Retratos contemporáneos 3 -Lucas 21,1-

Lucas 21,1

Ocurrió un jueves.

El sacerdote se acercó a la mujer que lo ayudaba con algunas de las faenas y se dispuso a entregarle la retribución que le debía. Ella se había ganado a fuerza de trabajo esa mensualidad realmente mísera. Puede decirse que la paga se reducía a dos pequeñas monedas.

¡Cuánta candidez la de los hombres vanidosos!

Las dos pequeñas monedas deben haberlo confundido, porque el sacerdote, mientras le entregaba la merecida paga a la mujer, dijo lo siguiente: “el óbolo de la viuda… y la viuda soy yo.”

¡Vanidad de vanidades!

“Y la viuda soy yo”, agregó con prodigiosa tranquilidad.

La parábola de la viuda podría también llamarse parábola de los hombres ricos. Porque ella demuestra a las claras qué es un hombre rico. El hombre rico es el cándido que cree que sus grandiosas sobras son tan humildes como las monedas de la viuda. No es otra la ilusión de la riqueza. El hombre rico se mira en el espejo y no ve otra cosa que una pobre viuda llena de virtudes.

Y allí quedó el sacerdote, libre de todo temblor y satisfecho por haberse ganado el cielo con su extraordinaria bondad.

João Zeferino da Costa - O óbolo da viúva, 1876

Cuento perteneciente a Treinta monedas de plata (inédito) escrito por Ma. de las M. B. Ávila y Sebastián A. Digirónimo

Retratos contemporáneos 2 -El ilustrador-

El ilustrador

La luna oscura reveló su silueta entre las sombras de los árboles. Caminábamos tranquilos, en una noche de verano. La idea de las caminatas era hablar, no caminar. El camino era la excusa que justificaba el espacio y la pausa para pensar, para poder tener un lugar de descanso y silencio, y pensamiento.

De repente mi estimado acompañante me miró, y me propuso que pensáramos en quienes nos rodeaban y que los imagináramos como personajes, y que con ellos escribiéramos un relato. Yo atiné a responderle que pocos hombres alcanzaban el grado de humanidad que tenían algunos personajes y que a veces aquellos creados por la pluma de un poeta eran mucho más interesantes y vivos que otros que pululan por la tierra y respiran el aire que los vivos respiran. Me sonrió y asintió, pero a su vez agregó: “No importa, tomemos lo que nos ofrece la carne y agreguemos vida con la pluma.”

He aquí lo que le dije: Hubo una vez un joven que lo tuvo todo, fama, dinero, salud, talento. Mas ese joven no supo combinar eso que poseía con la vida, con la vida de hombre. Se acercaba a la mitad del camino de la vida, pero su cuerpo frágil no lo reflejaba. Su rostro inmaculado no había sido alcanzado por el cruel tiempo.

Vivía en una gran casa a la que había accedido por medio de su madre, una mujer trabajadora y ostentosa. Vivía con su novia de toda la vida, una jovencita de piel blanca y transparente. La vida le sonreía. Pero la vida es exigente y al joven debía llegarle, como a todo hombre, el momento en el que debe enfrentarse con ella. La vida exige e insiste. Da una estocada y tal vez permite recuperar algo de aliento para el próximo ataque, aunque a veces no ocurre de ese modo.

Nuestro amigo se encontró con la posibilidad de ser padre, y la sola mención de esa posibilidad lo horrorizó. ¿Por qué no esperar? ¿Por qué no disfrutar de lo que se tiene ahora? La paternidad asomó en fecha cercana a su matrimonio. Él pensó que su matrimonio debía ser como era su noviazgo: viajar, distraerse, seguir con la vida como había sido siempre. Pero no había pensado en la mujer que estaba a su lado.

Tal vez ella no deseaba lo mismo que él, y de hecho era así. Ella soñaba con formar una familia, su propia familia. Tener sus hijos, su casa, su vida. Y él en cambio, no quería dejar de ser el niño de su madre.

Como era de esperarse en estos casos, la mujer dejó al niño. Pues era un niño, no un hombre. El niño corrió a brazos de su madre, que encolerizada blasfemaba y maldecía a quien había herido a su hijo.

El niño continuó dibujando, su talento opacado por su capricho no era el de antes. Tal vez su talento nunca se mostró en su plenitud, pues su madre siempre lo aconsejaba al respecto, y él la escuchaba. Cómo no escucharla si ella lo sabía todo, y él al escucharla también lo sabía todo. No tenía dudas al respecto, era algo claro y distinto.

El ilustrador no sólo iluminaba las hojas blancas con sus dibujos, también creía iluminarnos a todos con su sabiduría.

Pobre niño, tal vez algún día descubra que hubo un momento en el que se le ofreció la oportunidad de ser hombre y él corrió tras la falda de su madre.

 

Cuento perteneciente a Treinta monedas de plata (inédito) escrito por Ma. de las M. B. Ávila y Sebastián A. Digirónimo

Retratos contemporáneos 1 -La Máscara-

La máscara

Su figura, dibujada a lo lejos, rápidamente se acercó. Su paso era inigualable. Iba de una calle a otra, casi sin detenerse, debía comprarlo todo. Era una mujer bella, de rasgos delicados, de sonrisa contagiosa y encantadora. Cual muñeca de porcelana, vestía elegantemente, y hasta el último detalle de su atavío había sido calculado. Sin dudas su presencia no podía esquivar la mirada de los hombres que había alrededor, y tampoco la de algunas mujeres que transformaban el halago en envidia. No obstante, detrás de todo ese aspecto había un vacío cuidadosamente guardado, algo oculto a esos ojos voraces.

Ella parecía de esas mujeres que todo lo saben, cómo hacer las cosas, cómo hacer que otros se sintieran a gusto. Y allí en ése pequeño detalle radicaba aquello que yo consideraba un gran problema: en ese vivir para procurar responder a lo que pretendían los demás, a aquello que según ella se esperaba. Porque en ella no había nada que la distinguiera, no había nada que le perteneciera, o había en todo caso pura apariencia, y claro eso era bien visto por todos, pero no por mí. Es que yo quería ver cómo era ella en su verdad más pura, y no era posible. Nunca logré descifrar si eso que tanto yo odiaba era lo que la definía, o si ese vacío extraño, que intentaba ocultar, era propio de las mujeres. Ella era toda una máscara, y yo no la conocía. Sólo ese aspecto exterior me entregaba.

En las reuniones se perdía entre la gente y hablaba de todo tipo de temas, siempre con respuestas preparadas, para causar buena impresión. En la casa siempre estuvo impecable. Nunca pude disfrutar de su piel sin maquillaje, pues apenas comenzaba el día rápidamente pintaba sus labios, su piel, arreglaba su cabello. ¿Para quién te arreglas?,  –le pregunté una vez– “A mí me gusta estar así”, me dijo.

La observé mucho tiempo tratando de encontrar algo que pudiera explicarme de alguna forma su comportamiento, pero lo único que descubrí fue que se arreglaba para alguien que no estaba, como si alguien la estuviera mirando todo el tiempo. Ella cargaba con sombras, y su maquillaje la disfrazaba.

Hoy la vi por la calle, iba corriendo de un lugar a otro. Nuestras vidas se separaron, pero sigo mirándola intrigado. Al verla correr de local en local, al ver sus gestos, no puedo dejar de pensar para quién los hace… pero esa pregunta no tiene respuesta, pues ella misma no sabe lo que hace, y los demás… bueno, los demás son felices con ese espejo que ella les devuelve

Cuento perteneciente a Treinta monedas de plata (inédito) escrito por Ma. de las M. B. Ávila y Sebastián A. Digirónimo

Psicoanálisis puro y psicoanálisis aplicado: una grieta política

Et sane arduum debet esse, quod adeo raro reperitur.[1]


En esta página no importa tanto de dónde surge la dicotomía psicoanálisis puro-psicoanálisis aplicado. Importa más bien hacia dónde puede llegar a ir. El problema es el que ya señalara Miller: «lo que hace falta es que el psicoanálisis aplicado a la terapia siga siendo psicoanálisis y que se preocupara por su identidad psicoanalítica.»


Una de las actividades mejores para extraer una enseñanza es el comentario de textos (que no es una simple lectura a la letra, confundir ambas cosas implica olvidar aquello de Quignard de que «la traducción infiel es palabra por palabra infiel.») Esa actividad se puede ejercer incluso sobre textos imaginarios, inventando problemas. El comentario es siempre, de todas formas, una manera de plantearse problemas, de inventar, a través de la repetición, algo nuevo. Eso sin olvidar, como señala Miller, que el texto tiene, sin embargo, una estructura única, y que debemos entonces tener como meta que hay una sola lectura buena.

Se puede comenzar imaginando, por lo tanto, dos definiciones radicales. La primera rezaría lo siguiente: todo psicoanálisis es psicoanálisis puro. La segunda es, al parecer, enteramente opuesta: todo psicoanálisis es psicoanálisis aplicado. Trabajar sobre la aparente contradicción puede ser fructífero, sobre todo para echar luz sobre la grieta política que se abre a partir de la dicotomía.

Entonces, a partir de esas dos sentencias aparentemente contradictorias, se puede seguir un camino breve pero orientado (que es lo que más importa) y buscar en él algunas proposiciones no menos radicales que se desprenderían de las otras. El punto de partida es considerar que la contradicción es enteramente aparente y que ambas sentencias son correctas al mismo tiempo. Las proposiciones que se desprenden a partir de ellas son múltiples. Aquí subrayaremos cuatro.

Primera proposición: no es lo mismo tratar la actualidad por el psicoanálisis que el psicoanálisis por la actualidad.

Parece perogrullada, y, sin embargo, es fácil el deslizamiento de un lado al otro de la proposición. La actualidad entra en el consultorio porque el consultorio está ubicado en un tiempo y en un espacio. Por eso el psicoanálisis es siempre psicoanálisis aplicado y no es nunca una torre de marfil (temor que a muchos los hace considerar con desconfianza al psicoanálisis puro), pero es psicoanálisis con la condición de tener como horizonte el psicoanálisis puro. Esto quiere decir que lo que más importa no es el adjetivo, sino el sustantivo. Dejar que nos condujeran los ideales terapéuticos actuales subrayando los adjetivos implica generar una grieta dentro del psicoanálisis. Generar una grieta y perder de vista la identidad del psicoanálisis. Ello implica responder a la demanda social resignando lo que hace psicoanálisis al psicoanálisis.

(A las dos opciones mencionadas aquí se le agrega una tercera, delirante, que es la de Cottraux, uno de los coautores del Libro negro: se trata de echarle la culpa al psicoanálisis por la actualidad -dice, por ejemplo, que la decadencia del Estado es culpa del psicoanálisis. Esta tercera opción vale la pena considerarla sólo como witz.)

Segunda proposición: en el abuso de la dicotomía está escondida la voluntad de hacer del psicoanálisis una técnica (o la imposibilidad de soportar que no lo fuera.)

La dicotomía entre psicoanálisis puro y psicoanálisis aplicado es un problema porque genera una grieta en la cual se introduce con facilidad, para guarecerse en ella, el temor al enigma del sujeto que se despliega en la opacidad de un síntoma. Se trata de una grieta dentro del mismo psicoanálisis y por la cual se cuelan con facilidad los ideales de eficacia en breve lapso, funcionalidad, etcétera; ideales que configuran una posición política que va en detrimento del sujeto y a favor de los estándares ortopédicos con los cuales sostener consumidores funcionales. Es fácil aprovechar la distinción entre psicoanálisis puro y psicoanálisis aplicado para, sencillamente, borrar la dimensión del psicoanálisis mismo. Se trata de una grieta por la cual se introduce en el psicoanálisis, silenciosamente, otra lógica que no es la del psicoanálisis y que aborrece su ironía, su escepticismo, su irreverencia; esas características antimodernas que Miller subrayó en el anti-libro negro.

Tercera proposición: hay falsos problemas que se desprenden de una falta ética.

Una falta ética es, por ejemplo, descargar sobre las características de la actualidad algo que depende de la característica del objeto con el cual trabaja el psicoanálisis y que es el que lo orienta. Ese algo que le hacía a Lacan preservar la dimensión de la insatisfacción en sus formulaciones teóricas y eso que mencionó al final de su vida y que se entendió tan mal muchas veces: la idea del psicoanálisis como impostura. Lo real huye, tiene su consistencia propia, tiene su resistencia propia. Hoy y siempre. Más allá de las características particulares de la actualidad, más allá de las formas cambiantes de las presentaciones clínicas, no hay que olvidar eso otro, que le da su carácter específico a la profesión imposible del psicoanálisis.

El psicoanálisis es una experiencia y también un acto. Hay una pregunta que se repite de tanto en tanto: ¿el psicoanálisis lee un sujeto ya escrito o escribe un nuevo sujeto? Es acto, sobre todo, porque escribe un nuevo sujeto, y si no lo escribiera no sería psicoanálisis.

Esa escritura no es fácil, porque implica sostener todo el tiempo al sujeto. Esa escritura es tan difícil como la escritura verdadera de una página cualquiera. No es escritura el simple derroche de palabras: la escritura debe ser parida para ser verdadera escritura, pese a que la mayoría busca la salida fácil de la cesárea verbal. Esa salida fácil es coherente con los ideales terapéuticos actuales.

Cuarta proposición: convendría remplazar la dicotomía entre psicoanálisis puro y psicoanálisis aplicado por otra dicotomía que no pusiera en entredicho la identidad del psicoanálisis. Una dicotomía aceptable parece ser la que distingue los efectos terapéuticos y los efectos psicoanalíticos dentro de un psicoanálisis.

Esta cuarta proposición se trata de una proposición en el sentido de propuesta más que en el sentido de oración, enunciado o afirmación. Remplazar la dicotomía psicoanálisis puro-psicoanálisis aplicado por esta otra permite no perder de vista que ambos tipos de efectos ocurren siempre dentro de un psicoanálisis. Como se sabe, ambos tipos de efectos se relacionan de distintas maneras a lo largo de un psicoanálisis: no se pierde la identidad del mismo cuando se mantiene cierto equilibrio y no se sucumbe ante los ideales, cualesquiera que fueran, pero sobre todo los ideales terapéuticos, evaluables y mensurables de actualidad.

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En uno de los dos artículos que publicara en L’anti livre noir de la psychanalyse, Clotilde Leguil-Badal se preguntaba de dónde surge la infatuación que generan en el público general las neurociencias que pretenden revelarnos todo sobre el ser humano. Una de las posibles respuestas tiene que ver ciertamente con la responsabilidad, y es la respuesta que explica aquello que en el mismo artículo llamó la paradoja de la época relacionada con el sujeto. Esa misma respuesta explica también la peligrosidad de la grieta política que genera la dicotomía entre psicoanálisis puro y psicoanálisis aplicado. En esa grieta pueden escudarse, dentro del psicoanálisis y silenciosamente, los mismos temores que generan la infatuación del gran público. No es fácil sostener al sujeto todo el tiempo, con su particularidad y sus enigmas. Más nos vale estar advertidos de las grietas y repetir el epígrafe de esta página, que constituye a su vez la última línea de la Ética de Spinoza.


[1] Y arduo debe ser lo que tan raramente se encuentra.


Sebastián Alejandro Digirónimo