La mandrágora
Entrada la noche el vicario y su ayudante salieron sigilosamente del convento. El vicario lo había planeado todo y estaba enteramente decidido: resolvería el problema esa misma noche.
El sacerdote dudaba. A veces temía que Dios pudiera condenarlo por los actos que estaba por cometer. A veces temía que su plan lo hubiese urdido el demonio mismo. Pero también pensaba que sólo el bien supremo lo impulsaba a buscar la maldita raíz en el medio de la noche, sólo el bien supremo lo empujaba hacia la raíz que a tantas buenas mujeres había hecho caer en las manos del maligno. El sacerdote había soñado que esa raíz era la única solución posible, y que Dios, cuando sopesara en su balanza el bien y el mal, lo absolvería.
El ayudante era un joven de dieciséis años. Sus padres lo habían entregado a la iglesia cuando era un niño pequeño. Alegaron que estaban haciéndole un bien al niño y a la humanidad toda, y lo abandonaron en el convento. El vicario, en cambio, era ya un hombre viejo y respetado: era uno de los inspiradores fundamentales de la Santa inquisición y de sus múltiples salvaciones. Sostenía con extremo convencimiento que la lucha entre Dios y el demonio continuaba en la carne de los hombres. Y tomaba las armas contra el maligno en el campo de batalla de las carnes de los poseídos. A fuerza de tenazas y de hierros ardientes ya había salvado a muchos, pero su afán redentor no cejaba con las salvaciones, al contrario, se expandía.
El ayudante iluminaba el sendero, aunque el viejo sostenía que no necesitaba la luz de la tea, ya que Dios mismo guiaba sus pasos. Y después de mucho andar bajo el rocío de la noche llegaron por fin a la puerta del cementerio. Allí el sacerdote comenzó su busca, y en medio de la oscuridad, sin la ayuda del muchacho y de su tea, reconoció la raíz por sus hojas.
El muchacho se acercó con el perro. El animal los ayudaría a completar la labor. El muchacho, con mucho cuidado, ató al tallo de la planta la cuerda que, en el otro extremo, estaba anudada en el pescuezo del perro. Luego removieron con un pequeño cuchillo la tierra alrededor de la raíz, para debilitar el ardor con el cual la planta se aferra al suelo. Entonces se alejaron un poco, ordenándole al perro permanecer en su lugar. El perro obedeció y, sentado cerca de la planta, los observó con atención. Cuando estuvieron a unos diez metros de distancia, llamaron al perro y éste, lleno de alegría, corrió hacia ellos. La cuerda, atada al tallo de la planta, lo retuvo un poco, pero los llamados lo azuzaron, y en busca de complacer a sus amos, el pobre perro tiró con fuerza, hasta que arrancó la planta de raíz.
Fue en ese mismo momento que se oyeron los gritos.
“Esos gritos provienen del infierno”, pensó el vicario, “sólo Satanás podría crear algo así.”
El muchacho, aterrado, miraba al sacerdote con los ojos implorantes. Y más se espantó cuando vio, después de unos pocos segundos, que el perro caía muerto. Y la planta prosiguió en su lamento hasta que, finalmente, el grito le dejó lugar al silencio y los dos hombres se acercaron a ella.
El viejo la recogió del suelo, le quitó la cuerda que aún la amarraba, y vio aterrorizado que su forma era humana: tenía dos piernas, dos brazos y el cuerpo bien formado.
-¡Obra del demonio! -exclamó el vicario.
El muchacho tembló, se persignó, y elevó una plegaria al cielo y a su viejo tutor.
Después, todavía tembloroso, tomó la bolsa en la cual el viejo depositó las hojas y la raíz infernales.
Cuando se aprestaban a regresar hacia el convento, el reflejo de la luna los iluminó de improviso y los hombres, repentinamente, sintieron sus carnes estremecerse por el frío y por la soledad de la noche. En ese momento el vicario volvió a dudar.
-Vamos, apresúrate -dijo-. Debemos regresar. Los otros no saben que hemos salido y es mejor que no lo supieran nunca.
Emprendieron la marcha de regreso por el sendero. El vicario apuraba el paso y el muchacho sintió que se le hacía difícil seguirlo. Horrorizado, pensó que el viejo corría como si lo persiguiese el demonio. El viejo sabía que si descubrían lo que estaban haciendo y lo que se proponía hacer, él mismo sería interrogado bajo el tormento de la sagrada cruz. Al fin y al cabo, ni él mismo estaba seguro de lo que hacía.
Al llegar a la vicaría corroboró, sigilosamente, que todos durmiesen. Rápidamente despachó al joven y le indicó que se retirara a sus aposentos sin hacer el menor ruido. Esperó unos segundos y se dirigió hacia la cocina, donde procedió a cortar la raíz y a hervirla. Le pareció que el agua en ebullición hacía demasiado ruido. Tembló. Después de algunos minutos, que le parecieron infinitos, coló el brebaje en un jarro. Sin hacer ruido y casi sin respirar, se encaminó hacia los calabozos subterráneos, donde lo esperaba un desgraciado poseído por el demonio. Bajó los peldaños lleno de temores y de algarabía. Sintió la humedad subterránea en lo más profundo del pecho.
Llegó al calabozo del hombre y, enfrentándose con el poseído, le habló de esta manera:
-La obra del demonio, hijo mío, te ha perdido, y he aquí que la misma obra del demonio te liberará de su yugo y te salvará.
El pobre hombre, cansado por la tortura, por los flagelos, por el suplicio, balbuceó unas palabras que el viejo no llegó a entender y que, entonces, nadie oyó ni oirá jamás. El vicario rezó, luego tomó el jarro y obligó al hereje a ingerir el brebaje. Después volvió a rezar, y, ansioso, esperó.
Al cabo de unas horas al hombre se le trasfiguró el rostro y comenzó a gesticular alocadamente; todo su cuerpo se contraía y convulsionaba. El sacerdote pensó, lleno de alegría por su triunfo, que la planta estaba produciendo la deseada liberación. Entonces el hombre mezcló los gritos con sus convulsiones, unos gritos desgarradores. El viejo, aterrado, pensó que esos gritos eran semejantes a los que había producido la planta esa misma noche, en el cementerio.
-¡Los gritos del infierno! -exclamó horrorizado y retrocedió.
Pensó después que debía ser fuerte y se acercó de nuevo al hereje en curso de salvación. Pensó que no debía arredrar ante el maligno, que ese hombre merecía su ayuda. Entonces rezó, y le rogó al cielo por el alma del hombre. Los horrendos gritos cesaron al cabo de unos minutos y el vicario comprobó que el hombre había muerto. El vicario lo observó con compasión, le tomó las manos, orando por su alma, y lloró.
Después cerró el calabozo y subió lentamente por las escaleras; se dirigió al patio central y, llena su alma de triunfo, miró al cielo. Las estrellas, silenciosas, lo observaron.






Buenísimo. Mantiene el efecto terror a lo largo de toda su extensión. Maquiavelo tiene una obra de teatro con ese nombre. Parece ser que las presuntas propiedades de la mandrágora se conocen desde el medioevo.
Gracias por el amable comentario.
La mandrágora, ya por su solo nombre, pertenece a otro mundo, uno tal vez más oscuro y por supuesto poético.
Cordiales saludos.
Aqueos
¡Muy bueno el blog! Psicoanálisis, arte, literatura, poesía, mitología… excelente combinación.
¡Saludos!
Hola Aqueos.
Excelente episodio de la Botánica Fantástica.
He de confesar que de la madrágora supe por la película de Harry Potter.
Debí adivinar que ser tan interesante tiene un origen mucho más profundo.
Un abrazo.
Rafael
¡Hola Rafael! Muchas gracias por tu comentario.
Este relato fue esquivo a mi pluma, hasta que finalmente se dejó atrapar. La mandrágora, sin dudas es una de mis preferidas.
Te envío muchos saludos y cariños.
Aqueos
Estupendo relato, te engancha hasta el fin en medio de ese ambiente oscuro y siniestro. Enhorabuena.
Muchas gracias por las amables palabras.
Muchos saludos.
Aqueos
P/D: Por favor, si lees este mensaje deja tu enlace para visitarte.
Saludos
¡Hola!
Hace tiempo no me daba el gusto de sentarme a leer la botánica fantástica. Me hacía falta este momento de fantasía.
He tomado vuestro post y lo he reproducido en mi blog. Por favor visita http://grupocreativogatito.blogspot.com/2008/06/otros-la-mandrgora-by-aqueos.html y hazme saber si omití algún detalle acerca de los derechos de autor.
Saludos cordiales,
Pablo.