Relatos atávicos 2 -La valkyria-

–El campo de batalla se veía enrojecido por la sangre. Tanto de un lado como del otro, las vidas perdidas eran muchas. La guerra había sido inevitable, y por eso luchamos. Pero también porque en nuestra raza y en nuestros espíritus, el coraje y la bravía se imponen sobre cualquiera otra pasión. No podíamos dejar que los otros tomaran nuestros campos, nuestras casas, nuestras mujeres y nuestros niños. Los dioses nos protegerían, pues la lucha era un tributo a su existencia.
Pero luego, en medio de la lucha feroz establecida entre los hombres, el guerrero que pronunció esas palabras sucumbió ante el filo de una espada. Una vez en el suelo, Gunnar, guerrero de guerreros, fue perdiendo esa confianza en el destino que esperaba. La muerte se acercaba, con paso firme, y Gunnar, con los ojos teñidos por el dolor y la sangre y la impotencia, pensó que los dioses lo habían abandonado, pensó que los dioses no existían, creyó que todo era una quimera que hacía posible soportar la vida y la muerte.
Mientras su mente se enredaba, oyó un sonido familiar, la agitación del pisar de un caballo. Le pareció extraño, no había visto guerreros con caballos en la lucha. El sonido aumentaba su intensidad, hasta hacerse claro e inconfundible, era un jinete el que se acercaba, y se acercaba hacia él. Gunnar, el descalzo, era uno de los más temibles guerreros de la región, con sólo oír su nombre la tierra se estremecía; pero al oír ese sonido fue Gunnar el que tembló. No por la muerte, que se acercaba a su lecho de tierra y era inevitable, tampoco por el dolor, al que se había acostumbrado, sino por no saber qué era eso ni qué pasaría luego. Lo inesperado de ese sonido, calmo y extraño en medio de los gritos del campo de batalla, lo asustaba.
Abrió los ojos con dificultad, para ver al jinete, pero no supo bien qué veía, ya no podía confiar en sus ojos. Una mujer, de cabellos oscuros, en medio del campo de batalla. Lo miró y sonrió.
Gunnar el descalzo, en ese momento fatal, supo que los dioses lo amaban.

La cabalgata de las valkyrias

Cuento perteneciente a Treinta monedas de plata (inédito) escrito por Ma. de las M. B. Ávila y Sebastián A. Digirónimo

Relatos atávicos 1 -Los gritos-

El sonido de los gritos era espantoso. No sabíamos qué estaba ocurriendo, sólo lo podíamos imaginar. Se habían llevado a los niños, y luego gritos, sólo gritos. En lo alto de la montaña se veía la silueta tenue de las sombras de los niños, también las de ellas. Y se oían los gritos…
Se habían acercado simulando una forma humana, pero en ellas había algo que no estaba bien: sus ojos no eran como los ojos de los demás; había algo oscuro, inefable…
Creí percibir malicia, pero no hice nada y sólo observé. Y de repente se los llevaron, los tomaron uno por uno y desaparecieron.
A esos clamores infernales, que provenían de lo alto de la montaña, les siguió el silencio. No sabíamos qué era más aterrador, si el estruendo amargo de los llantos o el vacío ensordecedor del silencio. Fijamos nuestra mirada en ese oscuro lugar, y con el cuerpo colmado de angustia, advertimos que regresaban, pero sin el simulacro, con su forma verdadera en la piel. Sus cuerpos semejantes a cadáveres ya secos y grises y viejos; sus ojos cargados de vacío. Ellas flotaban en el aire, en sus agujas, esas mismas que clavaron en el cuerpo de los niños.
Nos destruirían otra vez.
Comencé a gritar. Creí que ahora algo podría hacer, aunque más no fuera gritar. Ellas oyeron el sonido y gritaron más fuerte. Las mujeres que lloraban conmigo me acompañaron con los gritos, y generamos un canto. A ellas les dolía ese sonido. No era fácil, teníamos miedo. Mi voz temblaba. Después de un instante, cargado de eternidad, se fueron. Y fue en ese momento que ocurrió lo más horroroso: el sollozo de los niños se hacía cada vez más fuerte. Los vimos aparecer, meciéndose en el aire, con las agujas atravesadas en sus cuerpos, gimiendo por el dolor. Las agujas finas y diabólicas, dos en cada uno de los niños, cortaban sus carnes de un brazo a otro, y de los pies al cuello. Ellos lloraban, crucificados en agujas.
Todas las madres, todas las mujeres que estábamos allí en medio del campo, miramos hacia el cielo, ese negro cielo, y los niños se acercaron, poco a poco. No sabíamos qué hacer, ¿cómo seguir mirándolos? Un dios piadoso nos hubiera permitido arrancarnos los ojos.
Algunos de los hombres creyeron que era una de las señales del fin. El día en que todo se detendría. El día en que los hombres ya no contarían vanamente el paso del tiempo y por fin desaparecerían. Yo sólo pude llorar.

Cuento perteneciente a Treinta monedas de plata (inédito) escrito por Ma. de las M. B. Ávila y Sebastián A. Digirónimo