Más de las nubes o el engaño de las especialidades

-Artículo publicado por primera vez en diciembre de 2007-

Secol superbo e sciocco
Giacomo Leopardi

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Hace unos días, en un prestigioso periódico, se publicó un artículo bajo el título de “¿qué es ser culto hoy?” La semana pasada, además, escribimos aquella metáfora de las nubes y la exhibición de erudición. La pregunta que constituye el título del artículo del periódico entraña ya, toda ella, el problema de las nubes.

Preguntar qué es ser culto hoy presupone que hay diferencias entre ser culto hoy y ser culto ayer. Y lo primero que habría que hacer es indagar esas diferencias, para ver si son ciertas. Entonces mejor postularlo desde el principio: ser culto hoy es exactamente lo mismo que ha sido siempre ser culto, con una pequeña y enorme salvedad. Esa salvedad es la noción de cultura que hoy se sostiene (y que es la que lleva a preguntarse, por ejemplo, qué es ser culto hoy.)

Ocurre que todos se creen cultos por ser capaces de leer (o, mejor dicho, de pasar la vista por los centones y creer que entienden) y escribir (o, mejor dicho, firmar documentos financieros.) En realidad ni leyeron ni escribieron nunca, pero sienten que no son analfabetos. Ser culto hoy es lo mismo que siempre; lo que sí cambió hoy es qué es ser analfabeto. ¡La ramplonería! ¡La ramplonería!

El artículo del periódico es el reflejo fiel del relativismo en el cual estamos sumergidos. Hoy se tolera que todo fuera cultura por la difusión del concepto antropológico de cultura (que consiste en el hecho de que toda producción humana es producción cultural), pero a la vez se pone, sobre ese concepto antropológico, el valor del concepto clásico de cultura (como la máxima expresión del alma humana.) Una confusión problemática.

El problema está, sobre todo, en el gris del medio, en la zona del hombre mediocre. Se han achatado los extremos. Y contribuye al problema el engaño de las especialidades.

En el artículo se citan las palabras de algunos profesionales de distintas disciplinas, y, lo lograran o no, cada cual trata de dar cuenta del problema que implica el concepto de cultura. El artículo, entonces, está construido bajo las dos premisas erróneas que nos mueven en estas líneas: 1) considerar que ser culto hoy es distinto a lo que fue en otro tiempo, y 2) el engaño de las especialidades. Quien construyó el artículo pensó, antes de cualquiera investigación que lo demostrara, que hoy hay una nueva forma de ser culto y que la cultura está fragmentada en especialidades. Y eso es lo primero que se les ocurre a todos: que ahora no se puede ser conocedor de todas las ramas del saber, porque los conocimientos se han especializado demasiado.  Entonces se sostiene lo siguiente: no se pueden abarcar todas las ramas del saber, por lo tanto ser culto hoy es distinto a lo que fue en alguna otra época.

Respondamos en seguida: ¡mentiras de los ramplones! Meras justificaciones.

El problema es que las nubes se contentan con eso que llaman especializaciones, y confunden entonces la especialización con la cultura, pero ser especialista no es ser culto, y esa es la primera distinción que debería hacerse. Los hombres cultos lo han dicho siempre. Al azar se me ocurren, mientras escribo, los nombres de dos que supieron sostenerlo: Unamuno y el uruguayo Carlos Vaz Ferreira. Hay más y quien leyera estas líneas puede agregar a quien quisiera.

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Uno de los problemas está, entonces, en que se han achatado los extremos. Ello implica que los analfabetos actuales (los analfabetos alfabetizados que desconocen su analfabetismo), meros exhibicionistas de su medio saber, no saben qué es la lectura y no han leído a los hombres cultos de todos los tiempos. Por eso ni siquiera se les ocurre separar la especialización de la cultura. El artículo tiende hacia la confusión entre cultura y especialización y esa confusión tiene que ver con la mediocrización de la cultura. Hay cada vez menos hombres verdaderamente cultos y cada vez menos analfabetos totales. En el medio la peste que se extiende y todo lo abarca.

Erudición de la peor calaña, es decir, erudición exhibicionista: eso es lo que hay en el medio. Y esa erudición es generalmente pereza mental, es atragantamiento con el conocimiento mal digerido. El hombre que confunde la especialización con la cultura es el hombre atragantado.

Y el hombre atragantado intenta hacer departamentos de cultura, intenta seccionar la cultura para ver si puede digerirla un poco mejor. Sostiene, entonces, que la cultura hoy es una cultura en secciones, que un químico es culto en química (y no puede ni debe saber nada más), que un escritor es culto en literatura, un sociólogo en sociología y así ad infinitum. Así con todas las profesiones y disciplinas y artes y técnicas y lo que fuera. Hoy el hombre culto no existe porque no puede ser especialista en todo y la cultura es especialidad. Terrible embeleco.

El engaño se relaciona ciertamente con la epidemia de exhibición que sí es una característica cada vez más actual. Y la seudo cultura es una de las caras de esa epidemia. Las nubes tienen la necesidad (rayana con la patología) de exhibir lo íntimo en lo público. Ello es notable en las páginas de las bitácoras; en los álbumes de fotografías en línea; en las filmaciones que todo el tiempo aparecen en las páginas virtuales dedicadas a fomentar videos y, por supuesto, también en la televisión. Y se trata de una exhibición general. No sólo de la sexualidad, sino de la violencia, la agresión, la perversión o lo que fuera.

Todo deriva en otro engaño: suponer que es una obligación ser culto. Y, en general, el hombre que intenta mostrarse culto sin serlo es un hombre que demuestra rápidamente su incultura y consigue así el efecto contrario al que busca. No hay nada peor que escuchar a alguien que sólo quiere exhibir lo que sabe y no disfruta ni una línea de lo que repite. Antes que eso es mucho mejor la ignorancia lisa y llana y el saludable silencio.

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Un ejemplo.

Algunos de los hombres del medio, esos que se creen cultos, ante el artículo del periódico, dejaban sus comentarios en la página virtual. Porque cuando se achatan los extremos todos hablan sin parar.

Ahorremos los detalles, pero digamos que se entabló un diálogo que, mirado con atención y cuidado, es capaz de mostrar la esencia del exhibicionismo cultural. Y allí está la esencia de las nubes. Cuando el exhibicionista intenta demostrar su enorme cultura, nunca espera encontrar frente a sí a un hombre culto, quizá porque no imagina la posibilidad de su existencia. El razonamiento es simple: no quedan hombres cultos porque nadie puede abarcar todos los departamentos del saber especializado. Allí está el artículo como ejemplo primero.

Demostrar cultura. ¿Para qué? ¿Para quién? Cada vez que un hombre intenta demostrar cultura demuestra solamente que la cultura le importa un bledo y sólo le importa el verbo: demostrar. Y así lo único que demuestran es ese refrito de conocimientos mal digeridos y regurgitados con gran orgullo.

¡Ah, la ramplonería!

¿Qué es ser culto hoy?, preguntan. Lo mismo que ayer. Pero hay por lo menos una diferencia. Por casualidad estaba hojeando el libro de José Ingenieros titulado El hombre mediocre. Me detuve entonces en un tramo que dice lo siguiente: «en el verdadero hombre mediocre la cabeza es un simple adorno del cuerpo. Si nos oye decir que sirve para pensar, cree que estamos locos.» Agreguemos que, en otras épocas, le servía al menos para llevar sombrero. Hoy no nos queda ni eso.

Más de las nubes.

Después de leer el artículo y los comentarios sentí cierto sofocamiento. Fui, entonces, a buscar el volumen de Lugones titulado Filosofícula. Hay allí un poema escrito bajo el título de “La cordura.” Como una de las fuentes de la multiplicación de las nubes es la mediocridad elevada hasta el lugar de un ideal, ese poema de Lugones es una buena bocanada de aire fresco.

Si quieres ser gigante,
sé hombre. Toma ejemplo de la gota
de rocío, que espeja el firmamento
en su cristalina forma.
El firmamento está en ella,
y ella es igual al firmamento ahora.
Haz como ella: llénate de cielo
y sigue siendo gota.

Las nubes deberían seguir ese consejo. Ellas son gotas que en lugar de espejar el firmamento lo enturbian. ¡Conviértanse las nubes en gotas de rocío!

Aqueos en colaboración con S.A.D.

El artículo que mencionamos es el siguiente: ¿Qué es ser culto hoy?

El Silencio y la Palabra

Carlyle ha señalado que grande es la Palabra pero más grande es el Silencio, escritos así, con mayúsculas. Recuerdo también los nombres de Maeterlinck, Papini, Unamuno, Chesterton, Frost, pero mencionar nombres es tarea vana. Lo cierto es que las grandes ideas surgen sólo de los grandes silencios. Octavio Paz también lo ha escrito con buena y silenciosa pluma: «Al desvalorizar el silencio, la publicidad ha desvalorizado también el lenguaje. Uno y otro son inseparables: saber hablar fue siempre saber callar, saber que no siempre se debe hablar.»

No todos han parado mientes en un hecho claro: las grandes obras no se gritan, se susurran, pues nacen del silencio y la soledad, que son la tierra propicia para que crecieran palabras verdaderamente grandes y plenas; ni formas vacías, ni ensordecedor bullicio.

Tampoco la poesía se hace con ruido y grito. La poesía es ritmo susurrado. Hay que hacerse poetas y susurrar silencios. Hay que acallar al menos por un momento los gritos bulliciosos que asfixian a los hombres actuales, más sombras que hombres.

Borges escribió alguna vez un poema titulado “Midgarthormr.” Si Borges, como canta en sus silenciosos versos, verdaderamente soñó con aquella víbora nórdica que abarcaba todo el universo

          Hacia el alba lo vi en la pesadilla.

hay que decir algo sobre cómo la pesadilla puede transformarse en poesía cuando le llega a un verdadero poeta. Cuando le llega al hombre común, en cambio, no pasa de convertirse en un mero grito.

Y el tejido verbal del poema es lo contrario que un grito. Uno de los problemas actuales es que cada vez hay menos poetas y cada vez gritan más las sombras que pasan por la tierra. Gritan las sombras actuales, y viven en constante pesadilla, aunque la mayor parte del tiempo no lo saben. Los gritos de las sombras son, al mismo tiempo, el resultado y la génesis de las pesadillas. Se trata, entonces, de un grito circular que, como la enorme serpiente nórdica, se muerde la cola.

Lo repetiré una y mil veces: ¡hay que hacerse poetas!

Hay dos sombras particularmente bulliciosas. Allí están los chillidos de los hombres prácticos y, mezclados con ellos, los gritos razonados de los eruditos sin alma. Y casi no se distinguen unos de otros; el ruido que producen es similar porque viven sumergidos en similares pesadillas.

Las sombras temen el silencio porque en él corren el peligro de encontrarse consigo mismas. Las sombras temen callar y temen detenerse. Corren y gritan y vuelven a correr. Huyen del silencio y de la soledad y de la tierra. Corren hacia el bullicio y el hacinamiento y el asfalto. Allí no corren peligro de comprometerse con nada y saben que no deberán enfrentar lo que ellas mismas son.

Las sombras, además, en su alocada carrera, generan montañas de pedantería. Es lo que ocurre cuando se le falta el respeto al lenguaje. Y, como lo señalaba Paz o el poeta que fuere, es una falta de respeto para con el lenguaje la voluntad de abolir el silencio. Grande es la Palabra, pero más grande es el Silencio. Grande es la Palabra que nace del Silencio.

La primera de las enseñanzas que debería ofrecérsele al joven que intentara caminar los arduos senderos de la poesía es la enseñanza del silencio. Debemos aprender a callar.

En la decimosexta noche de las mil y una está la ciudad, llena de oros, cuyos habitantes fueron convertidos en estatuas de piedra negra. Se trata de una maldición con aires de bendición: los bulliciosos habitantes que amaban las riquezas pudieron por fin, convertidos en estatuas de piedra negra, oír las maravillas del silencio. Quizá en las sociedades actuales y globales podríamos olvidar por un momento la loca carrera hacia la riqueza y oír el silencio sin tener que convertirnos para ello en estatuas de piedra negra. Pero hay que hacer un esfuerzo hacia la poesía.

Los hombres prácticos se han convertido en consumidores consumidos. Han perdido la subjetividad. Ellos son los primeros que no oyen el silencio. Son los primeros que le faltan el respeto a la palabra y al lenguaje. Son los que desprecian a la poesía y temen a los poetas.

Hace un tiempo discutía con un hombre práctico acerca de la lectura. Nunca se llegó a constituir el diálogo, porque para que hubiera diálogo hay que saber guardar silencio, por lo menos por un rato. Yo oía lo que me decía, pero él no quería oír mis respuestas y mis argumentos. Dijo, sin detenerse casi nunca, que cuando se ha adquirido el hábito de la lectura se lee todo lo que cae bajo los ojos. ¡No!, respondí vanamente, ¡nada de eso! La lectura verdadera tiene que ver con la cuidadosa selección de lo que se lee. Y la selección tiene que ver con el silencio.

Entonces, cuando el hombre práctico se alejó, todavía hablando sin parar y por eso sin haber permitido el diálogo, después de haber cruzado dos monólogos que nunca se rozaron siquiera, yo fui, casi por azar, a revisar uno de los volúmenes de Alfonso Reyes. Reyes escribía muy bien, siempre es un placer leerlo. Escribía silenciosamente, susurrando las palabras, respetándolas tanto como al silencio. Entonces releí, con placer, un artículo que se titula “De Virgilio, considerado como fantasma.” Ese artículo termina con esta silenciosa frase escrita entre paréntesis: «¡Dulce y melancólico Virgilio, poeta de éxtasis y lágrimas: lo que han hecho de ti los hombres!»

El nombre de Virgilio puede sustituirse. La misma frase puede usarse con casi todos los poetas y, ciertamente, con la poesía toda y con el silencio. ¡Lo que han hecho de ti los hombres!

Cada vez más ruido se acumula alrededor de las obras silenciosas. Cada vez más gritos sobre los silencios de los poetas. La cultura de consumo es el ruido sobre el silencio de los poetas. La publicidad de las obras ha sido uno de los motivos de ello. Todos conocen la existencia de la Odisea, aunque no la hubiesen leído nunca, pero lo peor está en que todos creen poder opinar acerca de ella. Y se han olvidado de degustar las obras. Se han olvidado de la poesía.

Dos tipos de hombres atentan fundamentalmente contra el silencio en la cultura de consumo: los hombres prácticos y los eruditos sin alma.

Algunos ejemplos, elegidos al azar entre miles, pueden ahora servirnos.

Ocurre casi todos los días. Hace unas horas llegó a mis manos un artículo en el cual alguien pretendía hacer crítica y hacía sólo eso que consideran crítica las masas actuales. En ese artículo se veía con claridad que su autor no había leído esa obra de Oscar Wilde tan bella que se titula El crítico como artista ni tampoco La decadencia de la mentira. Él diría, sin embargo, que sí las leyó, pero demuestra con sus propias líneas que, si pasó los ojos por las páginas de Wilde, no llegó nunca a leerlas. No hizo el silencio necesario para la lectura verdadera. Para pesar de la mayoría, queda expuesta en las críticas la propia alma del crítico de turno. O podríamos decir que no queda expuesta, porque en general no la tienen. Entonces lo único que demuestran es que no tienen alma, por lo tanto no pueden crear nada, por lo tanto no son artistas, por lo tanto sus críticas no son críticas: son meras opiniones de zafios pedantes.

En este caso el crítico intentaba desmerecer algunas ideas de Auden. Intentaba desmerecer ideas de poetas con argumentos de necios. Un ejemplo más de cómo los poetas se convierten con facilidad en espinas que los pánfilos espirituales intentan arrancarse de la manera que fuera. Cada idea poética del poeta era retrucada por una opinión necia del necio de turno. Nada nuevo bajo el sol, ciertamente.

Otro ejemplo que se repite de tanto en tanto. Varias veces oí la misma conversación. Sus protagonistas fueron siempre distintos, aunque tenían una característica común: eran hombres prácticos. En esa conversación repetida consideraban que la letra de Góngora o de Quevedo es letra muerta, y que lo que se escribe en la actualidad está mucho más vivo.

-¿Cómo no va a estar mal la educación si a los alumnos los obligan a leer a Quevedo y no a Fulano? – dijo uno de ellos.

Se trataba de un pedagogo de escuela secundaria. ¡Pobre! ¿Cómo no va a estar mal la educación si está en sus manos?, podemos decir para ira de algunos pedantes. Pero es que no veía lo más importante que había en su propia frase. El problema está en la obligación. Hay que enseñar a sentir la poesía, de nada sirve leerla por obligación. Y sólo puede enseñar a sentir la poesía quien supiera sentirla, es decir un poeta, alguien que hubiera hecho un esfuerzo hacia la poesía, alguien que supiera respetar al lenguaje. Entonces sólo puede enseñar a sentir la poesía quien respetara el silencio. El pobre no veía que nada cambiaría si obligaran a alguien, niño o adulto, a leer al Fulano contemporáneo. Empeorarían las cosas, sin embargo, porque el Fulano contemporáneo es, casi siempre, mucho más pequeño que Quevedo o Góngora.

Queda claro que para el pobre pedagogo está mucho más vivo un seudo poema contemporáneo cualquiera que, por ejemplo, una bella décima de Góngora famosa en otros tiempos. Es que los muertos son incapaces de entender qué es la vida, y creen que ella es sinónimo de novedad. Lo vivo es lo nuevo, piensan sin pensar. Creen que el pasado está muerto sólo por ser pasado. Creen también que el vecino de la esquina está más vivo que el Quijote.

Pero conviene evitar el ruido de esos pequeños personajes y de sus poquedades. Mejor oír el silencio de los otros hombres que han sabido sentir la poesía.

          Si quiero por las estrellas
          saber, tiempo, dónde estás,
          miro que con ellas vas
          pero no vuelves con ellas.
          ¿Adónde imprimes tus huellas
          que con tu curso no doy?
          Mas, ay, qué engañado estoy,
          que vuelas, corres y ruedas;
          tú eres, tiempo, el que te quedas,
          y yo soy el que me voy.

¡Pobres los que pierden el tiempo creyendo que en el pasado no puede haber grandeza y por eso viven de las sombras y los humos del presente!

Pero sobre la ilusión de la actualidad podrían multiplicarse los ejemplos casi ad infinitum. Basta uno solo que llegó por haber mencionado al Quijote. Ocurrió en una de las tantas salas que en la ciudad de Buenos Aires se llenan cada tarde con la cultura de consumo. Fue una tarde transcurrida con Cervantes y el Quijote.

Allí apareció en todo su esplendor esa ilusión, una de las mayores de la actualidad, que es la que ensalza esa misma actualidad. “Lo último es lo mejor porque es último”, reza. “Aunque siempre vivimos en error, hoy ya no, y hay algunos que todavía no reconocieron la verdad”, sigue diciendo. Y se desliza en forma tan sigilosa, que ni la descubre el mismo que la profiere, y llega a declararse contrario a ella mientras, sin embargo, es su esclavo. Claro, el que grita no oye que se acerca la ilusión por culpa de sus propios gritos.

La sala estaba casi llena y hablaba el hombre de los formalistas rusos, o de los estructuralistas, o de alguna corriente apenas surgida, o quizá de alguna que vendrá (o hablaba de quien fuere, de cualquier ismo insulso), y decía que habían pensado en el Quijote de una manera que enervaba a los cervantistas. “El Quijote, como personaje, sería un procedimiento para encadenar las distintas historias dispersas de la novela, casi como Schahrazada en Las mil y una noches”, decía. “Ya no sería ese tesoro de valores humanos elevados que solían ver algunos y que, algunos profesores universitarios, todavía hoy, consideran como el sentido último de la novela”, proseguía. ¡Y ahí se deslizó la ilusión! “Todavía hoy”, dijo; “¿cómo puede ser que todavía hoy dijeran algo así, algo tan viejo?”, quiso decir pero se contuvo con gran esfuerzo.

Lo último es lo mejor. ¿Pero tesoro de valores humanos o procedimiento maquinal? Al hombre le faltó algo para poder pensar sobre el Quijote. Algo sencillo. Algo intangible. Algo escaso. Le faltó la poesía. Ya otras tardes había demostrado que le faltaba talento y sentido estético, pero sobre todo le falta fe poética. Le falta silencio. El hombre no es escritor y menos poeta. El hombre es erudito, y algunos pocos que lo oyeron debieron decir, para sí mismos, aquello de Unamuno: eruditos, ¡a la esfinge!

Ni tesoro de valores humanos ni procedimiento maquinal. Ambas hipótesis no hacen más que olvidar lo que los hombres que las sostienen no conocen: la poesía. Ambas hipótesis harían del Quijote un hijo concreto de la voluntad de Cervantes, como si él hubiera sabido desde la primera palabra que desgranó su pluma hacia dónde se movería en la palabra siguiente. Como si el Quijote fuera el hijo de Cervantes y no Cervantes el hijo del Quijote. Ya lo dijeron los poetas. Ni tesoro de valores humanos ni procedimiento maquinal. Pero sí la posibilidad de que un Unamuno leyera en la novela de Cervantes algunas cosas que sólo los poetas podrían entender. Porque sólo los poetas miran a la esfinge a los ojos, y oyen el enigma que tiene para decirles. Y los eruditos quedan atrás, luchando por sostener la hipótesis última, que como es última es mejor (y hoy es A, pero mañana B, y después C, pero más tarde regresa A, porque ya la habían olvidado, y luego de nuevo B, y así…)

Los que reducen la literatura a la mera literatura creen que la poesía sólo sirve para que los eruditos hablaran de la poesía. Y en esto los eruditos son iguales que los hombres prácticos que nada quieren saber de la poesía ni de los libros ni de nada: si no pudieran hablar sobre la poesía, ella sería algo totalmente inútil. Y nunca la sintieron. Pero, pese a ellos, ningún fin útil será jamás más útil que la inútil poesía.

Y los eruditos, ¡a la esfinge!

*

Al no respetar el silencio los hombres desafilan las palabras. Quizá porque tienen miedo de cortarse con ellas. Pero más valdría sangrar un poco que la triste cobardía del caótico griterío. Palabras y sangre. Las palabras necesitan ser afiladas y lustradas. Hay que sacarles filo y sacarles brillo sin demasiados temores. Respeto no es temor. Lo demuestran los que las temen y, al mismo tiempo, no las respetan.

Convendría volver a respetar el Silencio y la Palabra y, por lo tanto, respetar la sentencia del filósofo: se debe hablar sólo cuando ya no hay derecho a permanecer callados.

¿Quiénes son los que mejor saben que la Palabra nace del Silencio? Los que están fascinados por el lenguaje y por su reverso: los poetas. Son los poetas los que exploran continuamente, asombrados, alegres, osados y respetuosos, las lábiles fronteras que hay entre lo que la palabra dice y lo que calla. Entonces otra vez, y con más arrebato que nunca, repetimos nuestra necesidad más actual: ¡hay que hacerse poetas! El poeta es, entre los hombres, el que mejor sabe callar.

De repente, al pensar en el Silencio y la Palabra, desde el silencio llegó este poema:

          El silencio con sus ecos llena la sala
          los ecos del silencio.
          Arduas voces comienzan el tejido
          vienen del otro lado, en los ecos del silencio
          tejen silencios de piedra.
          Gritan los hombres, se agitan:
          olvidan al silencio.
          Y olvidan a los poetas que son esos vagabundos
          del lenguaje y la palabra,
          de los ritmos y el silencio.
          Detrás de los gritos se oye, claro y nítido el silencio.
          Aprendamos a callar
          aprendamos del poeta
          oigamos las arduas voces que vienen del otro lado
          cerremos los ojos, se oye
          el silencio con sus ecos que llenan la sala.
          Los ecos del silencio: la poesía.

Una nueva barbarie (fragmento)

Fragmento del ensayo del mismo nombre

Todo se funda en un fenómeno actual. En realidad son dos hechos que, puestos en conjunción, parecen paradójicos. Uno es que la gente cada vez lee menos. Eso queda claro. Sobre todo lee menos a los clásicos. Pero, al mismo tiempo, hay cada vez más personas con aspiraciones literarias. ¿Cómo conciliar ambos hechos? Y podría agregarse una cosa más. La gente lee cada vez menos pero, cuando lee, prefiere las novelas mazacote. Se trata de un hecho paralelo al anterior.

En las épocas de Sarmiento, el primero de los escritores argentinos, había una barbarie que él mismo bautizó con ese nombre que todos han repetido hasta hoy. La barbarie que él conoció tenía que ver con un ambiente hostil para la escritura y también para la lectura. Basta como ejemplo aquel episodio en el cual la vieja que regresaba de la iglesia se horrorizaba al encontrar al joven Sarmiento leyendo en el umbral de su puerta.

Hoy el ambiente ha cambiado, y de allí “una nueva barbarie.” La hostilidad para con la lectura sigue en pie, aunque ha tomado otra forma. Hay un rechazo de la lectura. Un rechazo que tiene que ver, como decían algunos, con personas que no son dignas de los libros (aunque consideran, al contrario, que los libros no son dignos de ellas.) Al mismo tiempo, la hostilidad hacia la escritura parece haber desaparecido.

Sin reflexionar demasiado llegan a la mente por lo menos tres explicaciones.

  1. Una de ellas es la enjundia de la opinión. Se considera que la opinión vale por sí misma. Ese vigor de la opinión se debe a una falacia. Cada cual tiene derecho a expresar sus opiniones, dice la primera premisa. Todo hombre es respetable por el mero hecho de ser hombre, dice la segunda. De allí llegan a la conclusión de que toda opinión tiene derecho a ser respetada.
    Esa vigencia de la opinión lleva a los hombres a considerarse escritores en potencia sin leer un solo libro antes de tomar la pluma y garrapatear sus opiniones sobre el papel.

  2. La segunda explicación se puede alcanzar reflexionando sobre la paradoja actual individualismo-uniformidad. Cada vez se exalta más el individualismo y ello tiene por resultado paradójico la uniformidad, que todos son iguales a los demás aunque pretenden demostrar su carácter único. El ejemplo de los tatuajes es claro en ello: todos se tatúan para ser únicos y, al final, el único es el que no tiene tatuaje alguno. Por otra parte la voluntad de excepción viene acompañada de la contraria voluntad de camuflaje y de allí surge la paradoja.
    Las pretensiones literarias de los hombres actuales tienen que ver con la exhibición del propio individualismo. Ello nace de la consideración de la escritura como la exposición de lo más íntimo. Es, claro, una consideración de la escritura que sólo puede surgir de los que, mientras exaltan la escritura, aborrecen la lectura.

  3. Eso último lleva al tercero de los motivos: la vulgarización de la escritura debida a la falta de lectura. Los que nada leen (o sólo leen novelas mazacote) se privan de la enseñanza fundamental que lleva a los hombres a devenir escritores: los escritores que han venido antes y cuyas obras han resistido los embates del tiempo.
    Vivimos en una nueva barbarie, alimentada ciertamente por el inescrupuloso mercado editorial.