El Silencio y la Palabra

Carlyle ha señalado que grande es la Palabra pero más grande es el Silencio, escritos así, con mayúsculas. Recuerdo también los nombres de Maeterlinck, Papini, Unamuno, Chesterton, Frost, pero mencionar nombres es tarea vana. Lo cierto es que las grandes ideas surgen sólo de los grandes silencios. Octavio Paz también lo ha escrito con buena y silenciosa pluma: «Al desvalorizar el silencio, la publicidad ha desvalorizado también el lenguaje. Uno y otro son inseparables: saber hablar fue siempre saber callar, saber que no siempre se debe hablar.»

No todos han parado mientes en un hecho claro: las grandes obras no se gritan, se susurran, pues nacen del silencio y la soledad, que son la tierra propicia para que crecieran palabras verdaderamente grandes y plenas; ni formas vacías, ni ensordecedor bullicio.

Tampoco la poesía se hace con ruido y grito. La poesía es ritmo susurrado. Hay que hacerse poetas y susurrar silencios. Hay que acallar al menos por un momento los gritos bulliciosos que asfixian a los hombres actuales, más sombras que hombres.

Borges escribió alguna vez un poema titulado “Midgarthormr.” Si Borges, como canta en sus silenciosos versos, verdaderamente soñó con aquella víbora nórdica que abarcaba todo el universo

          Hacia el alba lo vi en la pesadilla.

hay que decir algo sobre cómo la pesadilla puede transformarse en poesía cuando le llega a un verdadero poeta. Cuando le llega al hombre común, en cambio, no pasa de convertirse en un mero grito.

Y el tejido verbal del poema es lo contrario que un grito. Uno de los problemas actuales es que cada vez hay menos poetas y cada vez gritan más las sombras que pasan por la tierra. Gritan las sombras actuales, y viven en constante pesadilla, aunque la mayor parte del tiempo no lo saben. Los gritos de las sombras son, al mismo tiempo, el resultado y la génesis de las pesadillas. Se trata, entonces, de un grito circular que, como la enorme serpiente nórdica, se muerde la cola.

Lo repetiré una y mil veces: ¡hay que hacerse poetas!

Hay dos sombras particularmente bulliciosas. Allí están los chillidos de los hombres prácticos y, mezclados con ellos, los gritos razonados de los eruditos sin alma. Y casi no se distinguen unos de otros; el ruido que producen es similar porque viven sumergidos en similares pesadillas.

Las sombras temen el silencio porque en él corren el peligro de encontrarse consigo mismas. Las sombras temen callar y temen detenerse. Corren y gritan y vuelven a correr. Huyen del silencio y de la soledad y de la tierra. Corren hacia el bullicio y el hacinamiento y el asfalto. Allí no corren peligro de comprometerse con nada y saben que no deberán enfrentar lo que ellas mismas son.

Las sombras, además, en su alocada carrera, generan montañas de pedantería. Es lo que ocurre cuando se le falta el respeto al lenguaje. Y, como lo señalaba Paz o el poeta que fuere, es una falta de respeto para con el lenguaje la voluntad de abolir el silencio. Grande es la Palabra, pero más grande es el Silencio. Grande es la Palabra que nace del Silencio.

La primera de las enseñanzas que debería ofrecérsele al joven que intentara caminar los arduos senderos de la poesía es la enseñanza del silencio. Debemos aprender a callar.

En la decimosexta noche de las mil y una está la ciudad, llena de oros, cuyos habitantes fueron convertidos en estatuas de piedra negra. Se trata de una maldición con aires de bendición: los bulliciosos habitantes que amaban las riquezas pudieron por fin, convertidos en estatuas de piedra negra, oír las maravillas del silencio. Quizá en las sociedades actuales y globales podríamos olvidar por un momento la loca carrera hacia la riqueza y oír el silencio sin tener que convertirnos para ello en estatuas de piedra negra. Pero hay que hacer un esfuerzo hacia la poesía.

Los hombres prácticos se han convertido en consumidores consumidos. Han perdido la subjetividad. Ellos son los primeros que no oyen el silencio. Son los primeros que le faltan el respeto a la palabra y al lenguaje. Son los que desprecian a la poesía y temen a los poetas.

Hace un tiempo discutía con un hombre práctico acerca de la lectura. Nunca se llegó a constituir el diálogo, porque para que hubiera diálogo hay que saber guardar silencio, por lo menos por un rato. Yo oía lo que me decía, pero él no quería oír mis respuestas y mis argumentos. Dijo, sin detenerse casi nunca, que cuando se ha adquirido el hábito de la lectura se lee todo lo que cae bajo los ojos. ¡No!, respondí vanamente, ¡nada de eso! La lectura verdadera tiene que ver con la cuidadosa selección de lo que se lee. Y la selección tiene que ver con el silencio.

Entonces, cuando el hombre práctico se alejó, todavía hablando sin parar y por eso sin haber permitido el diálogo, después de haber cruzado dos monólogos que nunca se rozaron siquiera, yo fui, casi por azar, a revisar uno de los volúmenes de Alfonso Reyes. Reyes escribía muy bien, siempre es un placer leerlo. Escribía silenciosamente, susurrando las palabras, respetándolas tanto como al silencio. Entonces releí, con placer, un artículo que se titula “De Virgilio, considerado como fantasma.” Ese artículo termina con esta silenciosa frase escrita entre paréntesis: «¡Dulce y melancólico Virgilio, poeta de éxtasis y lágrimas: lo que han hecho de ti los hombres!»

El nombre de Virgilio puede sustituirse. La misma frase puede usarse con casi todos los poetas y, ciertamente, con la poesía toda y con el silencio. ¡Lo que han hecho de ti los hombres!

Cada vez más ruido se acumula alrededor de las obras silenciosas. Cada vez más gritos sobre los silencios de los poetas. La cultura de consumo es el ruido sobre el silencio de los poetas. La publicidad de las obras ha sido uno de los motivos de ello. Todos conocen la existencia de la Odisea, aunque no la hubiesen leído nunca, pero lo peor está en que todos creen poder opinar acerca de ella. Y se han olvidado de degustar las obras. Se han olvidado de la poesía.

Dos tipos de hombres atentan fundamentalmente contra el silencio en la cultura de consumo: los hombres prácticos y los eruditos sin alma.

Algunos ejemplos, elegidos al azar entre miles, pueden ahora servirnos.

Ocurre casi todos los días. Hace unas horas llegó a mis manos un artículo en el cual alguien pretendía hacer crítica y hacía sólo eso que consideran crítica las masas actuales. En ese artículo se veía con claridad que su autor no había leído esa obra de Oscar Wilde tan bella que se titula El crítico como artista ni tampoco La decadencia de la mentira. Él diría, sin embargo, que sí las leyó, pero demuestra con sus propias líneas que, si pasó los ojos por las páginas de Wilde, no llegó nunca a leerlas. No hizo el silencio necesario para la lectura verdadera. Para pesar de la mayoría, queda expuesta en las críticas la propia alma del crítico de turno. O podríamos decir que no queda expuesta, porque en general no la tienen. Entonces lo único que demuestran es que no tienen alma, por lo tanto no pueden crear nada, por lo tanto no son artistas, por lo tanto sus críticas no son críticas: son meras opiniones de zafios pedantes.

En este caso el crítico intentaba desmerecer algunas ideas de Auden. Intentaba desmerecer ideas de poetas con argumentos de necios. Un ejemplo más de cómo los poetas se convierten con facilidad en espinas que los pánfilos espirituales intentan arrancarse de la manera que fuera. Cada idea poética del poeta era retrucada por una opinión necia del necio de turno. Nada nuevo bajo el sol, ciertamente.

Otro ejemplo que se repite de tanto en tanto. Varias veces oí la misma conversación. Sus protagonistas fueron siempre distintos, aunque tenían una característica común: eran hombres prácticos. En esa conversación repetida consideraban que la letra de Góngora o de Quevedo es letra muerta, y que lo que se escribe en la actualidad está mucho más vivo.

-¿Cómo no va a estar mal la educación si a los alumnos los obligan a leer a Quevedo y no a Fulano? – dijo uno de ellos.

Se trataba de un pedagogo de escuela secundaria. ¡Pobre! ¿Cómo no va a estar mal la educación si está en sus manos?, podemos decir para ira de algunos pedantes. Pero es que no veía lo más importante que había en su propia frase. El problema está en la obligación. Hay que enseñar a sentir la poesía, de nada sirve leerla por obligación. Y sólo puede enseñar a sentir la poesía quien supiera sentirla, es decir un poeta, alguien que hubiera hecho un esfuerzo hacia la poesía, alguien que supiera respetar al lenguaje. Entonces sólo puede enseñar a sentir la poesía quien respetara el silencio. El pobre no veía que nada cambiaría si obligaran a alguien, niño o adulto, a leer al Fulano contemporáneo. Empeorarían las cosas, sin embargo, porque el Fulano contemporáneo es, casi siempre, mucho más pequeño que Quevedo o Góngora.

Queda claro que para el pobre pedagogo está mucho más vivo un seudo poema contemporáneo cualquiera que, por ejemplo, una bella décima de Góngora famosa en otros tiempos. Es que los muertos son incapaces de entender qué es la vida, y creen que ella es sinónimo de novedad. Lo vivo es lo nuevo, piensan sin pensar. Creen que el pasado está muerto sólo por ser pasado. Creen también que el vecino de la esquina está más vivo que el Quijote.

Pero conviene evitar el ruido de esos pequeños personajes y de sus poquedades. Mejor oír el silencio de los otros hombres que han sabido sentir la poesía.

          Si quiero por las estrellas
          saber, tiempo, dónde estás,
          miro que con ellas vas
          pero no vuelves con ellas.
          ¿Adónde imprimes tus huellas
          que con tu curso no doy?
          Mas, ay, qué engañado estoy,
          que vuelas, corres y ruedas;
          tú eres, tiempo, el que te quedas,
          y yo soy el que me voy.

¡Pobres los que pierden el tiempo creyendo que en el pasado no puede haber grandeza y por eso viven de las sombras y los humos del presente!

Pero sobre la ilusión de la actualidad podrían multiplicarse los ejemplos casi ad infinitum. Basta uno solo que llegó por haber mencionado al Quijote. Ocurrió en una de las tantas salas que en la ciudad de Buenos Aires se llenan cada tarde con la cultura de consumo. Fue una tarde transcurrida con Cervantes y el Quijote.

Allí apareció en todo su esplendor esa ilusión, una de las mayores de la actualidad, que es la que ensalza esa misma actualidad. “Lo último es lo mejor porque es último”, reza. “Aunque siempre vivimos en error, hoy ya no, y hay algunos que todavía no reconocieron la verdad”, sigue diciendo. Y se desliza en forma tan sigilosa, que ni la descubre el mismo que la profiere, y llega a declararse contrario a ella mientras, sin embargo, es su esclavo. Claro, el que grita no oye que se acerca la ilusión por culpa de sus propios gritos.

La sala estaba casi llena y hablaba el hombre de los formalistas rusos, o de los estructuralistas, o de alguna corriente apenas surgida, o quizá de alguna que vendrá (o hablaba de quien fuere, de cualquier ismo insulso), y decía que habían pensado en el Quijote de una manera que enervaba a los cervantistas. “El Quijote, como personaje, sería un procedimiento para encadenar las distintas historias dispersas de la novela, casi como Schahrazada en Las mil y una noches”, decía. “Ya no sería ese tesoro de valores humanos elevados que solían ver algunos y que, algunos profesores universitarios, todavía hoy, consideran como el sentido último de la novela”, proseguía. ¡Y ahí se deslizó la ilusión! “Todavía hoy”, dijo; “¿cómo puede ser que todavía hoy dijeran algo así, algo tan viejo?”, quiso decir pero se contuvo con gran esfuerzo.

Lo último es lo mejor. ¿Pero tesoro de valores humanos o procedimiento maquinal? Al hombre le faltó algo para poder pensar sobre el Quijote. Algo sencillo. Algo intangible. Algo escaso. Le faltó la poesía. Ya otras tardes había demostrado que le faltaba talento y sentido estético, pero sobre todo le falta fe poética. Le falta silencio. El hombre no es escritor y menos poeta. El hombre es erudito, y algunos pocos que lo oyeron debieron decir, para sí mismos, aquello de Unamuno: eruditos, ¡a la esfinge!

Ni tesoro de valores humanos ni procedimiento maquinal. Ambas hipótesis no hacen más que olvidar lo que los hombres que las sostienen no conocen: la poesía. Ambas hipótesis harían del Quijote un hijo concreto de la voluntad de Cervantes, como si él hubiera sabido desde la primera palabra que desgranó su pluma hacia dónde se movería en la palabra siguiente. Como si el Quijote fuera el hijo de Cervantes y no Cervantes el hijo del Quijote. Ya lo dijeron los poetas. Ni tesoro de valores humanos ni procedimiento maquinal. Pero sí la posibilidad de que un Unamuno leyera en la novela de Cervantes algunas cosas que sólo los poetas podrían entender. Porque sólo los poetas miran a la esfinge a los ojos, y oyen el enigma que tiene para decirles. Y los eruditos quedan atrás, luchando por sostener la hipótesis última, que como es última es mejor (y hoy es A, pero mañana B, y después C, pero más tarde regresa A, porque ya la habían olvidado, y luego de nuevo B, y así…)

Los que reducen la literatura a la mera literatura creen que la poesía sólo sirve para que los eruditos hablaran de la poesía. Y en esto los eruditos son iguales que los hombres prácticos que nada quieren saber de la poesía ni de los libros ni de nada: si no pudieran hablar sobre la poesía, ella sería algo totalmente inútil. Y nunca la sintieron. Pero, pese a ellos, ningún fin útil será jamás más útil que la inútil poesía.

Y los eruditos, ¡a la esfinge!

*

Al no respetar el silencio los hombres desafilan las palabras. Quizá porque tienen miedo de cortarse con ellas. Pero más valdría sangrar un poco que la triste cobardía del caótico griterío. Palabras y sangre. Las palabras necesitan ser afiladas y lustradas. Hay que sacarles filo y sacarles brillo sin demasiados temores. Respeto no es temor. Lo demuestran los que las temen y, al mismo tiempo, no las respetan.

Convendría volver a respetar el Silencio y la Palabra y, por lo tanto, respetar la sentencia del filósofo: se debe hablar sólo cuando ya no hay derecho a permanecer callados.

¿Quiénes son los que mejor saben que la Palabra nace del Silencio? Los que están fascinados por el lenguaje y por su reverso: los poetas. Son los poetas los que exploran continuamente, asombrados, alegres, osados y respetuosos, las lábiles fronteras que hay entre lo que la palabra dice y lo que calla. Entonces otra vez, y con más arrebato que nunca, repetimos nuestra necesidad más actual: ¡hay que hacerse poetas! El poeta es, entre los hombres, el que mejor sabe callar.

De repente, al pensar en el Silencio y la Palabra, desde el silencio llegó este poema:

          El silencio con sus ecos llena la sala
          los ecos del silencio.
          Arduas voces comienzan el tejido
          vienen del otro lado, en los ecos del silencio
          tejen silencios de piedra.
          Gritan los hombres, se agitan:
          olvidan al silencio.
          Y olvidan a los poetas que son esos vagabundos
          del lenguaje y la palabra,
          de los ritmos y el silencio.
          Detrás de los gritos se oye, claro y nítido el silencio.
          Aprendamos a callar
          aprendamos del poeta
          oigamos las arduas voces que vienen del otro lado
          cerremos los ojos, se oye
          el silencio con sus ecos que llenan la sala.
          Los ecos del silencio: la poesía.

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13 thoughts on “El Silencio y la Palabra

  1. Felicidades, muy buen texto. Hoffmannsthal hizo silencio porque la incapacidad por hablar de ideas universales conduce a la imposibilidad de hablar de lo real. En ocasiones no se puede decir nada porque las palabras carecen de significado para referirse a los pensamientos y a las cosas. Es otra relación que se establece entre la palabra y el silencio.

    Atiko

    http://opusdiaboli.wordpress.com

  2. El silencio nos dice, como se dice lo que actúa por sustracción.
    En peligrosa y bendita vecindad, la poesía y el silencio se traducen mutuamente.
    La mímica de un gesto detenido, un transcurrir o un detenimiento, dulces como lo que calla el atardecer.

  3. Hola S.A.D. y Aqueos:

    El rigor de su argumentación se embellece con un ritmo suave y un murmullo poético casi mágico.

    El círculo virtuoso de Silencio y Palabra debe construirse fomentando ambos por igual. Cualquier desequilibrio truncará el proceso de aprendizaje y creación.

    Comprender y ejecutar este convencimiento requiere de esfuerzo de conciencia y también de disciplina. Por ello, sólo unos cuantos lograrán alcanzar esta madurez.

    La masa humana ni siquiera sospecha estas ideas. Corre cual turba por el mundo, buscando destacar a cualquier precio.

    Saludos.

    Rafael Frias

  4. En concreto este artículo, en lo que se refiere a nombrar nombres, me hizo rememorar la disquisición ontológica de Locke sobre las esencias nominales y las esencias reales. Aunque con el silencio, yo creo que también se habla. El silencio es acción como lo es mentir. El derecho a estar callado es la imposición a los demás de estar atentos a ese preciso silencio. Enhorabuena por tus palabras.
    Saludos.

  5. Como es habitual en este sitio, y en tanto lector, no puedo escapar al impulso de comentar algunos de los textos publicados. A este, en particular, lo comprendo perfectamente: me molesta la bullanguería vacía de contenido, los silencios son fascinantes cuando uno escucha los sonidos de la naturaleza, y no es que las palabras sean malas en sí mismas, sino que en algunos casos son innecesarias, surgen sólo como producto de la necesidad de quien las pronuncia. Más, ¡cuidado! que ciertos silencios en algunas circunstancias resultan ser agresivos, tal vez más aun que las palabras.

  6. Les comparto las palabras de otros “fascinados por el lenguaje y por su reverso”:

    Clarice Lispector : “Hay un gran silencio dentro de mí. Y ese silencio ha sido la fuente de mis palabras…”.

    Henri Michaux: “En mi música hay mucho silencio. Hay sobre todo silencio.
    Hay ante todo un silencio que tiene que ocupar un lugar.
    El silencio es mi voz, mi sombra, mi llave… signo que no me agota que en mí se nutre.
    Se extiende, se despliega, me bebe, me consume. Mi enorme sanguijuela en mí se acuesta.”

    Un saludo, Mónica Pía

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