Glásir
Éinar despertó lentamente. No recordaba qué había ocurrido. Poco a poco, mientras sus ojos se acostumbraban a la luz, trató de recordar qué había pasado.
Se encontró tirado en el suelo. Se sentía abatido, tal vez atontado. No sabía bien por qué. Buscó en su memoria imágenes y palabras del comienzo del día, pero todo era confuso.
Caminó un poco, llegó hasta la orilla de un arroyuelo y en él sació su sed y observó su reflejo. Vio que llevaba sus ropas de guerra. Trató nuevamente de recordar la mañana, el día anterior, aunque más no fuera una sola cosa. Lo único que sintió, con una seguridad dolorosa en el pecho, era que algo había cambiado, pero aún no sabía qué.
No muy lejos de donde había despertado, estaba el arroyuelo en el que se detuvo a beber, y cerca de ese mismo arroyuelo había un sendero que se adentraba en un bosque.
El guerrero lo siguió, pues antes que permanecer solo, a merced de las fieras, era preferible buscar algún poblado y acaso allí podría también resolver sus dudas además de protegerse.
Mientras caminó por el sendero, no oyó sonido alguno. Sin embargo vio algo extraño. Dos lobos corrían por el bosque, pero no lo amenazaban, era como si juguetearan con él. Poco a poco se le acercaron, hasta casi tocarlo. Éinar, tomó su espada, esperó el ataque. Pero los lobos sólo lo acompañaron amistosamente.
A medida que se adentró en el sendero la luz se hizo débil. Al ver la salida de la espesura se apresuró.
Un extraño resplandor lo encandiló, no pudo ver qué era, mas eso no impidió que continuara con su paso. Al llegar a esa especie de abertura en el bosque miró al cielo, vio dos cuervos volando en círculos. Frente a él vio un árbol, cuyas hojas eran de oro. Detrás del árbol un palacio con su puerta.
Como un golpe certero, la memoria regresó a Éinar, y el dolor también.
Recordó cómo él y sus hombres se habían preparado para la batalla, cómo invocaron a Odín en medio del combate, y cómo una espada mezquina le atravesó el corazón.
De repente, entendió que estaba frente a Glásir, y que contemplar la figura del que refleja los destellos del sol en sus hojas de oro le indicaba que había llegado al paraíso. La muerte, esa tirana precisa y puntual, lo había hallado.
Recordó a su padre, quien alguna vez en su niñez, le dijo:
-Glásir, el abeto de agujas de oro rojo, imponente, descansa en la puerta del Valhalla. Anunciando a quien llegara hasta allí que el paraíso ha sido su destino, y que a partir de ese momento las luchas y los combates serán eternos. Luego del descanso, la comida y el hidromiel, los guerreros todos retomarán las armas, para combatir como sólo los guerreros saben hacerlo; pues los hombres de Odín siempre pelean, porque esa es la forma de honrar a los dioses.
Éinar, conmovido y angustiado a la vez, se acercó hasta la puerta y, con las manos temblorosas, la abrió.




