La peste

Las ratas sigilosas corrían por la ciudad y en sus cuerpitos evasivos portaban la peste. Las gentes en las ciudades morían, y la sangre lo cubría todo. Las medidas que tomaron las instituciones en ese momento fueron aquellas que corresponden a las de la selección y el encierro: los enfermos quedaban separados, se los controlaba, se controlaba cualquier señal o signo que indicara la contaminación.

Hoy, entre los peligros que nos acechan (y que son muchos y de variada naturaleza) ya no está la plaga. Hoy nos acecha una nueva peste: la depresión.

Ensayemos el sarcasmo: ¿cómo es posible que con todos los objetos que tenemos hoy al alcance de la mano para ser felices la gente se deprimiera?

¡Ah! ¡Qué cuestión! Es que el sujeto quiere ser único, quiere que se le reconozca su particularidad y a veces lo único que le queda, en este mundo feliz, es la tristeza. Pero la tristeza y la depresión no son lo mismo. No claro, que no. Pero para la industria farmacéutica sí son lo mismo. Para el mercado sí son lo mismo. Porque una persona triste o deprimida no trabaja igual. No gana suficiente dinero, no consume los magníficos productos que nacen todos los días para la felicidad de los hombres.

La psiquiatría, que hoy no es ni la sombra de lo que supo ser en sus comienzos pues ha perdido la clínica, se ha sometido a este nuevo amo que le indica la luz en medio de la oscuridad. Y sigue todos esos preceptos que sólo cubren la superficie de las cosas, nunca su esencia. Por ello determina que la depresión consta de una serie de signos y síntomas que cualquiera puede descubrir con un poco de entrenamiento, ya sea la madre preocupada por su pequeño niño, o la maestra, cuya función se transforma cada vez más en producir mejores consumidores.

Ya no hace falta un experto, pues cualquiera reconoce las señales (para eso están los manuales), y cualquiera podrá acercarse a la farmacia vecina para comprar el medicamento que cura la tristeza, o la depresión (pues para ellos es lo mismo.)

Al leer las noticias que se divulgan todos los días se encuentran siempre los nuevos descubrimientos de la ciencia (la nueva, la de los que se hacen llamar científicos y creen que esa denominación les alcanza para obtener la validez de sus afirmaciones.) Y los descubrimientos consisten en algo semejante al encuentro de un niño con el supuesto movimiento del sol. Los investigadores norteamericanos son el ejemplo claro de ello: descubren el sol y la luna casi todos los días. Y para peor lo publican orgullosos y los medios de comunicación, que son cada vez más unos ecos vacíos que creen que todo lo que viene del país del norte es lo mejor que hay en el universo, lo dispersan por el mundo.

Pero la plaga continúa. Ya hay píldoras para la felicidad, para el olvido, para dormir despierto, para no sentir nada, y la plaga continúa.

Las medidas que se toman son semejantes a las de aquellas épocas oscuras en las que los roedores traían la peste. Pero ya no hace falta el encierro, es la reunión de la selección y la exclusión la que dirige el orden. Ahora todos cuentan con las herramientas para detectar la depresión, pues es una cuestión preventiva que todos conocieran cuáles son las señales a las que hay que prestar atención. Y si por casualidad alguien está triste porque ha perdido algo importante y porque entrevió esa muerte que el mercado se obstina en negar, no puede estar mucho tiempo así. Porque ya no hay quien lo soportara, no hay quien lo sostuviera. Esa persona es un peligro, para sí misma y para los demás. Porque los demás no soportan ver el dolor y la tristeza y eso que es inevitable en la vida. Hay que ser felices, ¿o acaso aún no lo entendemos?

(Estas pocas palabras tratan de explicar un tema que es sumamente complejo en un espacio efímero. El problema que implica la medicación de todo lo humano por intereses encontrados entre la industria farmacéutica y los ideales modernos no debe ignorarse.)

En el año 1926, en París, Alfonso Reyes escribió un largo poema titulado “El hombre triste.” Trascribo a continuación los dos primeros versos y los cuatro últimos.

Basta leer a Plinio el Viejo para saber que la vida empieza con llanto
Otros dicen que acaba mejor: no me atrevo a asegurar tanto

[...]

Vivía tan temeroso, que ya nunca osaba abrir una puerta.
¡Y tan olvidado de todo, que ignoraba el nombre de todos los árboles de su huerta!
Yo me empeñaba en vano, predicándole hora tras hora,
porque en verdad, bajo el sol, no hay ninguna razón seria para consolar a un hombre que llora.

Acerca de Aqueos

Mercedes Ávila Psicoanalista. Escritora de relatos breves, cuentos y poesía en prosa. Amante de la mitología nórdica.

5 pensamientos en “La peste

  1. Estimada AQUEOS.
    Pienso en Kierkeggard y la angustia como vértigo ante la libertad. En los existencialistas y la angustia como posibilidad, como llamado que el ser le hace al sujeto.
    No cotiza en bolsa. El empleado del mes no debe hacerse preguntas que pongan en jaque un orden que cada día lexotaliniza al Dioniso potencial de cada ser humano.
    Pienso en Artaud comparando la peste con esa fuerza que en lo extremo hace surgir el teatro en la vida misma, con sus gestos gratuitos y extremos, diciendo que es en vano una cultura que nunca ha alimentado a los hambrientos; antes del electroshock.
    Masas anestesiadas por otras masas anestesiadas donde el librepensamiento sería un virus.
    Eficiencia, joven emprendedor, etc. Publicidad de telefonía movil no anunciará: “se busca joven angustiado, desbordado de subjetividad y con preguntas acerca de la existencia”.
    Estamos clausurados por las respuestas y la efi-ciencia.

  2. Aqueos dice:

    Al escribir este pequeño artículo, tanto S.A.D. como yo pensamos en los efectos que podría tener. El primero que imaginamos fue el silencio.
    Y de hecho hubo bastante silencio, hasta que tus palabras dieron cuenta de tu posición de sujeto que no se conforma (que en este mundo es todo un milagro.)
    A las personas no les gusta hablar de lo verdaderamente importante. Quieren ser felices, aunque esa felicidad implique arrancarse los ojos.
    Tal vez seamos unos eternos tontos al escribir sobre la angustia, la tristeza, la poesía y la muerte.
    Sin embargo, cuánto mejor es ser como ese buen brahmín que Voltaire soñó en su cuento en lugar de ser como la vieja que creía ser feliz por ser inconsciente.

    Muy agradecida por tu visita y tus palabras.

    Aqueos

  3. aguilagriega dice:

    Hola Aqueos.

    Desde el lunes he leído este gran ensayo, pero no había encontrado los momentos para sentarme a comentar.

    No identifico estado más pleno que la tristeza. Ahí donde confirmo mi ser único y descubro mi origen. Ese mismo que se relaciona con la originalidad. Rozo el sentido de mi existencia. Y al hacerlo, lloro de emoción. Sobre todo, me inunda una tristeza tal que quisiera permanecer ahí por siempre.

    De la depresión no puedo hablar. Pues esa llega y la eludo con dinamismo. La tristeza -en cambio- la busco, pero me elude casi siempre. La encuentro solo en mi soledad, cuando estoy serio y dispuesto a llegar más allá. Me agota el camino, pero la recompensa es vasta.

    ¡Pobres hombres y mujeres que no saben disfrutar su tristeza; más desgraciados quienes nunca la han encontrado!

    Saludos.

    Rafael Frias

  4. Insomnia Delirata dice:

    Disculpadme si soy la voz discordante, entiendo y comparto que fácilmente se confunde tristeza con depresión, es frecuente oír “es que hoy estoy depre”, que se usa y abusa de las “pastillitas de la felicidad” o de todas esas otras que se siguen inventando para vernos rodeados de personas felices y productivas. Pero la depresión es una realidad para muchas personas, que no pueden soportar vivir cuando se da un paso más allá de la leve o profunda tristeza de la que, a veces, efectivamente hay que saber disfrutar, como fruto amable de melancolías lejanas.

    En cualquier caso, la verdad es que efectivamente creo que tienes razón con lo de la plaga, aunque mi comentario lo ha impulsado el hecho de que he visto a gente sufrir de verdad, realmente enferma.

    (Definitivamente, enlazamos tu blog entre nuestros preferidos.)

  5. Aqueos dice:

    Estimada Insomnia:

    Lo que intentamos señalar en el artículo es cómo actualmente la depresión se ha convertido en un concepto muy abarcativo, que termina incluyendo cuestiones que no tienen nada que ver con lo que podríamos llamar la verdadera depresión.
    La depresión es una realidad grave para muchas personas, ello es indiscutible.
    Ese proceso de convertir a la depresión en un nuevo estigma y diagnóstico para todos los casos hace que se pierda lo particular de cada sujeto pues no se lo mira, sino que se busca la lista de características en común que podría compartir con muchos otros, y se le aplica un tratamiento estandarizado.
    Por ello el sujeto, podría estar deprimido o tal vez sólo triste, pero borrado de su particularidad.

    Agradezco mucho tu comentario, y el espacio que has abierto para hablar de algo que tal vez no ha quedado demasiado claro en el artículo.
    Te envío cordiales saludos.

    Aqueos

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