El ilustrador
La luna oscura reveló su silueta entre las sombras de los árboles. Caminábamos tranquilos, en una noche de verano. La idea de las caminatas era hablar, no caminar. El camino era la excusa que justificaba el espacio y la pausa para pensar, para poder tener un lugar de descanso y silencio, y pensamiento.
De repente mi estimado acompañante me miró, y me propuso que pensáramos en quienes nos rodeaban y que los imagináramos como personajes, y que con ellos escribiéramos un relato. Yo atiné a responderle que pocos hombres alcanzaban el grado de humanidad que tenían algunos personajes y que a veces aquellos creados por la pluma de un poeta eran mucho más interesantes y vivos que otros que pululan por la tierra y respiran el aire que los vivos respiran. Me sonrió y asintió, pero a su vez agregó: “No importa, tomemos lo que nos ofrece la carne y agreguemos vida con la pluma.”
He aquí lo que le dije: Hubo una vez un joven que lo tuvo todo, fama, dinero, salud, talento. Mas ese joven no supo combinar eso que poseía con la vida, con la vida de hombre. Se acercaba a la mitad del camino de la vida, pero su cuerpo frágil no lo reflejaba. Su rostro inmaculado no había sido alcanzado por el cruel tiempo.
Vivía en una gran casa a la que había accedido por medio de su madre, una mujer trabajadora y ostentosa. Vivía con su novia de toda la vida, una jovencita de piel blanca y transparente. La vida le sonreía. Pero la vida es exigente y al joven debía llegarle, como a todo hombre, el momento en el que debe enfrentarse con ella. La vida exige e insiste. Da una estocada y tal vez permite recuperar algo de aliento para el próximo ataque, aunque a veces no ocurre de ese modo.
Nuestro amigo se encontró con la posibilidad de ser padre, y la sola mención de esa posibilidad lo horrorizó. ¿Por qué no esperar? ¿Por qué no disfrutar de lo que se tiene ahora? La paternidad asomó en fecha cercana a su matrimonio. Él pensó que su matrimonio debía ser como era su noviazgo: viajar, distraerse, seguir con la vida como había sido siempre. Pero no había pensado en la mujer que estaba a su lado.
Tal vez ella no deseaba lo mismo que él, y de hecho era así. Ella soñaba con formar una familia, su propia familia. Tener sus hijos, su casa, su vida. Y él en cambio, no quería dejar de ser el niño de su madre.
Como era de esperarse en estos casos, la mujer dejó al niño. Pues era un niño, no un hombre. El niño corrió a brazos de su madre, que encolerizada blasfemaba y maldecía a quien había herido a su hijo.
El niño continuó dibujando, su talento opacado por su capricho no era el de antes. Tal vez su talento nunca se mostró en su plenitud, pues su madre siempre lo aconsejaba al respecto, y él la escuchaba. Cómo no escucharla si ella lo sabía todo, y él al escucharla también lo sabía todo. No tenía dudas al respecto, era algo claro y distinto.
El ilustrador no sólo iluminaba las hojas blancas con sus dibujos, también creía iluminarnos a todos con su sabiduría.
Pobre niño, tal vez algún día descubra que hubo un momento en el que se le ofreció la oportunidad de ser hombre y él corrió tras la falda de su madre.
![By Hendrik Claudius (c1655-c1697) [Public domain], via Wikimedia Commons](http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/3/31/Hendrik_Claudius05.jpg)
Cuento perteneciente a Treinta monedas de plata (inédito) escrito por Ma. de las M. B. Ávila y Sebastián A. Digirónimo
