Retratos contemporáneos 2 -El ilustrador-

El ilustrador

La luna oscura reveló su silueta entre las sombras de los árboles. Caminábamos tranquilos, en una noche de verano. La idea de las caminatas era hablar, no caminar. El camino era la excusa que justificaba el espacio y la pausa para pensar, para poder tener un lugar de descanso y silencio, y pensamiento.

De repente mi estimado acompañante me miró, y me propuso que pensáramos en quienes nos rodeaban y que los imagináramos como personajes, y que con ellos escribiéramos un relato. Yo atiné a responderle que pocos hombres alcanzaban el grado de humanidad que tenían algunos personajes y que a veces aquellos creados por la pluma de un poeta eran mucho más interesantes y vivos que otros que pululan por la tierra y respiran el aire que los vivos respiran. Me sonrió y asintió, pero a su vez agregó: “No importa, tomemos lo que nos ofrece la carne y agreguemos vida con la pluma.”

He aquí lo que le dije: Hubo una vez un joven que lo tuvo todo, fama, dinero, salud, talento. Mas ese joven no supo combinar eso que poseía con la vida, con la vida de hombre. Se acercaba a la mitad del camino de la vida, pero su cuerpo frágil no lo reflejaba. Su rostro inmaculado no había sido alcanzado por el cruel tiempo.

Vivía en una gran casa a la que había accedido por medio de su madre, una mujer trabajadora y ostentosa. Vivía con su novia de toda la vida, una jovencita de piel blanca y transparente. La vida le sonreía. Pero la vida es exigente y al joven debía llegarle, como a todo hombre, el momento en el que debe enfrentarse con ella. La vida exige e insiste. Da una estocada y tal vez permite recuperar algo de aliento para el próximo ataque, aunque a veces no ocurre de ese modo.

Nuestro amigo se encontró con la posibilidad de ser padre, y la sola mención de esa posibilidad lo horrorizó. ¿Por qué no esperar? ¿Por qué no disfrutar de lo que se tiene ahora? La paternidad asomó en fecha cercana a su matrimonio. Él pensó que su matrimonio debía ser como era su noviazgo: viajar, distraerse, seguir con la vida como había sido siempre. Pero no había pensado en la mujer que estaba a su lado.

Tal vez ella no deseaba lo mismo que él, y de hecho era así. Ella soñaba con formar una familia, su propia familia. Tener sus hijos, su casa, su vida. Y él en cambio, no quería dejar de ser el niño de su madre.

Como era de esperarse en estos casos, la mujer dejó al niño. Pues era un niño, no un hombre. El niño corrió a brazos de su madre, que encolerizada blasfemaba y maldecía a quien había herido a su hijo.

El niño continuó dibujando, su talento opacado por su capricho no era el de antes. Tal vez su talento nunca se mostró en su plenitud, pues su madre siempre lo aconsejaba al respecto, y él la escuchaba. Cómo no escucharla si ella lo sabía todo, y él al escucharla también lo sabía todo. No tenía dudas al respecto, era algo claro y distinto.

El ilustrador no sólo iluminaba las hojas blancas con sus dibujos, también creía iluminarnos a todos con su sabiduría.

Pobre niño, tal vez algún día descubra que hubo un momento en el que se le ofreció la oportunidad de ser hombre y él corrió tras la falda de su madre.

 

Cuento perteneciente a Treinta monedas de plata (inédito) escrito por Ma. de las M. B. Ávila y Sebastián A. Digirónimo

Retratos contemporáneos 1 -La Máscara-

La máscara

Su figura, dibujada a lo lejos, rápidamente se acercó. Su paso era inigualable. Iba de una calle a otra, casi sin detenerse, debía comprarlo todo. Era una mujer bella, de rasgos delicados, de sonrisa contagiosa y encantadora. Cual muñeca de porcelana, vestía elegantemente, y hasta el último detalle de su atavío había sido calculado. Sin dudas su presencia no podía esquivar la mirada de los hombres que había alrededor, y tampoco la de algunas mujeres que transformaban el halago en envidia. No obstante, detrás de todo ese aspecto había un vacío cuidadosamente guardado, algo oculto a esos ojos voraces.

Ella parecía de esas mujeres que todo lo saben, cómo hacer las cosas, cómo hacer que otros se sintieran a gusto. Y allí en ése pequeño detalle radicaba aquello que yo consideraba un gran problema: en ese vivir para procurar responder a lo que pretendían los demás, a aquello que según ella se esperaba. Porque en ella no había nada que la distinguiera, no había nada que le perteneciera, o había en todo caso pura apariencia, y claro eso era bien visto por todos, pero no por mí. Es que yo quería ver cómo era ella en su verdad más pura, y no era posible. Nunca logré descifrar si eso que tanto yo odiaba era lo que la definía, o si ese vacío extraño, que intentaba ocultar, era propio de las mujeres. Ella era toda una máscara, y yo no la conocía. Sólo ese aspecto exterior me entregaba.

En las reuniones se perdía entre la gente y hablaba de todo tipo de temas, siempre con respuestas preparadas, para causar buena impresión. En la casa siempre estuvo impecable. Nunca pude disfrutar de su piel sin maquillaje, pues apenas comenzaba el día rápidamente pintaba sus labios, su piel, arreglaba su cabello. ¿Para quién te arreglas?,  –le pregunté una vez– “A mí me gusta estar así”, me dijo.

La observé mucho tiempo tratando de encontrar algo que pudiera explicarme de alguna forma su comportamiento, pero lo único que descubrí fue que se arreglaba para alguien que no estaba, como si alguien la estuviera mirando todo el tiempo. Ella cargaba con sombras, y su maquillaje la disfrazaba.

Hoy la vi por la calle, iba corriendo de un lugar a otro. Nuestras vidas se separaron, pero sigo mirándola intrigado. Al verla correr de local en local, al ver sus gestos, no puedo dejar de pensar para quién los hace… pero esa pregunta no tiene respuesta, pues ella misma no sabe lo que hace, y los demás… bueno, los demás son felices con ese espejo que ella les devuelve

Cuento perteneciente a Treinta monedas de plata (inédito) escrito por Ma. de las M. B. Ávila y Sebastián A. Digirónimo