Prisa y lectura

¡Ah, los tiempos que corren! Ya nadie lee ni nadie quiere leer.
Las noticias deben ser breves, no por un esfuerzo de síntesis y selección de palabras justas que relaten de la mejor forma lo que se quiere decir. Deben ser breves porque el lector está apurado, el tiempo corre, se escapa. Ese hecho se observa en los periódicos, también en las bitácoras (que son semejantes a los periódicos.)
El que escribe mientras tanto lucha también con el tiempo, porque sabe que hay cuestiones que exigen un esfuerzo y que ese esfuerzo no puede (ni debe) evitarse.
El escritor trata entonces de llamar la atención, con títulos extraños y sagaces. Trata de decir todo a veces sacrificando la poesía, el buen uso del idioma, a veces también el sentido.
Es atención esquiva y poco preocupada la del lector contemporáneo. Mira rápidamente, dos o tres líneas deben bastar para saber ya de qué trata el artículo, la entrada, la página, el libro.
Oscar Wilde se refirió a la capacidad de reconocer en pocas líneas la calidad de un escrito. Pero los lectores actuales no son ni críticos ni artistas, sólo desean entretenerse. Olvidar los males de la vida, olvidar la muerte, el sufrimiento.
Poe señaló alguna vez que la primera y la última línea de un escrito son las más importantes. Es el cuidado por la palabra el que denota la calidad de la obra.
Como alguna vez ya hemos mencionado, los argumentos se repiten eternamente. Lo que cambia es la forma, la manera en que cada artista se expresa y hace suyo el arquetipo.

¡Pero qué importa! Ya hemos escrito demasiado. Seguramente el lector nos ha abandonado, ha leído las primeras líneas y ha considerado que estas sólo son quejas. (Es probable que así sea.)
Tal vez estas líneas fueron escritas para el olvido, no obstante la belleza persistirá.

Retrato de Oscar Wilde (1882), por Napoleón SaronyOscar Wilde
 

Retrato de Edgar Allan Poe, por Oscar Halling Edgar Allan Poe

Líneas poéticas

He decidido trascribir unas pocas líneas de un poema de Jorge Luis Borges que se titula “La espera“, en ella la poesía surge en una serie arbitraria.

 

Antes que llegues,
un monje tiene que soñar con un ancla,
un tigre tiene que morir en Sumatra,
nueve hombres tienen que morir en Borneo.

 

En estas líneas se hace de lo contingente, algo necesario. Las condiciones de una llegada.

Nada tan contingente como la conjunción del sueño de un monje, la muerte de un tigre y la de nueve hombres en Borneo.

Sin embargo, en la poesía todo ello se convierte en el requisito de la excepción.

 Sin más que agregar, me despido.

Tigre de Sumatra -en peligro de extinción-

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Un reconocimiento tardío (El espejo que huye)

Hace pocos días, escribí una entrada en la que hablé de la falta de lectura, que ha llegado a afectar incluso a algunos concursos literarios. En aquella oportunidad me referí a un concurso organizado por un periódico en Argentina, en el que se otorgó un premio a un cuento que luego se descubrió como obra de Giovanni Papini. Este hecho ocurrió en el año 1998.
En la entrada anterior, para tratar de compensar esa falta de lectura, trascribí el relato en su idioma original (italiano), y ahora lo trascribo en castellano. El relato pertenece al libro Il tragico quotidiano, fue escrito y publicado en 1906, y la traducción a la que accedemos es de José Miguel Velloso.

El espejo que huye

Una imposible mañana de invierno, en una estación bien conocida, un hombre al que no conozco ­-con abrigo y dos violetas en el ojal- quería demostrarme que los hombres son felices, que la vida es grande y que el mundo es bello. Yo lo escuchaba con interés, sacudiendo a cada momento la ceniza de mi cigarrillo, que se consumía al viento sin que nunca me lo llevara a la boca. Lo escuchaba y sonreía, y el Hombre que no conozco se acaloraba cada vez más y ya del humour pasaba al sentimiento, al entusiasmo, al delirio. La fuga de sus rápidas palabras, escurridizas, duras, como acabadas de fundir, como acuñadas de nuevo en algún sitio, hacía poco tiempo, me llenaba de una embriaguez muy parecida a la que da el champagne. Algo picante y saltarín; una necesidad de abrazar y de llorar, de bailar, de reír a pequeños impulsos.
A un cierto momento, su voz dijo:
-Piense, caballero, piense en la grandeza del progreso que se realiza bajo nuestros ojos, en el progreso que lleva a los hombres del pasado al futuro, de aquello que se recuerda a aquello que se espera. Los salvajes no prevén el futuro, no piensan en lo por venir; no prevén y no previenen. Pero nosotros: nosotros, hombres civilizados; nosotros, hombres nuevos, vivimos para el futuro y gracias al futuro. Toda nuestra vida está dirigida hacia lo que tiene que venir, está construida en vista a lo que sucederá. Nuestros hombres consagran el hoy al mañana, siempre, cada día que pasa al mañana que pasará, respetuosamente y valerosamente.
Este enorme progreso del espíritu profético es lo que hace desvanecerse los peligros, que nos da fuerzas, que hace descubrir nuevas posibilidades, que nos convierte en dueños de la tierra, del mar y del cielo, y de una cosa que vale más que todo eso, caballero: ¡nosotros mismos! Pero en aquel momento un tren expreso llegó a la estación. Su solemne ruido en los cruces de las vías, su breve silbido, decidido e irritado, interrumpiendo el discurso del Hombre que no conozco. Cuando el tren estuvo tranquilo y sólo se oyeron los sordos bufidos de la máquina y los viajeros huyeron, el Hombre quiso seguir hablando, pero yo se lo impedí:
-Señor Hombre -le dije-, este tren que ha llegado ahora, ¿no le ha dicho nada que convenga a nuestro asunto? ¿No ha entendido su respuesta? ¿Quiere que se la repita yo, humilde traductor, ya que sé traducir la lengua de los trenes y de muchas otras cosas? Hasta hace pocos minutos este tren corría a una velocidad media de ochenta kilómetros por hora, pequeño mundo repleto e iluminado, a través de la campiña solitaria y neblinosa. Y he aquí que, de repente, se ha detenido, los habitantes de esta pequeña ciudad en fuga han desaparecido y el maquinista se seca la frente con aire poco satisfecho. Las ruedas están quietas perezosamente en las vías y los vagones, vacíos y oscuros, añoran el parloteo de los viajeros y las maletas de variados colores. Así termina una fuga cuando se viaja sobre vías. Pero dejemos el tren y volvamos a los hombres. En este momento yo pienso en una cosa absurda y se la digo a usted, señor Hombre, y la digo porque no hay aquí multitudes que puedan oírme. Si estuvieran aquí todos los que deseo diría:
»Imaginad, hombres, una cosa imposible, una cosa absurda, loca, increíble y terrible. Imaginad que todo el mundo se detuviera de repente, en un instante determinado, y que todas las cosas se quedaran en el punto en que estaban y que todos los hombres se volvieran inmóviles, casi estatuas, en aquella actitud en que estaban en aquel momento, en el acto que estaban realizando… Si esto sucediera y, a pesar de eso, continuara en los hombres el pensamiento, y pudieran recordar y juzgar lo que hicieron y lo que estaban haciendo, y pudieran considerar todo lo que han realizado desde su nacimiento y volver a pensar en lo que querían realizar antes de la muerte, ¡imaginaos cuánta desesperación ardería bajo el tétrico silencio de este mundo detenido de improviso!
»Yo no sé si tenéis el valor de sentir todo lo terrible que sería esto. Esforzaos durante unos momentos por ver a todos estos hombres inmovilizados mientras estaban atentos a su trabajo, jadeando detrás de sus sueños, instigados por sus sucias pasiones, empujados rudamente por sus deseos. Vedlos aquí, esparcidos por el mundo, como suspendidos por una catástrofe que los hubiera transformado en fantoches pensantes, en estatuas desesperadas. Vedlos en las más asquerosas posiciones y en las más ridículas, en las más fatigosas y en las más estúpidas. He aquí al hombre sorprendido en el sueño pesado, con la boca entreabierta como un cadáver borracho; he aquí al hombre en el acto amoroso, tendido como una bestia jadeante sobre la mujer de ojos cerrados; he aquí al hombre que robaba en las tinieblas, con sus ojos falsos y la linterna que nunca más se apagará; he aquí al juez vestido de negro que dispensa el infierno y la sangre desde su alto asiento; he aquí al miserable que se arrastra por el fango de la ciudad buscando un hueso y un céntimo; he aquí a la mujer que sonríe lascivamente, con su cara blanca de polvos un poco reclinada hacia un lado; he aquí al mercader de manos huesudas que gesticula por tener diez céntimos más; he aquí al campesino afanoso con el aguijón en la mano dirigido a sus inmóviles bueyes; he aquí al elegante orador detenido en mitad de una sonrisa y de un cumplido; y el soldado que estaba con la bayoneta calada ante una puerta cerrada; y el homicida que estaba preparando sus venenos en un desván; y el obrero soñoliento curvado sobre las enormes máquinas untuosas, inmóviles y siniestras; y el científico que no puede apartar su ojo cansado del microscopio en el que han interrumpido su danza los monstruos invisibles…
»Imaginad ahora, si no os falta corazón, los pensamientos de todos estos hombres condenados en un mismo instante a la conciencia de la muerte. ¿Creéis que habrá un solo hombre -uno solo, ¿comprendéis?- uno solo que esté contento y satisfecho de aquel momento en que el destino lo ha inmovilizado? ¿Creéis que para uno solo de estos hombres fue aquél el momento de Fausto, el momento bello que quisiéramos detener, fijar y conservar por toda la eternidad? ¡No lo creéis, no podéis creerlo!
»El señor Hombre (usted, aquí presente, ante mí) ha dicho una gran y tremenda verdad. Los hombres piensan en el futuro, viven para el porvenir, consagran perpetuamente todos los hoy a los mañanas que tienen que llegar. Todo hombre sólo vive para aquello que prevé, que espera. Toda su vida está hecha de manera que cada instante tiene valor para él solamente en cuanto sabe que ese instante prepara un instante sucesivo; cada hora, otra hora que llegará; cada día, otro día que seguirá. Toda su vida está hecha de sueños, de ideales, de proyectos, de esperanzas; todo su presente está hecho de pensamientos sobre su futuro.  Todo lo que es, que está presente, nos parece oscuro, mezquino, insuficiente, inferior, y nosotros solamente nos consolamos pensando que todo este presente no es más que un prefacio, un largo y fastidioso prefacio a la hermosa novela del porvenir. Todos los hombres, lo sepan o no, viven por esta fe. Si de repente se les dijera que dentro de una hora tienen que morirse, todo lo que hacen y han hecho no tendría para ellos ningún gusto, ningún sabor, ningún valor. Sin el espejo del futuro, la realidad actual parecería torpe, sucia, insignificante. Sin el mañana que hace esperar en los desquites, en las victorias, en las ascensiones, en los ascensos y en los aumentos, en las conquistas y en los olvidos, los hombres no querrían vivir. Sin el lejano perfume del mañana, no querrían comer el negro pan de hoy.
»Pensad, pues, en estos hombres detenidos de repente, que ya no pueden actuar, pero que todavía piensan. Pensad en estos hombres aprisionados en un eterno hoy, sin la liberación de la conciencia. ¿Qué deben de pensar estos hombres? ¡Qué dolor debe roer sus entrañas y desgarrar sus nervios! Inmóviles en sus actitudes vergonzosas y delictuosas, tristes e idiotas, sin posibilidad de esperanza, sin luz de ensueños, sin dulzura de proyectos, con las alas cortadas, las piernas atadas, las manos encadenadas, como una enorme multitud de esclavos miguelangelescos ceñidos por los lazos de su vida mezquina, asquerosa, por los lazos de esa vida que toleran solamente con las esperanza de vidas más bellas y mayores, estos condenados a la perpetua inacción reconocerán, con infinita rabia, toda la absurda estupidez de su vida anterior. Pensarán que sacrificaban todo el presente a un futuro que a su vez se convertiría en presente y a su vez sería sacrificado a otro futuro y así hasta el último presente, hasta la muerte. Todo el valor del hoy residía en el mañana, y el mañana valía solamente por otro mañana, y se llegaba ahí hasta el último hoy, el hoy definitivo, y así toda la vida transcurría para preparar, de día en día, de hora en hora, de momento en momento, lo que no llega nunca. Y descubrirán esa tremenda cosa: que el futuro no existe como futuro, que el futuro sólo es una creación y una parte del presente, y que soportar la vida inquieta, la vida triste, la vida dolorosa, por este futuro que de día en día huye y se aleja, es la estupidez más dolorosa de esa estupidísima vida.
»Hombres, nosotros perdemos la vida por la muerte, nosotros consumimos lo real por lo imaginario. Nosotros valoramos los días sólo porque nos conducen a días que no tendrán otro valor que el de llevarnos a otros día semejantes a ellos… Hombres, toda vuestra vida es un fraude atroz que vosotros mismos tramáis en perjuicio vuestro, y sólo los demonios pueden reír fríamente de vuestra carrera hacia el espejo que huye.
Otro expreso, gritando y atronando, entró en la estación, y, una vez más, los viajeros huyeron y el maquinista se secó la frente con aire poco satisfecho. El Hombre que no conozco seguía delante de mí -con su abrigo, con sus violetas en el ojal- aunque me había olvidado de él por completo.
-He aquí- le dije- mis ideas sobre el progreso, sobre el provenir y sobre la vida. Usted no está de acuerdo conmigo, pero yo estoy de acuerdo con alguien, por ejemplo con la niebla, que suele intentar cubrir el mundo y esconder al hombre del hombre, a la miseria del desprecio, a la fealdad de la melancolía. Y a mí me gustan muchísimo, señor Hombre, los trenes que se detienen después de sus inútiles fugas y la niebla que cubre aquello que no se puede destruir.
El Hombre que no conozco se había puesto nervioso, y todo su entusiasmo había desaparecido como un mechón de humo. En lugar de contestarme, se quitó del ojal una violeta y me la ofreció. Yo la cogí con una inclinación, me la acerqué a la nariz y su leve olor me agradó.

Fenrir o Vanargand, el lobo (palabras sobre el sujeto)

El lobo

La historia del lobo es una de esas historias que deben conocerse, aunque más no fuera porque él es el paradigma de aquellos que están ya condenados desde antes de su existencia real. La historia, llena de poesía y tristeza, es el arquetipo de la historia de todo hombre. La historia del lobo es la historia del sujeto. Del que está sujeto desde antes de su nacimiento. Los psicoanalistas saben a qué están sujetos los hombres.

El lobo nació de una mala unión. Loki, As de los engaños, el malvado, el embaucador, el peor de los mejores, se unió con una giganta llamada Angrboda y con ella tuvo tres hijos: la serpiente Jormungand, el lobo Fenrir, y Hel.
Al conocer los frutos de esa unión, los Aesir se reunieron, “(…) y todos opinaban que sólo maldad cabía esperar de ellos, primero por parte de la madre y aún peor por la del padre.” Es interesante que los dioses mismos declararan que hay más maldad en uno de los suyos, Loki, que en uno de sus enemigos, la giganta. Al crecer el lobo, buscaron la forma de atarlo.

«Odín, Padre de todo, lo mandó a aquél que se llama Skínir, mensajero de Freyr, a la honda región de los Elfos Negros, éste habló con ciertos enanos, y les ordenó que forjaran el grillo cuyo nombre el Gleipnir. Estaba hecho de seis cosas: el sonido de una pisada de gato; la barba de una mujer; la raíz de un peñasco; los tendones de un oso; el aliento de un pez y la escupida de un pájaro.
»Cuando los Aesir vieron que el lobo estaba bien sujeto, tomaron la cadena que sostenía el grillo y que se llamaba Gelgja, y la pusieron alrededor de un gran peñasco, que se llamaba Gjöll y hundieron el peñasco en la tierra. Tomaron después una gran piedra y la empujaron aún más profundamente en la tierra. La piedra se llamaba Thviti e hicieron de la piedra un candado. El lobo abrió la boca de un modo atroz y trató de morderlos. Le metieron en la boca una espada, la empuñadura agarrada en su maxilar inferior y la punta en el superior. Ésta es su mordaza. El lobo aúlla terriblemente y le sale espuma por la boca y esa espuma forma el río llamado Vamm. Yace ahí hasta el Fin de los Dioses.» [1]

Fenrir, imagen de un manuscrito del siglo 17

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La cadena que lo sujeta

Como se ha dicho, la historia del lobo es la historia del hombre. Juguetes de su destino que buscan luego alguna explicación plausible que diera cuenta de su suerte. En esa busca se encuentran oráculos, fechas, causas, herencias, etcétera. Se encuentran sentidos, porque el que los busca los encuentra y los sentidos, se sabe, son infinitos. Pero hay algo que está antes que la existencia del hombre, antes que su carne, antes que todo, y es justo eso lo que lo marca. Es la palabra, es el lenguaje. El hombre, como el lobo, está atado antes que Gleipnir lo aferrara.
Es que hay un Gleipnir anterior y adamantino que es el lenguaje y al igual que la cadena, está hecho de cosas que a los hombres le parecen nada y que, sin embargo, son todo. El sonido de la pisada de un gato, el aliento de un pez, la raíz de un peñasco…
Es la paradoja de la palabra: pese a que parece nada, tiene efectos en la carne.
El lobo, finalmente es una metáfora del hombre, pues está atado a su destino, pero su destino está escrito en el lenguaje, y lo ata desde antes de nacer. Gleipnir es el lenguaje, que lo sujeta.

[1] Snorri Sturluson (1220):Edda Menor, Alianza Editorial, España, 2000.