Azahares, jazmines y fresias
«What’s in a name? That which we call a rose
by any other word would smell as sweet.»
Romeo and Juliet, Act II, Scene II
Esta página, concebida por azar una tarde de primavera, será tan breve como fugaz fue la idea que le dio origen; fugaz como la dulce sensación de los aromas que la calle me entregó esa tarde.
Sabido es que Cassirer, como muchos otros, ha señalado que la visión del mundo de un hombre está determinada por el lenguaje; que el mundo es lo que el idioma le permite ser. Esa afirmación es punto de partida para cientos de polémicas: surgen de ella tanto falacias extremas como verdades conciliadoras. La intención de esta página es, dejando de lado todos los argumentos y las polémicas, aprovechar una idea poética pequeña y maravillosa que encierra la afirmación de Cassirer (y por ella, si se quiere, descubrir que Cassirer, al fin y al cabo, está en lo cierto.)
En realidad, no todo lo anterior es cierto. Ya desde el principio se encuentra en esta página la intención de declarar verdadera la sentencia de Cassirer. Es que el recuerdo de los aromas que la calle me entregó por azar esa tarde de primavera me obliga a ello. No puede pensar de otra manera alguien que disfruta los perfumes de esas agradables flores y que, al mismo tiempo, vive trabajando con las palabras, sopesándolas, acariciándolas, buscando desentrañar de ellas la magia que encierran, o que emanan cuando se trabaja con ellas, sopesándolas y acariciándolas con respeto. La unión de ese recuerdo con la voluntad poética hace indudablemente verdadera la sentencia de Cassirer.
La duda sólo puede llegar desde otros poetas mayores. Shakespeare, que era uno de ellos y conocía los límites del instrumento que manejaba con tan grande arte, ha visto bien pero también se ha equivocado. Las palabras que constituyen el epígrafe de esta página son tan ciertas como imprecisas, pues, aunque el aroma de la flor es independiente de la palabra que la designa, la palabra rosa hace también al aroma de la rosa. El hombre huele (y ve y oye y toca y saborea) más con el idioma que con los meros órganos animales. Ciertamente que la mirada más ingenua tiende a considerar las palabras del poeta como ciertas fuera de toda duda. ¿Cómo podría ser distinto el perfume de la rosa si la rosa no se llamara rosa? Y ciertamente las moléculas que llevan el perfume desde la rosa hasta las humanas narices serían las mismas. De allí la parte cierta de las palabras que se oyen cuando alguien representa Romeo y Julieta. Pero el perfume de la rosa no es sólo el transportado por las moléculas inmutables, el perfume de la rosa es también el que permite la palabra rosa en sus relaciones con el resto de las palabras que constituyen el idioma. Esas relaciones, como se sabe, son de combinación y oposición. Pero aquí no nos importan demasiado las verdades que empiezan con Saussure, sobre todo por lo verdaderas que son (toda negación es más error de consideración que intento real de refutación.) Del olvido de que para el hombre el perfume no es el inmutable que transportan las moléculas inmutables, surge el aspecto impreciso de las palabras que se oyen cuando alguien representa Romeo y Julieta.
No importan las verdades que comienzan con Saussure por otro motivo mucho más importante que el anterior. Esta página breve se trata de sentir con toda el alma la verdad de la sentencia de Cassirer. Sentir con toda el alma, como sienten sólo los poetas. La intención de esta página es que todos sintieran por un momento lo que todo hombre puede llegar a sentir con un esfuerzo de poesía y con un trabajo constante. De esa manera, también, el recuerdo de esa tarde, que es mío, podría ser, por la palabra, de cada uno de vosotros. No de todos vosotros sino de cada uno de vosotros, que no es lo mismo. Alcanzaríamos así una de las magias de la poesía, pues degustando la muerte es como puede el hombre sentir mejor la vida, y la poesía verdadera es la poesía trágica, la que se funda en las honduras del alma humana. Haciendo sentir la muerte, así, la poesía parece hasta vencerla, pues si cada uno de vosotros será dueño de mi recuerdo, aun si yo muriera seguiría viviendo mi recuerdo en otros, una parte de lo que soy, y no es poco. Mirado por otro lado sí es poco: una limosna miserable. Pero los hombres no podemos pedir más.
Y para sentir con toda el alma hay que deshacerse de la erudición común. Alguien escribió alguna vez que la cultura es lo que queda cuando la erudición desaparece. Quizá más preciso sería decir que la cultura es lo que aparece cuando a la mera erudición se le adjunta un alma. Es que la erudición sin alma, aborrecida por los hombres verdaderos y ya denunciada por ese hombre que era nada menos que todo un hombre, don Miguel de Unamuno, es capaz de arruinar las creaciones más sublimes. Recuerdo que una tarde estaba yo leyendo el Lunario sentimental de Lugones en una edición vecina al año dos mil y española, y en el poema titulado “Luna de los amores”, allí donde Lugones escribe «El aire huele a fresia», se ve una nota al pie, agregada por el erudito de turno, que dice lo siguiente: “Fresia: fresa.” ¡Cómo cambia el perfume del poema y cuánto pierde el amigo erudito! Quedaron en soledad los azahares y los jazmines por el desconocimiento de la perfumada flor, de la freesia de la botánica cuyo origen se encuentra, al parecer, en el continente africano. Y el error del erudito ya empieza a mostrar la verdad de la sentencia pronunciada por Cassirer y tantos otros.
Pero acerquémonos, mejor, al recuerdo que fue mío y podrá ser de algunos otros, de cada uno de esos otros. Allí está la calle, hay en ella unos cuantos naranjos en flor y el aroma de los azahares inunda el aire tibio. Caminamos con los ojos cerrados, o apenas entreabiertos, y las formas de los árboles se nos aparecen como sombras extrañas mecidas por la brisa. El perfume, así, lo inunda todo. Pero hay otros perfumes que se mezclan con él, y son también dulces: el perfume de los jazmines que llevamos en nuestra mano izquierda; el perfume de las fresias que llevamos en nuestra mano derecha. Respiramos profundamente, siempre con los ojos cerrados, y el momento se parece mucho a la eternidad. Pero no hemos alcanzado todavía toda la dulzura de esos perfumes.
Nuestras almas se preparan ahora para ello. Debemos hablar, escandiendo lentamente las palabras y pronunciando con seguridad y claridad sus letras.
Azahares, jazmines y fresias
Y debemos repetir la línea con mayor hondura, respirando con fuerza los dulces perfumes.
Azahares, jazmines y fresias
Y debemos sentir las palabras con toda el alma, elevándonos hasta los poetas, y así sentiremos con toda el alma también los dulces perfumes y pensaremos que en la sentencia de Cassirer está encerrada la verdad.
Todos los escritores suelen quejarse, por lo menos alguna vez a lo largo de sus vidas, de la pobreza que les presenta el instrumento con el cual trabajan. Entonces ven en el idioma que usan dificultades que otros idiomas quizá no presentan, o por lo menos que no presentan para él. El poeta sabe que no puede decirlo todo. Siente, cuando escribe, que justamente escribe porque no puede decirlo todo.
A veces nos convendría festejar el idioma que nos ha tocado en suerte, porque él también tiene sus bondades. Azahares, jazmines y fresias: creo vislumbrar que en castellano huelen mejor.





¿La magia de las palabras no radica en que no se las puede encasillar en un significado? Si las palabras fueran comprendidas por todos y adquirieran el mismo significado, no moriría la poesía? ¿El recuerdo de la tarde de ayer pudiera atraparlo con las palabras o las mismas palabras me reportarían el mismo paisaje u otros bien distintos? ¿A caso no son las palabras signos de nuestros sentimientos, de nuestros pensamientos que cambian al son del oleaje? Sin embargo son ellas la puerta a la realidad que no podemos expresar.
Me ha encantado tu escrito, como casi siempre. Gracias.
Muchas gracias por tu comentario.
Muchos saludos.
la fiesta fonética de los nombres de las flores tiene efectos casi sinestésicos.
un mantra vital, aunque marchite. o no.
Saludos colega de estudios y letras, no resistí la tentación de escribir para decir que me quedé atado a esta frase que incluyes en tu escrito: “El poeta sabe que no puede decirlo todo. Siente, cuando escribe, que justamente escribe porque no puede decirlo todo”.
Me preguntaba a cuál sede de la NEL te asocias, y si has escrito algo, desde el psicoanálisis, sobre la poesía.
Bueno, espero poder seguir leyendo más acá, ¡hasta luego!
Bienvenido. Con respecto a tus preguntas digo que estoy asociado a la sede de la EOL de Buenos Aires a través de una institución de mi ciudad.
Con respecto a si he escrito algo sobre la poesía desde el psicoanálisis la respuesta es sí. Sin embargo, de todo lo escrito poco he dado a luz hasta ahora. Lo único publicado está en este mismo sitio (Psicoanálisis◊ Poesía); se trata de un ensayo entero dedicado a entrever algunas intersecciones que hay entre ambas manifestaciones.
Gracias por la visita.
Hasta pronto.