El sonido de los gritos era espantoso. No sabíamos qué estaba ocurriendo, sólo lo podíamos imaginar. Se habían llevado a los niños, y luego gritos, sólo gritos. En lo alto de la montaña se veía la silueta tenue de las sombras de los niños, también las de ellas. Y se oían los gritos…
Se habían acercado simulando una forma humana, pero en ellas había algo que no estaba bien: sus ojos no eran como los ojos de los demás; había algo oscuro, inefable…
Creí percibir malicia, pero no hice nada y sólo observé. Y de repente se los llevaron, los tomaron uno por uno y desaparecieron.
A esos clamores infernales, que provenían de lo alto de la montaña, les siguió el silencio. No sabíamos qué era más aterrador, si el estruendo amargo de los llantos o el vacío ensordecedor del silencio. Fijamos nuestra mirada en ese oscuro lugar, y con el cuerpo colmado de angustia, advertimos que regresaban, pero sin el simulacro, con su forma verdadera en la piel. Sus cuerpos semejantes a cadáveres ya secos y grises y viejos; sus ojos cargados de vacío. Ellas flotaban en el aire, en sus agujas, esas mismas que clavaron en el cuerpo de los niños.
Nos destruirían otra vez.
Comencé a gritar. Creí que ahora algo podría hacer, aunque más no fuera gritar. Ellas oyeron el sonido y gritaron más fuerte. Las mujeres que lloraban conmigo me acompañaron con los gritos, y generamos un canto. A ellas les dolía ese sonido. No era fácil, teníamos miedo. Mi voz temblaba. Después de un instante, cargado de eternidad, se fueron. Y fue en ese momento que ocurrió lo más horroroso: el sollozo de los niños se hacía cada vez más fuerte. Los vimos aparecer, meciéndose en el aire, con las agujas atravesadas en sus cuerpos, gimiendo por el dolor. Las agujas finas y diabólicas, dos en cada uno de los niños, cortaban sus carnes de un brazo a otro, y de los pies al cuello. Ellos lloraban, crucificados en agujas.
Todas las madres, todas las mujeres que estábamos allí en medio del campo, miramos hacia el cielo, ese negro cielo, y los niños se acercaron, poco a poco. No sabíamos qué hacer, ¿cómo seguir mirándolos? Un dios piadoso nos hubiera permitido arrancarnos los ojos.
Algunos de los hombres creyeron que era una de las señales del fin. El día en que todo se detendría. El día en que los hombres ya no contarían vanamente el paso del tiempo y por fin desaparecerían. Yo sólo pude llorar.
Ma. de las M. B. Ávila
Sebastián A. Digirónimo