Psicoanálisis puro y psicoanálisis aplicado: una grieta política

Et sane arduum debet esse, quod adeo raro reperitur.[1]


En esta página no importa tanto de dónde surge la dicotomía psicoanálisis puro-psicoanálisis aplicado. Importa más bien hacia dónde puede llegar a ir. El problema es el que ya señalara Miller: «lo que hace falta es que el psicoanálisis aplicado a la terapia siga siendo psicoanálisis y que se preocupara por su identidad psicoanalítica.»


Una de las actividades mejores para extraer una enseñanza es el comentario de textos (que no es una simple lectura a la letra, confundir ambas cosas implica olvidar aquello de Quignard de que «la traducción infiel es palabra por palabra infiel.») Esa actividad se puede ejercer incluso sobre textos imaginarios, inventando problemas. El comentario es siempre, de todas formas, una manera de plantearse problemas, de inventar, a través de la repetición, algo nuevo. Eso sin olvidar, como señala Miller, que el texto tiene, sin embargo, una estructura única, y que debemos entonces tener como meta que hay una sola lectura buena.

Se puede comenzar imaginando, por lo tanto, dos definiciones radicales. La primera rezaría lo siguiente: todo psicoanálisis es psicoanálisis puro. La segunda es, al parecer, enteramente opuesta: todo psicoanálisis es psicoanálisis aplicado. Trabajar sobre la aparente contradicción puede ser fructífero, sobre todo para echar luz sobre la grieta política que se abre a partir de la dicotomía.

Entonces, a partir de esas dos sentencias aparentemente contradictorias, se puede seguir un camino breve pero orientado (que es lo que más importa) y buscar en él algunas proposiciones no menos radicales que se desprenderían de las otras. El punto de partida es considerar que la contradicción es enteramente aparente y que ambas sentencias son correctas al mismo tiempo. Las proposiciones que se desprenden a partir de ellas son múltiples. Aquí subrayaremos cuatro.

Primera proposición: no es lo mismo tratar la actualidad por el psicoanálisis que el psicoanálisis por la actualidad.

Parece perogrullada, y, sin embargo, es fácil el deslizamiento de un lado al otro de la proposición. La actualidad entra en el consultorio porque el consultorio está ubicado en un tiempo y en un espacio. Por eso el psicoanálisis es siempre psicoanálisis aplicado y no es nunca una torre de marfil (temor que a muchos los hace considerar con desconfianza al psicoanálisis puro), pero es psicoanálisis con la condición de tener como horizonte el psicoanálisis puro. Esto quiere decir que lo que más importa no es el adjetivo, sino el sustantivo. Dejar que nos condujeran los ideales terapéuticos actuales subrayando los adjetivos implica generar una grieta dentro del psicoanálisis. Generar una grieta y perder de vista la identidad del psicoanálisis. Ello implica responder a la demanda social resignando lo que hace psicoanálisis al psicoanálisis.

(A las dos opciones mencionadas aquí se le agrega una tercera, delirante, que es la de Cottraux, uno de los coautores del Libro negro: se trata de echarle la culpa al psicoanálisis por la actualidad -dice, por ejemplo, que la decadencia del Estado es culpa del psicoanálisis. Esta tercera opción vale la pena considerarla sólo como witz.)

Segunda proposición: en el abuso de la dicotomía está escondida la voluntad de hacer del psicoanálisis una técnica (o la imposibilidad de soportar que no lo fuera.)

La dicotomía entre psicoanálisis puro y psicoanálisis aplicado es un problema porque genera una grieta en la cual se introduce con facilidad, para guarecerse en ella, el temor al enigma del sujeto que se despliega en la opacidad de un síntoma. Se trata de una grieta dentro del mismo psicoanálisis y por la cual se cuelan con facilidad los ideales de eficacia en breve lapso, funcionalidad, etcétera; ideales que configuran una posición política que va en detrimento del sujeto y a favor de los estándares ortopédicos con los cuales sostener consumidores funcionales. Es fácil aprovechar la distinción entre psicoanálisis puro y psicoanálisis aplicado para, sencillamente, borrar la dimensión del psicoanálisis mismo. Se trata de una grieta por la cual se introduce en el psicoanálisis, silenciosamente, otra lógica que no es la del psicoanálisis y que aborrece su ironía, su escepticismo, su irreverencia; esas características antimodernas que Miller subrayó en el anti-libro negro.

Tercera proposición: hay falsos problemas que se desprenden de una falta ética.

Una falta ética es, por ejemplo, descargar sobre las características de la actualidad algo que depende de la característica del objeto con el cual trabaja el psicoanálisis y que es el que lo orienta. Ese algo que le hacía a Lacan preservar la dimensión de la insatisfacción en sus formulaciones teóricas y eso que mencionó al final de su vida y que se entendió tan mal muchas veces: la idea del psicoanálisis como impostura. Lo real huye, tiene su consistencia propia, tiene su resistencia propia. Hoy y siempre. Más allá de las características particulares de la actualidad, más allá de las formas cambiantes de las presentaciones clínicas, no hay que olvidar eso otro, que le da su carácter específico a la profesión imposible del psicoanálisis.

El psicoanálisis es una experiencia y también un acto. Hay una pregunta que se repite de tanto en tanto: ¿el psicoanálisis lee un sujeto ya escrito o escribe un nuevo sujeto? Es acto, sobre todo, porque escribe un nuevo sujeto, y si no lo escribiera no sería psicoanálisis.

Esa escritura no es fácil, porque implica sostener todo el tiempo al sujeto. Esa escritura es tan difícil como la escritura verdadera de una página cualquiera. No es escritura el simple derroche de palabras: la escritura debe ser parida para ser verdadera escritura, pese a que la mayoría busca la salida fácil de la cesárea verbal. Esa salida fácil es coherente con los ideales terapéuticos actuales.

Cuarta proposición: convendría remplazar la dicotomía entre psicoanálisis puro y psicoanálisis aplicado por otra dicotomía que no pusiera en entredicho la identidad del psicoanálisis. Una dicotomía aceptable parece ser la que distingue los efectos terapéuticos y los efectos psicoanalíticos dentro de un psicoanálisis.

Esta cuarta proposición se trata de una proposición en el sentido de propuesta más que en el sentido de oración, enunciado o afirmación. Remplazar la dicotomía psicoanálisis puro-psicoanálisis aplicado por esta otra permite no perder de vista que ambos tipos de efectos ocurren siempre dentro de un psicoanálisis. Como se sabe, ambos tipos de efectos se relacionan de distintas maneras a lo largo de un psicoanálisis: no se pierde la identidad del mismo cuando se mantiene cierto equilibrio y no se sucumbe ante los ideales, cualesquiera que fueran, pero sobre todo los ideales terapéuticos, evaluables y mensurables de actualidad.

**


En uno de los dos artículos que publicara en L’anti livre noir de la psychanalyse, Clotilde Leguil-Badal se preguntaba de dónde surge la infatuación que generan en el público general las neurociencias que pretenden revelarnos todo sobre el ser humano. Una de las posibles respuestas tiene que ver ciertamente con la responsabilidad, y es la respuesta que explica aquello que en el mismo artículo llamó la paradoja de la época relacionada con el sujeto. Esa misma respuesta explica también la peligrosidad de la grieta política que genera la dicotomía entre psicoanálisis puro y psicoanálisis aplicado. En esa grieta pueden escudarse, dentro del psicoanálisis y silenciosamente, los mismos temores que generan la infatuación del gran público. No es fácil sostener al sujeto todo el tiempo, con su particularidad y sus enigmas. Más nos vale estar advertidos de las grietas y repetir el epígrafe de esta página, que constituye a su vez la última línea de la Ética de Spinoza.


[1] Y arduo debe ser lo que tan raramente se encuentra.


Sebastián Alejandro Digirónimo

Admitir un sujeto -psicoanálisis o caridad-

Al practicar psicoanálisis en una institución es indispensable examinar lo institucional y su relación –o la ausencia de relación– con la clínica y la teoría psicoanalítica, y a su vez poder delimitar, si es posible, efectos psicoanalíticos en la institución.

Se creería que las entrevistas de admisión institucional difieren radicalmente de aquellas entrevistas que se llevan a cabo con un paciente en la práctica privada. He aquí algunos axiomas para considerar si hay diferencias entre ambas y cuáles podrían ser las consecuencias de ello.

    • Primer axioma: si hay psicoanalista, hay admisión de un sujeto.

      Las entrevistas preliminares son un ejercicio necesario de puesta en forma de la demanda de un sujeto para avalar –o no– el comienzo de un análisis. Toda entrevista, entonces, es una entrevista de admisión, y en ellas no sólo se aspira admitir un sujeto en un análisis sino –y sobre todo– se aspira la admisión de un sujeto del inconsciente por parte del paciente.

      El paciente se dirige a la institución con una demanda. Salvo casos excepcionales, no es una demanda de análisis, y por ello es necesario que se encontrara con un psicoanalista. Un psicoanalista no deja de advertir que la institución funciona como un velo entre él y quien consulta, y no responde a la demanda, abriendo así las puertas de otro lugar.

      Una entrevista de admisión en una institución implica el desafío de encontrar un sujeto en aquel que consulta y que solicita que alguien más –en este caso el entrevistador­­­– lo autorice en su demanda; implica, para el paciente, la oportunidad de encontrarse con el psicoanálisis y, para el entrevistador, de dar cuenta de la práctica psicoanalítica. La institución, entre ambos, es un velo acerca del cual es necesario estar advertidos.

      El psicoanalista, en la admisión, sabiendo que no será él quien tomará en análisis al sujeto, debe trabajar en un límite: aquel que ofrece la oportunidad para instalar una resignificación, una pregunta, un hueco, y la puerta que abre el espacio que le corresponderá a quien fuera el futuro psicoanalista del paciente. Bordeando ese límite no señalado se instala una práctica, que, sin embargo, siempre tiene como meta buscar y encontrar al sujeto.

      No responder a la demanda es un desafío constante: no basta declarar que no se responde a la demanda para no responderla. El psicoanálisis es un discurso que se sostiene en un acto.

        • Segundo axioma: El psicoanalista sólo puede sostener su acto dentro de la ética del psicoanálisis.

          La premisa que dirige cada entrevista es fundar una base para la transferencia con el psicoanálisis. Se busca la admisión del sujeto. Es importante mantener la ambigüedad del término: no se trata de la admisión de un paciente a la institución. La admisión es otra cosa, mucho más profunda que eso.

          La dicotomía psicoanálisis puro y psicoanálisis aplicado se presenta, pues, como falsa y es una puerta de entrada al retroceso ante el deseo del analista. Todo psicoanálisis es puro –aunque se pudiera sostener con fuerza que todo psicoanálisis es aplicado–, se sabe que los efectos terapéuticos son un resultado añadido. El mero acto de hablar constituye ya un alivio. Si sólo se buscara alojar el sufrimiento y calmarlo, no habría lugar para el psicoanálisis; la práctica no se distinguiría de la sugestión y el psicoanálisis no se distinguiría de la psicoterapia. Si se respondiera a la demanda, no habría psicoanálisis posible. En el marco de la institución es todavía más importante estar todo el tiempo advertidos de ello, porque el velo de la institución puede hacer perder el horizonte al cual debería apuntarse. Se sabe que el psicoanálisis no recorre el camino del “para todos”, sino el camino de “para cada uno.” El solo hecho de autorizar al sujeto en su desviación deseante constitucional implica otorgar calma con respecto al sufrimiento, pero la meta es otra. Esa otra meta implica una responsabilidad mayor. El psicoanálisis es mucho más responsable que la terapia y, por supuesto, que la caridad.

          La ética del psicoanalista sostiene la práctica. El psicoanalista no avala cualquier demanda, se abstiene de saber el bien del sujeto. El psicoanálisis es una práctica solitaria. El psicoanalista está solo. Únicamente el deseo del analista funda la práctica y le otorga un lugar a lo singular de cada sujeto.

          Miller señala lo siguiente: “¡qué frágil es el psicoanálisis, qué delgado, qué amenazado está siempre! No se mantiene, no se sostiene más que por el  deseo del analista  de hacer su lugar a lo singular, a lo singular del Uno. El deseo del analista se pone del lado del Uno, en relación con el “todos.” El “todos” tiene sus derechos, sin duda, y los agentes del discurso del amo se pavonean hablando en nombre del derecho de todos. El psicoanálisis tiene una voz temblorosa, una voz muy pequeña para hacer valer el derecho a la singularidad.” En el marco de una institución esa fragilidad se acentúa por el velo que la institución implica. El psicoanalista debe estar más advertido que nunca de lo que implica el psicoanálisis. Todo el tiempo.

          Es claro que la institución funciona como un punto de referencia, como el centro del laberinto. La institución es un medio para trabajar por el psicoanálisis, y la forma de recibir a cada sujeto da cuenta de ello. Pero este saber queda del lado del psicoanalista. Es él quien, con su práctica, hace existir al psicoanálisis, y por ello su carga es distinta. Ante cada sujeto que consulta, es el psicoanalista el que debe dar el paso ético y no retroceder ante él.

            • Tercer axioma: psicoanálisis o caridad

              La elección es precisa y tajante, como la elección entre dos mundos que se excluyen mutuamente. O psicoanálisis o caridad. No hay medias tintas. Se sabe que no se puede servir a dos amos al mismo tiempo. No hay soluciones de compromiso. Y si las hay tienen un nombre: síntomas. Y cuando no se hace la elección de forma precisa y tajante aparecen los síntomas, también en la institución. La clave está en no retroceder.

              Ma. de las M. B. Ávila

              Artículo presentado en las Jornadas Anuales de Acción Lacaniana (Institución psicoanalítica.)

              El concepto de Forclusión

              El concepto de Forclusión

              1. El movimiento de la traducción

              El concepto de Forclusión es, como se sabe, una creación y una elaboración teórica de Lacan, que designa el mecanismo por el cual un sujeto rechaza un significante privilegiado ­-el del Nombre del Padre- que no se inscribe, y cuya regulación del goce por medio de lo simbólico, por tanto, se ve afectada. La estructuración del sujeto con respecto a lo simbólico será entonces bajo la forma de la psicosis.

              Lacan arribó a la Forclusión de la mano del concepto freudiano de Verwerfung, pero tuvo que reducir las acepciones que Freud le hubo dado y localizar la función del mecanismo. Ambos conceptos no son equivalentes como se podría suponer.

              La palabra alemana Verwerfung tiene muchos sentidos: rechazo, recusación, condenación, reprobación. El sentido principal que se repite entre los sinónimos es aquel que señala un rechazo llevado hasta sus últimas consecuencias. La traducción al castellano que más se relaciona con lo que Freud quiso decir es aquella que la designa como recusación. Se trata de un término legal. La recusación es un derecho que se ejerce dentro del ámbito jurídico, que implica la posibilidad de rechazar -con justificación- a una de las partes en su función, o de rechazar pruebas. Por ejemplo, recusar a un juez es solicitar que no interviniera en el conflicto en el que ya ha sido designado, si la recusación tiene lugar, el funcionario debe abandonar su función.

              El término francés de Forclusión, en cambio, es propio del ámbito jurídico, no tiene otras acepciones. Designa un principio de la legislación procesal, que entraña un momento oportuno de presentación -y de prescripción- de derechos y facultades. Si se hiciera un reclamo fuera de tiempo, por ejemplo, los derechos y facultades que dicho reclamo representaría ya no son válidos, caducan. Es decir que hay un momento determinado para ejercer los derechos, luego del cual, ellos caducan.

              En castellano existe un término que es la traducción directa de la forclusión francesa, y es la preclusión. La preclusión se refiere a los actos procesales: para que éstos fueran eficaces deben realizarse en el momento procesal correspondiente, careciendo de validez en cualquier otro caso. Dentro del psicoanálisis el término forclusión ha sido importado desde el francés y se ha conservado en general sin traducirlo.

              A Lacan no le interesaba la Verwerfung de Freud por el sentido de la palabra, sin embargo, se puede extraer alguna enseñanza de la traducción que propone Lacan en su movimiento que va de la Verwerfung a la Forclusión. Conocer el camino de la recusación a la preclusión puede ayudar a desentrañar, en la enseñanza de Lacan, el camino que lo llevó de la Verwerfung a la Forclusión. Un camino que se cierra cuando se considera (muchos lo hacen y el ejemplo que sigue ocurrió realmente) que las traducciones castellanas de los Escritos son erróneas “porque aparece el término preclusión donde debería decir forclusión, que en castellano también existe.” No existía antes de Lacan y no existe tampoco ahora más que como término técnico, tanto como existe Verwerfung.

              ¿Cuál es el cambio que subraya Lacan cuando introduce la Forclusión como traducción de la Verwerfung? He allí una pregunta que vale la pena explorar.

              2. Freud y la Verwerfung

              El término Verwerfung, que Lacan toma para comenzar su trabajo, es esquivo dentro de la obra de Freud. Se lo encuentra en pocas oportunidades, y el uso que hace de él el fundador del psicoanálisis es amplio. En los comienzos de sus escritos psicoanalíticos la Verwerfung es un modo defensivo que puede distinguirse claramente de lo que es una represión.

              En “Las neuropsicosis de defensa”, del año 1894, Freud escribió lo siguiente:

              «Ahora bien, existe una modalidad defensiva mucho más enérgica y exitosa, que consiste en que el yo desestima {verwerfen} la representación insoportable junto con su afecto y se comporta como si la representación nunca hubiera comparecido»

              Aquí Freud señala que este modo defensivo se caracteriza por el hecho de que tanto afecto como representación son desalojados por el yo, a diferencia de lo que ocurre con la represión, en la que sólo la representación es desalojada de la conciencia, mientras que el afecto es desviado y no desaparece. Freud menciona como ejemplo el caso de una joven cuyo yo «se ha defendido de la representación insoportable mediante el refugio en la psicosis.» La representación se entrama de tal forma con la realidad objetiva, que ésta también sufre los efectos de la Verwerfung, y se desprende. Muchos años más tarde Freud retomará este problema en La pérdida de realidad en la neurosis y la psicosis.”

              Este primer sentido que puede atribuírsele al término, cambiará luego según el contexto. La Verwerfung será algunas veces algo semejante a una represión, otras un rechazo, pero lo que se podría definir como propio de ella es que no es específica de ninguna estructura -aunque en el fragmento antes citado parecería propia de las psicosis.

              Es preciso recordar que para Freud el mecanismo principal de las neurosis y las psicosis es la represión.

              La diferencia entre las neurosis y las psicosis radica, entonces, en el punto en el que se produce la represión y la formación de síntoma que le continúa como respuesta. En sus Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (Dementia Paranoides) descrito autobiográficamente, Freud busca la explicación de los fenómenos y síntomas que presenta Schreber, y lo hace indagando en el mecanismo de la represión, junto a la fijación y la regresión. Jamás en ese libro se menciona la Verwerfung.

              Otro momento en el que podemos hallar el concepto de Verwerfung es en el caso del «Hombre de los Lobos», escrito en 1914 y publicado en 1918; pero también allí el uso que Freud pretende darle es un tanto ambiguo.

              Freud se refiere al conocimiento de la castración y a la teoría de la cloaca que sostenía el paciente, ambas coexistentes. En la página 74 aparece esto:

              «Era por cierto una contradicción que a partir de ese momento una angustia de castración pudiera subsistir junto a la identificación con la mujer por medio del intestino, pero era sólo una contradicción lógica, lo cual no significa mucho. El proceso entero se torna así más bien característico del modo en que trabaja el inconciente. Una represión (Verdrängung) es algo diverso de una desestimación (Verwerfung.)»

              No se llega a comprender del todo si Freud sólo se refiere a una distinción de la represión, o si se refiere a que en este paciente en particular la castración cayó bajo la Verwerfung.

              Este es el ejemplo sobre el que Lacan trabajará para comenzar a indagar la relación entre la Verwerfung y la presencia de ciertos fenómenos alucinatorios.

              3. El primer desarrollo: la Verwerfung y la Bejahung

              A comienzos de la década de 1950, bajo la influencia del estructuralismo, de la mano de Levi-Strauss, de Saussure, y de Jakobson, y aprovechando la lectura de Hegel (sobre todo a través de Kojève), Lacan distingue en un primer momento de su enseñanza la primacía de lo simbólico sobre lo imaginario, y la inclusión del sujeto en el mundo del lenguaje, nadando entre significantes.

              Los primeros trabajos publicados relacionados con la Verwerfung son aquellos que se remontan al año 1954, en el transcurso del primero de los seminarios, dedicado a los escritos técnicos de Freud. Allí, Jean Hyppolite, invitado por Lacan, hace un comentario hablado acerca del artículo de Freud titulado “La negación.” En la lectura que ofrece el filósofo, y en el comentario que recibe por parte de Lacan, se comienza a esclarecer un concepto distinto de la negación, una negación que se opondría a la instauración de lo simbólico, a la Bejahung. Es allí que comienza a delimitarse el concepto de Verwerfung como un mecanismo anterior, y que a su vez presenta una relación con ciertos fenómenos alucinatorios. Lacan, para dar ejemplo de la Verwerfung, toma el caso del “Hombre de los Lobos” de Freud, y el caso del “Hombre de los Sesos Frescos”, de Ernst Kris.

              Pero este primer encuentro es ambiguo. La Verwerfung que Lacan comienza a delimitar es aquella que más adelante se descubrirá como necesaria para que se instaurara el acceso del sujeto al mundo simbólico.

              En su respuesta al comentario de Hyppolite, en la página 372 de los Escritos, se puede leer lo siguiente:

              «El proceso de que se trata aquí bajo el nombre de Verwerfung y que no ha sido, que yo sepa, objeto de una sola observación un poco consistente en la literatura analítica, se sitúa muy precisamente en uno de los tiempos que el señor Hyppolite acaba de desbrozar para ustedes en la dialéctica de la Verneinung: es exactamente lo que se opone a la Bejahung primaria y constituye como tal lo que es expulsado.»

              Lacan continúa:

              «Pero ¿qué sucede pues con lo que no es dejado ser en esa Bejahung? Freud nos lo ha dicho previamente, lo que es sujeto ha cercenado (verworfen) así, decíamos, de la abertura al ser, no volverá a encontrarse en su historia, si se designa con ese nombre el lugar donde lo reprimido viene a reaparecer. Porque, les ruego observar cuán impresionante es la fórmula por carecer de toda ambigüedad, el sujeto no querrá “saber nada de ello en el sentido de la represión.” Pues para que hubiese, efectivamente de conocer algo de ello en ese sentido, sería necesario que eso saliese de alguna manera a la luz de la simbolización primordial. Pero, una vez más, ¿qué sucede con ello? Lo que sucede con ello pueden ustedes verlo: lo que no ha llegado a la luz de lo simbólico aparece en lo real.

              Pues así es como hay que comprender la Einbeziehung ins Ich, la introducción en el sujeto, y la Ausstossung aus dem Ich, la expulsión fuera del sujeto. Es esta última la que constituye lo real en cuanto es el dominio de lo que subsiste fuera de la simbolización»

              Se puede observar en esa respuesta cómo hay claramente dos ideas acerca de la Verwerfung. Una como punto de estructuración del sujeto, pero otra como rechazo radical de la castración (con el caso del “Hombre de los Lobos” como ejemplo fundamental) que se relaciona con la presencia de ciertos fenómenos. Ambas acepciones de la Verwerfung se entremezclan.

              En el año 1956, la idea de la función de la Verwerfung comienza a ser modificada. Si leemos con cuidado el seminario dedicado a las psicosis, desde su primera clase hasta la última, hallamos el pasaje de la Verwerfung a la Forclusión.

              En el comienzo, Lacan sostiene lo que ya antes había descubierto: la Verwerfung como mecanismo que se relaciona con la alucinación, pero a la vez como oposición primera, expulsión de un primer cuerpo significante. En la página 216 se lee lo que sigue:

              «A propósito de la Verwerfung, Freud dice que el sujeto no quería saber nada de la castración, ni siquiera en el sentido de la represión. En efecto, en el sentido de la represión, todavía sabe uno algo sobre eso mismo sobre lo que nada quiere, de cierta manera, saber, y todo el análisis consiste en mostrar que uno lo sabe muy bien. Si hay cosas sobre las que el paciente nada quiere saber, incluso en el sentido de la represión, esto supone otro mecanismo. Y como la palabra Verwerfung aparece en conexión directa con esta frase y también algunas páginas antes, echo mano de ella. No me importa especialmente el término, me importa lo que quiere decir, y creo que Freud quiso decir eso.»

              Lacan lee y usa el concepto de Freud, claramente en el sentido de su retorno a Freud, es decir, de su retorno al espíritu de la obra de Freud. No deja nunca de leer a Freud, pero toma ese concepto vago e impreciso que es la Verwerfung y lo pule, lo despeja y le da otro valor. Como se pudo leer, él mismo señala que: “No me importa especialmente el término, sino lo que quiere decir.” En ese punto se puede ver cómo buscó un mecanismo específico para las psicosis, pero se ve también que, a la vez, tropezó con otra cuestión. En la página siguiente del seminario, Lacan plantea lo siguiente:

              «¿De que se trata cuando hablo de Verwerfung? Se trata del rechazo, de la expulsión, de un significante primordial a las tinieblas exteriores, significante que a partir de entonces faltará en ese nivel. Este es el mecanismo fundamental que supongo está en la base de la paranoia. Se trata de un proceso primordial de exclusión de un interior primitivo, que no es el interior del cuerpo, sino el interior de un primer cuerpo de significante.»

              Aquí anotamos: Verwerfung como mecanismo fundamental que se conjetura en la base de la paranoia, pero a la vez hay otro proceso, que se relaciona con un cuerpo significante.

              Sigamos leyendo la misma página:
              «Esta constitución de la realidad, tan esencial para la explicación de los mecanismos de repetición, se inscribe en base a una primera bipartición que curiosamente recubre ciertos mitos primitivos que evocan algo esencialmente tambaleante introducido en el acceso del sujeto a la realidad humana. Esto es supuesto por esa singular anterioridad que Freud da en la Verneinung a lo que explica analógicamente como juicio de atribución, en comparación con un juicio de existencia. Hay en la dialéctica de Freud una primera división de lo bueno y lo malo que sólo puede concebirse si la interpretamos como el rechazo de un significante primordial.»

              En esta cita podemos corroborar que aún persiste la primera confusión: hay un significante primordial que es rechazado. Pero aún ese significante no es distinguido del resto con un peso o un valor mayor. Hay también una fundación de lo simbólico.

              Es que Lacan está descubriendo -al seguir a Freud en su espíritu- que el humano al entrar al lenguaje pierde necesariamente algo, que se relaciona directamente con la consistencia de la cadena significante. Pero una vez dentro del lenguaje es necesario que se produzca una nueva operación: la inscripción de un significante privilegiado que garantizara el orden y la consistencia de la cadena. Si ese significante es rechazado, nos hallamos con la estructuración de las psicosis.

              La lectura del análisis que Freud hace de las memorias de Schreber, la lectura de las memorias del presidente, entre muchos otros artículos relacionados, le permiten a Lacan aislar un significante primordial que está ausente. Lo podemos leer en la página 361 del seminario: «en el caso del presidente Schreber sería la ausencia del significante masculino primordial.» Esta ausencia se relaciona directamente con la presencia de una serie de fenómenos propios de la psicosis, y con aquello que al no ser inscrito en lo simbólico aparece en lo real.

              Maleval, en su libro titulado La forclusión del Nombre del Padre, ilumina la situación. En la página 52 se lee lo siguiente:

              «Aunque Lacan no lo subrayó, preocupado como estaba por las convergencias más que por las divergencias, no se puede pasar sin algunas dificultades de la abolición simbólica mencionada en el artículo sobre la Verneinung a la que se deduce de los trastornos de Schreber. Así, quedan englobados bajo el concepto de Verwerfung dos procesos diferentes. En un polo se encuentra la Ausstossung, que designa un proceso primario de expulsión necesario para la estructuración del sujeto. En el otro, la abolición simbólica de Schreber, que funda un mecanismo patológico de naturaleza psicótica. La alucinación del dedo cortado es lo que parece permitir el establecimiento de un vínculo entre ambas»

              Maleval, en el mismo libro, señala que una vez despejada la confusión se verá como efecto inmediato que Lacan no volverá a mencionar al caso del “Hombre de los Lobos” para hablar de la Verwerfung.

              4. El segundo desarrollo: la forclusión del Nombre del Padre

              En la última clase del seminario dedicado a las psicosis Lacan llega a marcar su descubrimiento. En la página 456 se lee lo siguiente:

              «No retorno a la noción de Verwerfung de la que partí, y para la cual, luego de haberlo reflexionado bien, les propongo adoptar definitivamente esta traducción que creo la mejor: la forclusión.»

              La forclusión es un término que se relaciona directamente con la ley. Da cuenta de un tiempo dentro de un proceso para ejercer derechos y facultades, y hacer un reclamo, y que una vez vencido el plazo, es imposible revocarlo. Al elegir este término Lacan habla de un significante que se relaciona con una ley primordial, que si no se inscribe en el tiempo debido, no puede ser inscrita. En la página 559 de los Escritos, en “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de las psicosis”, se lee lo que sigue:

              «Para ir ahora al principio de la preclusión (Verwerfung) del Nombre del Padre, hay que admitir que el Nombre del Padre redobla en el lugar del Otro el significante mismo del ternario simbólico, en cuanto constituye la ley del significante»

              La Verwerfung era un mecanismo que se aplica a un significante privilegiado, la Forclusión será el rechazo del significante del Nombre del Padre. Una página antes había escrito así:

              «Para que la psicosis se desencadene, es necesario que el Nombre del Padre, verworfen, precluido, es decir sin haber llegado nunca al lugar del Otro, sea llamado allí en oposición simbólica al sujeto.

              Es la falta del Nombre del Padre en ese lugar la que, por el agujero que abre en el significado, inicia la cascada de los retoques del significante de donde procede el desastre creciente de lo imaginario, hasta que se alcance el nivel en que significante y significado se estabilizan en la metáfora delirante.»

              En los desarrollos posteriores a los años cincuenta, una vez establecida la Forclusión como mecanismo propio de las psicosis, las modificaciones recaerán sobre el concepto del significante del Nombre del Padre. Maleval, en la página 108 del mismo libro, dice lo siguiente:

              «En la definición del Nombre del Padre se han producido numerosas modificaciones. Inicialmente concebido como significante inserto en el Otro, garante de la existencia de un lugar de la verdad, luego se pluraliza y al mismo tiempo es correlacionado con una pérdida de goce. Luego, en los años setenta, se relaciona con una formalización que da cuenta del ordenamiento de la cadena significante, y que articula dicho orden con el cifrado del goce.»

              María de las Mercedes Beatriz Ávila

              Colaboración y revisión: Sebastián Alejandro Digirónimo

              Bibliografía

              Sigmund Freud

              • - (1894): “Las neuropsicosis de defensa”, en Obras completas, Tomo III, Buenos Aires, Amorrortu, 1996.
              • - (1911): Sobre un caso de paranoia descrito autobiográficamente, en Obras completas, Tomo XII, Buenos Aires, Amorrortu, 1996.
              • - (1918): De la historia de una neurosis infantil (el «Hombre de los Lobos»), en Obras completas, Tomo XVII, Buenos Aires, Amorrortu, 1996.
              • - (1924): “La pérdida de realidad en la neurosis y la psicosis”, en Obras completas, Tomo XIX, Buenos Aires, Amorrortu, 1996.
              • - (1925): “La negación”, en Obras completas, Tomo XIX, Buenos Aires, Amorrortu, 1996.

              Jacques Lacan

              • - (1954): Seminario 1, Los escritos técnicos de Freud, Buenos Aires, Paidós, 1998.
              • - (1956): Seminario 3, Las psicosis, Buenos Aires, Paidós, 2000.
              • - (1959): “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”, en Escritos 2, Buenos Aires, Siglo Veintiuno, 1999.
              • - (1966): “Introducción al comentario de Jean Hyppolite”, en Escritos 1, Buenos Aires, Siglo XXI, 1988.
              • - (1966): “Respuesta al comentario de Jean Hyppolite”, en Escritos 1, Buenos Aires, Siglo XXI, 1988.

              Jean-Claude Maleval

              • - (2000): La forclusión del Nombre del Padre, Buenos Aires, Paidós, 2002.

              Jean Hyppolite

              • - (1966): “Comentario hablado sobre la Verneinung de Freud”, en Escritos 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 1988.