Botánica fantástica (9)

 

La mandrágora

 

Entrada la noche el vicario y su ayudante salieron sigilosamente del convento. El vicario lo había planeado todo y estaba enteramente decidido: resolvería el problema esa misma noche.

El sacerdote dudaba. A veces temía que Dios pudiera condenarlo por los actos que estaba por cometer. A veces temía que su plan lo hubiese urdido el demonio mismo. Pero también pensaba que sólo el bien supremo lo impulsaba a buscar la maldita raíz en el medio de la noche, sólo el bien supremo lo empujaba hacia la raíz que a tantas buenas mujeres había hecho caer en las manos del maligno. El sacerdote había soñado que esa raíz era la única solución posible, y que Dios, cuando sopesara en su balanza el bien y el mal, lo absolvería.

El ayudante era un joven de dieciséis años. Sus padres lo habían entregado a la iglesia cuando era un niño pequeño. Alegaron que estaban haciéndole un bien al niño y a la humanidad toda, y lo abandonaron en el convento. El vicario, en cambio, era ya un hombre viejo y respetado: era uno de los inspiradores fundamentales de la Santa inquisición y de sus múltiples salvaciones. Sostenía con extremo convencimiento que la lucha entre Dios y el demonio continuaba en la carne de los hombres. Y tomaba las armas contra el maligno en el campo de batalla de las carnes de los poseídos. A fuerza de tenazas y de hierros ardientes ya había salvado a muchos, pero su afán redentor no cejaba con las salvaciones, al contrario, se expandía.

El ayudante iluminaba el sendero, aunque el viejo sostenía que no necesitaba la luz de la tea, ya que Dios mismo guiaba sus pasos. Y después de mucho andar bajo el rocío de la noche llegaron por fin a la puerta del cementerio. Allí el sacerdote comenzó su busca, y en medio de la oscuridad, sin la ayuda del muchacho y de su tea, reconoció la raíz por sus hojas.

El muchacho se acercó con el perro. El animal los ayudaría a completar la labor. El muchacho, con mucho cuidado, ató al tallo de la planta la cuerda que, en el otro extremo, estaba anudada en el pescuezo del perro. Luego removieron con un pequeño cuchillo la tierra alrededor de la raíz, para debilitar el ardor con el cual la planta se aferra al suelo. Entonces se alejaron un poco, ordenándole al perro permanecer en su lugar. El perro obedeció y, sentado cerca de la planta, los observó con atención. Cuando estuvieron a unos diez metros de distancia, llamaron al perro y éste, lleno de alegría, corrió hacia ellos. La cuerda, atada al tallo de la planta, lo retuvo un poco, pero los llamados lo azuzaron, y en busca de complacer a sus amos, el pobre perro tiró con fuerza, hasta que arrancó la planta de raíz.

Fue en ese mismo momento que se oyeron los gritos.

“Esos gritos provienen del infierno”, pensó el vicario, “sólo Satanás podría crear algo así.”

El muchacho, aterrado, miraba al sacerdote con los ojos implorantes. Y más se espantó cuando vio, después de unos pocos segundos, que el perro caía muerto. Y la planta prosiguió en su lamento hasta que,  finalmente, el grito le dejó lugar al silencio y los dos hombres se acercaron a ella.

El viejo la recogió del suelo, le quitó la cuerda que aún la amarraba, y vio aterrorizado que su forma era humana: tenía dos piernas, dos brazos y el cuerpo bien formado.

-¡Obra del demonio! -exclamó el vicario.

El muchacho tembló, se persignó, y elevó una plegaria al cielo y a su viejo tutor.

Después, todavía tembloroso, tomó la bolsa en la cual el viejo depositó las hojas y la raíz infernales.

Cuando se aprestaban a regresar hacia el convento, el reflejo de la luna los iluminó de improviso y los hombres, repentinamente, sintieron sus carnes estremecerse por el frío y por la soledad de la noche. En ese momento el vicario volvió a dudar.

-Vamos, apresúrate -dijo-. Debemos regresar. Los otros no saben que hemos salido y es mejor que no lo supieran nunca.

Emprendieron la marcha de regreso por el sendero. El vicario apuraba el paso y el muchacho sintió que se le hacía difícil seguirlo. Horrorizado, pensó que el viejo corría como si lo persiguiese el demonio. El viejo sabía que si descubrían lo que estaban haciendo y lo que se proponía hacer, él mismo sería interrogado bajo el tormento de la sagrada cruz. Al fin y al cabo, ni él mismo estaba seguro de lo que hacía.

Al llegar a la vicaría corroboró, sigilosamente, que todos durmiesen. Rápidamente despachó al joven y le indicó que se retirara a sus aposentos sin hacer el menor ruido. Esperó unos segundos y se dirigió hacia la cocina, donde procedió a cortar la raíz y a hervirla. Le pareció que el agua en ebullición hacía demasiado ruido. Tembló. Después de algunos minutos, que le parecieron infinitos, coló el brebaje en un jarro. Sin hacer ruido y casi sin respirar, se encaminó hacia los calabozos subterráneos, donde lo esperaba un desgraciado poseído por el demonio. Bajó los peldaños lleno de temores y de algarabía. Sintió la humedad subterránea en lo más profundo del pecho.

Llegó al calabozo del hombre y, enfrentándose con el poseído, le habló de esta manera:

-La obra del demonio, hijo mío, te ha perdido, y he aquí que la misma obra del demonio te liberará de su yugo y te salvará.

El pobre hombre, cansado por la tortura, por los flagelos, por el suplicio, balbuceó unas palabras que el viejo no llegó a entender y que, entonces, nadie oyó ni oirá jamás. El vicario rezó, luego tomó el jarro y obligó al hereje a ingerir el brebaje. Después volvió a rezar, y, ansioso, esperó.

Al cabo de unas horas al hombre se le trasfiguró el rostro y comenzó a gesticular alocadamente; todo su cuerpo se contraía y convulsionaba. El sacerdote pensó, lleno de alegría por su triunfo, que la planta estaba produciendo la deseada liberación. Entonces el hombre mezcló los gritos con sus convulsiones, unos gritos desgarradores. El viejo, aterrado, pensó que esos gritos eran semejantes a los que había producido la planta esa misma noche, en el cementerio.

-¡Los gritos del infierno! -exclamó horrorizado y retrocedió.

Pensó después que debía ser fuerte y se acercó de nuevo al hereje en curso de salvación. Pensó que no debía arredrar ante el maligno, que ese hombre merecía su ayuda. Entonces rezó, y le rogó al cielo por el alma del hombre. Los horrendos gritos cesaron al cabo de unos minutos y el vicario comprobó que el hombre había muerto. El vicario lo observó con compasión, le tomó las manos, orando por su alma, y lloró.

Después cerró el calabozo y subió lentamente por las escaleras; se dirigió al patio central y, llena su alma de triunfo, miró al cielo. Las estrellas, silenciosas, lo observaron.

 

Mandrágora

Fuente de la imagen 

 

 

 

 

Botánica fantástica (8)

  Glásir

Éinar despertó lentamente. No recordaba qué había ocurrido. Poco a poco, mientras sus ojos se acostumbraban a la luz, trató de recordar qué había pasado.

Se encontró tirado en el suelo. Se sentía abatido, tal vez atontado. No sabía bien por qué. Buscó en su memoria imágenes y palabras del comienzo del día, pero todo era confuso.

Caminó un poco, llegó hasta la orilla de un arroyuelo y en él sació su sed y observó su reflejo. Vio que llevaba sus ropas de guerra. Trató nuevamente de recordar la mañana, el día anterior, aunque más no fuera una sola cosa. Lo único que sintió, con una seguridad dolorosa en el pecho, era que algo había cambiado, pero aún no sabía qué.

No muy lejos de donde había despertado, estaba el arroyuelo en el que se detuvo a beber, y cerca de ese mismo arroyuelo había un sendero que se adentraba en un bosque.

El guerrero lo siguió, pues antes que permanecer solo, a merced de las fieras, era preferible buscar algún poblado y acaso allí podría también resolver sus dudas además de protegerse.

Mientras caminó por el sendero, no oyó sonido alguno. Sin embargo vio algo extraño. Dos lobos corrían por el bosque, pero no lo amenazaban, era como si juguetearan con él. Poco a poco se le acercaron, hasta casi tocarlo. Éinar, tomó su espada, esperó el ataque. Pero los lobos sólo lo acompañaron amistosamente.

A medida que se adentró en el sendero la luz se hizo débil. Al ver la salida de la espesura se apresuró.

Un extraño resplandor lo encandiló, no pudo ver qué era, mas eso no impidió que continuara con su paso. Al llegar a esa especie de abertura en el bosque miró al cielo, vio dos cuervos volando en círculos. Frente a él vio un árbol, cuyas hojas eran de oro. Detrás del árbol un palacio con su puerta.

Como un golpe certero, la memoria regresó a Éinar, y el dolor también.

Recordó cómo él y sus hombres se habían preparado para la batalla, cómo invocaron a Odín en medio del combate, y cómo una espada mezquina le atravesó el corazón.

De repente, entendió que estaba frente a Glásir, y que contemplar la figura del que refleja los destellos del sol en sus hojas de oro le indicaba que había llegado al paraíso. La muerte, esa tirana precisa y puntual, lo había hallado.

Recordó a su padre, quien alguna vez en su niñez, le dijo:

-Glásir, el abeto de agujas de oro rojo, imponente, descansa en la puerta del Valhalla. Anunciando a quien llegara hasta allí que el paraíso ha sido su destino, y que a partir de ese momento las luchas y los combates serán eternos. Luego del descanso, la comida y el hidromiel, los guerreros todos retomarán las armas, para combatir como sólo los guerreros saben hacerlo; pues los hombres de Odín siempre pelean, porque esa es la forma de honrar a los dioses.

Éinar, conmovido y angustiado a la vez, se acercó hasta la puerta y, con las manos temblorosas, la abrió.

Botánica fantástica (1)

El fresno YggdrasillYggrasill

Sus hojas nacen cada día. Alrededor de su tronco y en sus raíces se libra la batalla de la vida y la muerte. Bajo su sombra se delibera y se imparte justicia. En sus pozos hay sabiduría, destino y mal.
Cuatro ciervos corren alrededor de su tronco y terribles e inocentes comen las hojas verdes de las ramas con fervor. Entre las ramas se esconden una ardilla, un águila y un halcón entre los ojos del águila. La ardilla es mensajera de palabras de odio y envidia entre el águila de las altas ramas y un dragón en las oscuras raíces.

En La alucinación de Gylfi se dice:
“El Fresno es el más alto de los árboles y es el mejor. Sus ramas cubren al mundo entero y se dilatan sobre el cielo. Tres raíces lo sostienen y son muy anchas. Una está entre los Aesir, otra entre los Gigantes de la Escarcha. En este lugar estaba antes el Gran Abismo. La tercera está sobre Niflheim y bajo esa raíz está Hvergelmir y Níthhggör roe la raíz desde abajo. Pero debajo de esa raíz que se alarga hacia los Gigantes de la Escarcha está el Pozo de Mímir, donde se guardan la sabiduría y el entendimiento.”

Los Aesir, se reúnen bajo la sombra del fresno y deliberan cada día para dar juicio. En la cercanía del tribunal hay un pozo sagrado, en el que las Nornas establecen el destino de los mortales. Las tres vírgenes sacan agua del pozo todos los días, y junto al agua, sacan la arcilla blanca que renueva las hojas para que no se marchiten.
Bajo una de las raíces el dragón llamado Níthhggör lo maltrata sin detenerse, las serpientes se multiplican en su cercanía, destilan veneno.
En el pozo que custodia Mímir hay sabiduría. Él bebe el agua clara con un cuerno llamado Gjallarhorn. El día que ese cuerno suene, la lucha final tendrá su inicio, sol y luna caerán bajo las fauces de los lobos y Vanargand tendrá su venganza.

Yggdrasill deberá, como siempre, sostener al mundo ese día.
El árbol soporta grandes dolores. Sin embargo sigue allí. Su destino está escrito y tan sólo espera.

Fuente de la imagen: http://commons.wikimedia.org/wiki/Image:AM_738_4to_Yggdrasill.png

Botánica fantástica (7)

La rosa marina

 

Cuentan que antes de que el tiempo supiera su nombre, a un joven príncipe -cuya belleza provocó la ceguera de su padre- le fue encargada la tarea de encontrar la rosa marina.

En una de las tantas noches árabes, soñadoras y bellas, está la historia. Y Alá, el poderoso, el que todo lo sabe, contempló al príncipe y lo bendijo por su fe y su piedad filial.

La rosa marina era milagrosa, y tenía la capacidad de conceder la vista a los ciegos. Devolvía la luz a los oscuros ojos que la contemplaran. Era custodiada por muchos genios y por una joven princesa que la cultivaba y la cuidaba como su bien más preciado.
El joven príncipe logró sortear todos los obstáculos. Así narró Scheherazada:

«Y vio que aquel jardín, fragmento destacado del alto paraíso, surgía ante sus ojos tan hermoso como un crepúsculo granate. Y en medio de aquel jardín había un ancho pilón lleno de agua de rosas hasta los bordes. Y en el centro de aquel pilón precioso se alzaba, única en su tallo, una flor de color rojo de fuego muy abierta. Y era la rosa marina. ¡Oh!, ¡qué admirable era! Sólo el ruiseñor podría hacer su verdadera descripción.»

Para alcanzar el preciado tesoro el joven debió atravesar desiertos y bosques. En uno de esos bosques vio árboles con cabezas de animales. No contentos con ese prodigio ocurría además que esas cabezas poseían el don de la palabra y a veces caían de las ramas. Y vio frutos de los cuales salían pájaros de colores con rubíes incrustados.

Los esfuerzos del príncipe fueron recompensados. Obtuvo su arduo premio después de las fatigas. Obtuvo la fama, la belleza y la felicidad. Le devolvió la vista a su padre, y además encontró el amor, pues la joven princesa que cultivaba la flor se enamoró de él.

Como siempre ocurre, algunos dicen que sus fatigas y sus recompensas son sólo mentiras, pero mejor estar advertidos y dudar, pues sólo Alá, el que todo lo sabe, puede obrar de maneras tan misteriosas.

Rosa roja, por Marcus Obal

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