culto hoy presupone que hay diferencias entre ser culto hoy y ser culto ayer. Y lo primero que habría que hacer es indagar esas diferencias, para ver si son ciertas. Entonces mejor postularlo desde el principio: ser culto hoy es exactamente lo mismo que ha sido siempre ser culto, con una pequeña y enorme salvedad. Esa salvedad es la noción de cultura que hoy se sostiene (y que es la que lleva a preguntarse, por ejemplo, qué es ser culto hoy.)

Ocurre que todos se creen cultos por ser capaces de leer (o, mejor dicho, de pasar la vista por los centones y creer que entienden) y escribir (o, mejor dicho, firmar documentos financieros.) En realidad ni leyeron ni escribieron nunca, pero sienten que no son analfabetos. Ser culto hoy es lo mismo que siempre; lo que sí cambió hoy es qué es ser analfabeto. ¡La ramplonería! ¡La ramplonería!

El artículo del periódico es el reflejo fiel del relativismo en el cual estamos sumergidos. Hoy se tolera que todo fuera cultura por la difusión del concepto antropológico de cultura (que consiste en el hecho de que toda producción humana es producción cultural), pero a la vez se pone, sobre ese concepto antropológico, el valor del concepto clásico de cultura (como la máxima expresión del alma humana.) Una confusión problemática.

El problema está, sobre todo, en el gris del medio, en la zona del hombre mediocre. Se han achatado los extremos. Y contribuye al problema el engaño de las especialidades.

En el artículo se citan las palabras de algunos profesionales de distintas disciplinas, y, lo lograran o no, cada cual trata de dar cuenta del problema que implica el concepto de cultura. El artículo, entonces, está construido bajo las dos premisas erróneas que nos mueven en estas líneas: 1) considerar que ser culto hoy es distinto a lo que fue en otro tiempo, y 2) el engaño de las especialidades. Quien construyó el artículo pensó, antes de cualquiera investigación que lo demostrara, que hoy hay una nueva forma de ser culto y que la cultura está fragmentada en especialidades. Y eso es lo primero que se les ocurre a todos: que ahora no se puede ser conocedor de todas las ramas del saber, porque los conocimientos se han especializado demasiado.  Entonces se sostiene lo siguiente: no se pueden abarcar todas las ramas del saber, por lo tanto ser culto hoy es distinto a lo que fue en alguna otra época.

Respondamos en seguida: ¡mentiras de los ramplones! Meras justificaciones.

El problema es que las nubes se contentan con eso que llaman especializaciones, y confunden entonces la especialización con la cultura, pero ser especialista no es ser culto, y esa es la primera distinción que debería hacerse. Los hombres cultos lo han dicho siempre. Al azar se me ocurren, mientras escribo, los nombres de dos que supieron sostenerlo: Unamuno y el uruguayo Carlos Vaz Ferreira. Hay más y quien leyera estas líneas puede agregar a quien quisiera.

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Uno de los problemas está, entonces, en que se han achatado los extremos. Ello implica que los analfabetos actuales (los analfabetos alfabetizados que desconocen su analfabetismo), meros exhibicionistas de su medio saber, no saben qué es la lectura y no han leído a los hombres cultos de todos los tiempos. Por eso ni siquiera se les ocurre separar la especialización de la cultura. El artículo tiende hacia la confusión entre cultura y especialización y esa confusión tiene que ver con la mediocrización de la cultura. Hay cada vez menos hombres verdaderamente cultos y cada vez menos analfabetos totales. En el medio la peste que se extiende y todo lo abarca.

Erudición de la peor calaña, es decir, erudición exhibicionista: eso es lo que hay en el medio. Y esa erudición es generalmente pereza mental, es atragantamiento con el conocimiento mal digerido. El hombre que confunde la especialización con la cultura es el hombre atragantado.

Y el hombre atragantado intenta hacer departamentos de cultura, intenta seccionar la cultura para ver si puede digerirla un poco mejor. Sostiene, entonces, que la cultura hoy es una cultura en secciones, que un químico es culto en química (y no puede ni debe saber nada más), que un escritor es culto en literatura, un sociólogo en sociología y así ad infinitum. Así con todas las profesiones y disciplinas y artes y técnicas y lo que fuera. Hoy el hombre culto no existe porque no puede ser especialista en todo y la cultura es especialidad. Terrible embeleco.

El engaño se relaciona ciertamente con la epidemia de exhibición que sí es una característica cada vez más actual. Y la seudo cultura es una de las caras de esa epidemia. Las nubes tienen la necesidad (rayana con la patología) de exhibir lo íntimo en lo público. Ello es notable en las páginas de las bitácoras; en los álbumes de fotografías en línea; en las filmaciones que todo el tiempo aparecen en las páginas virtuales dedicadas a fomentar videos y, por supuesto, también en la televisión. Y se trata de una exhibición general. No sólo de la sexualidad, sino de la violencia, la agresión, la perversión o lo que fuera.

Todo deriva en otro engaño: suponer que es una obligación ser culto. Y, en general, el hombre que intenta mostrarse culto sin serlo es un hombre que demuestra rápidamente su incultura y consigue así el efecto contrario al que busca. No hay nada peor que escuchar a alguien que sólo quiere exhibir lo que sabe y no disfruta ni una línea de lo que repite. Antes que eso es mucho mejor la ignorancia lisa y llana y el saludable silencio.

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Un ejemplo.

Algunos de los hombres del medio, esos que se creen cultos, ante el artículo del periódico, dejaban sus comentarios en la página virtual. Porque cuando se achatan los extremos todos hablan sin parar.

Ahorremos los detalles, pero digamos que se entabló un diálogo que, mirado con atención y cuidado, es capaz de mostrar la esencia del exhibicionismo cultural. Y allí está la esencia de las nubes. Cuando el exhibicionista intenta demostrar su enorme cultura, nunca espera encontrar frente a sí a un hombre culto, quizá porque no imagina la posibilidad de su existencia. El razonamiento es simple: no quedan hombres cultos porque nadie puede abarcar todos los departamentos del saber especializado. Allí está el artículo como ejemplo primero.

Demostrar cultura. ¿Para qué? ¿Para quién? Cada vez que un hombre intenta demostrar cultura demuestra solamente que la cultura le importa un bledo y sólo le importa el verbo: demostrar. Y así lo único que demuestran es ese refrito de conocimientos mal digeridos y regurgitados con gran orgullo.

¡Ah, la ramplonería!

¿Qué es ser culto hoy?, preguntan. Lo mismo que ayer. Pero hay por lo menos una diferencia. Por casualidad estaba hojeando el libro de José Ingenieros titulado El hombre mediocre. Me detuve entonces en un tramo que dice lo siguiente: «en el verdadero hombre mediocre la cabeza es un simple adorno del cuerpo. Si nos oye decir que sirve para pensar, cree que estamos locos.» Agreguemos que, en otras épocas, le servía al menos para llevar sombrero. Hoy no nos queda ni eso.

Más de las nubes.

Después de leer el artículo y los comentarios sentí cierto sofocamiento. Fui, entonces, a buscar el volumen de Lugones titulado Filosofícula. Hay allí un poema escrito bajo el título de “La cordura.” Como una de las fuentes de la multiplicación de las nubes es la mediocridad elevada hasta el lugar de un ideal, ese poema de Lugones es una buena bocanada de aire fresco.

Si quieres ser gigante,
sé hombre. Toma ejemplo de la gota
de rocío, que espeja el firmamento
en su cristalina forma.
El firmamento está en ella,
y ella es igual al firmamento ahora.
Haz como ella: llénate de cielo
y sigue siendo gota.

Las nubes deberían seguir ese consejo. Ellas son gotas que en lugar de espejar el firmamento lo enturbian. ¡Conviértanse las nubes en gotas de rocío!

Aqueos en colaboración con S.A.D.

El artículo que mencionamos es el siguiente: ¿Qué es ser culto hoy?

La esperanza en los genes

Hay noticias que ya no asombran porque se repiten todos los días. Sin embargo no deben tomarse a la ligera.
Actualmente -en realidad desde hace ya muchos años, pero ahora quizá con más fuerza que antes- se asiste a un movimiento de busca de respuestas en los genes. Todas las esperanzas del porvenir del hombre se hallan puestas en el código y su desciframiento, en entender qué se esconde en el engranaje genético y claro, en las posibilidades de modificar ese código esquivo, para alcanzar ya sea la perfección, la felicidad, la inmortalidad, en todo caso los ideales de los que buscan en el laberinto del código.
¿A qué llevará todo eso? Tal vez a Un mundo feliz, tal como lo imaginaba Aldous Huxley. En el punto en el que estamos es difícil no pensar en ello.
Algunos psicoanalistas se han pronunciado al respecto. Por ejemplo Jacques-Alain Miller en El futuro del Mycoplasma Laboratorium. Lo que señala allí es importante, pues habla de una posición ética frente a todo lo que vendrá y frente a todo lo que está ocurriendo.
En estos días, en un periódico español se ha publicado la siguiente noticia: “El genetista James Watson afirma que la inteligencia no es igual en todas las razas” (El título de la nota periodística fue modificado. Originalmente rezaba: “El genetista James Watson afirma que los blancos son más inteligentes que los negros.”)
El conocimiento acerca de los genes aparentemente no traerá liberación, sino suplicio. Seguramente todo seguirá mal pero, ¿cuándo las cosas han ido bien con el hombre?
Podríamos ser optimistas, en el sentido original de ese término, y aquí yo deseo serlo. Creo que el sujeto prevalecerá. Es inevitable, tal vez incluso ocurra como lo describen en las reiterativas películas que cada año se producen, sobre todo en la actual capital de la industria cinematográfica. En ellas se habla siempre del futuro del hombre y hay en esos mundos imaginados máquinas que son casi humanas o que, por lo menos, intentan serlo. Y entonces esas máquinas hablan y piensan y hasta sienten… y ellas devienen los sujetos en un mundo de hombres que son meros consumidores (con suerte.) Pero es sólo un sueño porque a las máquinas les faltará siempre algo: la sexualidad.
Y es justo lo que hace vanas las esperanzas de los que buscan poder alcanzar sus ideales a través del código. La relación-proporción sexual no puede ser inscrita, y por tanto no está oculta en ningún código genético esperando ser descifrada. Es la intrusa en el cuerpo y viene de otro lugar, no de la biología. Y basta sólo saber eso para tener otra esperanza: que el sujeto se imponga.
Tal vez la esperanza en los genes sea, como en aquel relato de Villiers de L’Isle Adam, sólo una tortura para los genetistas y los biólogos, y también para todos los hombres. Claro que ellos, como hombres de ciencia, no llegarán nunca a saberlo. Es la poesía la que lo sabe. El secreto está en el lenguaje.
Unas líneas de Borges ilustran a los que sueñan con descifrar y reconstruir a través de sus ideales.

Y mientras cree tocar enardecido
el oro aquel que matará la Muerte,
Dios, que sabe de alquimia, lo convierte
en polvo, en nadie, en nada y en olvido. [1]

Figuras de la tumba de N. Flamel

Ver fuente de la imagen

[1]Jorge Luis Borges (1958): ”El Alquimista, El otro, el mismo, en Obras Completas, Tomo II, Barcelona, Emecé, 1996.

Laureles por dinero

 ¿Qué se quiere decir cuando se habla de éxito en literatura o en poesía? Es fácil encontrar la respuesta que nos ofrecen los medios, y, si la dejamos, esa respuesta nos aplasta. En alguno de sus artículos Octavio Paz señaló que la palabra éxito se usa para los negocios y para los deportes: nada tiene que ver con la literatura y mucho menos con la poesía. Pero suele olvidarse. Cuando se habla de éxito en literatura o en poesía ya se deslizó el error. El éxito es editorial, porque es un éxito en el negocio, no en el arte. La proliferación de la publicidad que obtienen determinadas obras nos indica sólo que éstas cargan los laureles de la victoria editorial, no los de la gloria por el mérito artístico. A veces coinciden, pero eso es azaroso y no hay que dejarse engañar.

En estos extraños días se han publicado muchos artículos que se relacionan con los éxitos editoriales y finalmente con la creación de un programa informático que pretende sustituir a los escritores. Los artículos se relacionan con el mismo fenómeno, y, cada uno en su rasgo y particularidad, es una pequeña muestra de todo el problema.

La mayor parte de las editoriales necesitan vender, ese fue siempre su objetivo pero lo es sobre todo hoy. Han ingresado en la lógica del mercado y, como una empresa cualquiera, deben sólo ganar dinero. Entonces surgen todo tipo de artilugios y técnicas para ofrecer un producto que le agradara al consumidor. En la frase está ilustrado el problema. No hay lectores sino consumidores, no hay obras sino productos que deben instalarse en un mercado.

Es que, desde hace un tiempo, se ha vuelto extremo el temor al riesgo, y se pretende reducirlo hasta casi hacerlo desaparecer. Los hombres de negocios no quieren arriesgar su dinero en un proyecto cuyo éxito no estuviera garantizado de antemano. Y las editoriales, por supuesto, se incluyen en esa tendencia. Hacen estudios del mercado, de los compradores potenciales, de los intereses, edades, niveles de adquisición económicos, costumbres, y hasta estudian la posibilidad de vender dos productos en forma combinada, por ejemplo un libro junto con un par de sandalias para caminar por la playa… Y en ese intento por controlar el riesgo se ha llegado al punto de intentar controlar al escritor, que es una de las fuentes primarias de riesgo para los editores.

De esa forma llegamos al artilugio que ha surgido en estos días. Se trata de un programa informático que escribe novelas en tres días, y las corrige en otros tres, sin necesidad de tener que lidiar el editor con un escritor que a veces se paraliza, que no puede entregar la obra en los plazos convenidos, que no está conforme con los resultados de su escritura y que osa querer cobrar su paga. La última afirmación no es un invento: brotó de los labios de un editor orgulloso y satisfecho:

«El editor está feliz: entre las ventajas de PC Writer 2008, anotó que podría prescindir de los escritores, con sus faltas de inspiración, sus retrasos y sus elevados salarios, en los casos más famosos.»

¿Pero habrá éxito en la obra así construida? Quizá. Éxito puede haber. El lector-máquina, ese nuevo tipo de lector no-lector que comienza a proliferar será quizá el primero en comprar las novelas del escritor-máquina. Y si hay ventas hay también éxito. ¿Pero se trata acaso de una obra?

He aquí que inevitablemente se incluye el problema del arte y la creación y el espíritu poético. Porque basta saber escribir las letras del alfabeto y algunas palabras para escribir un mensaje, una nota, pero no alcanza para escribir verdaderamente una obra de arte. (Un detalle que no debe pasar desapercibido: el programa escribe novelas y allí está Oscar Wilde recordándonos que novelas en tres tomos puede escribirlas cualquiera, basta para ello sólo desconocer el arte y la vida.)

Octavio Paz, en su artículo titulado “Visita a Robert Frost” señaló que la vida es semejante a la poesía. Cuando se escribe una poesía hay en cada línea una tensión y un riesgo, porque el poeta debe estar a la altura en la línea siguiente y no sabe si lo logrará. Es un salto al vacío, y lo más importante, hay quien elige y se hace responsable por ello. El artista se arriesga. De la misma manera, los que rechazan el riesgo en los negocios también rechazan la poesía. No les queda otra salida.

Bien sabemos que cualquier hombre alfabetizado puede escribir, pero esa capacidad no lo convierte en escritor. Es semejante a lo que ocurre con la lectura. La lectura no se reduce al mero acto de pasar los ojos sobre los caracteres inscritos en una página en blanco. Escribir no se reduce a trazar garabatos que otros pudieran comprender. Pero hay en la actualidad toda una tendencia que intenta negar esa evidencia. De allí el escritor-máquina que escribirá sólo para lectores-máquina.

El programa de escritura que han inventado, escribirá, y escribirá mucho. Pero no contará con la verdadera calidad artística que ofrece el poeta, aunque podrá haber un remedo automático de ella. Pero faltará aquello que se refleja en toda obra verdadera: en lo escrito irrumpe algo más, el efecto poético es siempre inesperado y nunca automático.

A la máquina le faltará la carne, y el efecto poético se siente también en la carne y es allí que resuena. El editor orgulloso y satisfecho, en su mezquino deseo por ahorrar un poco de dinero, pagará, sin saberlo, un precio mucho más alto. Y lo hará aunque vivimos en un mundo en el que todo se vende, y en el que la calidad artística ya no interesa, en un mundo de lectores-máquina-consumidores.

Regresaré a mi biblioteca y en ella me detendré a contemplar lo que el tiempo nos ha legado. Todavía hay verdaderos editores y de vez en cuando echan a correr las obras completas de los clásicos. Bienaventurados aquellos que aún aprecian el arte.

De todas formas no hay que agitarse demasiado: la poesía será siempre de los poetas.

Es difícil fabricar éxitos en el mundo de la edición

El primer novelista digital

Sorpresa

Los premios, la verdad, nunca me han interesado.

En realidad no creo que una obra premiada fuera mejor que otra o que ella misma antes de haber recibido el premio; sostengo que hay juicios que deben hacerse en primera persona y no dejárselos a otros.
El público en general se deja llevar por los premios, y los premios guían los juicios de su lectura (el mismo libro que los hubiera aburrido si no recibía el premio se convierte en un festín para ellos -o al menos eso afirman, porque está mal visto aburrirse con un libro premiado.) Además, esos premios se han convertido sólo en un impulso editorial de mercachifles. Hay un ganador y de repente los escaparates de las librerías se llenan con su obra. Antes, por supuesto, ni siquiera existía. Las nuevas publicaciones llevan la leyenda impresa en la tapa “ganador de…”

Hasta que llegó la sorpresa.

La sorpresa fue escuchar el discurso que la ausente Doris Lessing pronunció por boca de su editor, en las lustrosas salas de la entrega del premio Nobel.

Al escuchar las palabras de su discurso me llegó el asombro. Pues esta ganadora habló de lo que hay que hablar. Habló de la falta de lectura, de la sed de lectura y del hambre. Señaló la diferencia entre los mundos faltos de bienes y de aquellos que están superpoblados de ellos. Y cómo nadie hace nada sobre eso. (Agitó el avispero y salieron las avispas enardecidas y quejándose -basta ver lo que se dice acerca de ese discurso en general.)

No puedo menos que festejar su obra al saber que es una mujer cuyo pensamiento parece extraordinario pese al premio.

Artículo periodístico con respecto al discurso de Doris Lessing:

“La cultura se está fragmentando”