Los premios, la verdad, nunca me han interesado.
En realidad no creo que una obra premiada fuera mejor que otra o que ella misma antes de haber recibido el premio; sostengo que hay juicios que deben hacerse en primera persona y no dejárselos a otros.
El público en general se deja llevar por los premios, y los premios guían los juicios de su lectura (el mismo libro que los hubiera aburrido si no recibía el premio se convierte en un festín para ellos -o al menos eso afirman, porque está mal visto aburrirse con un libro premiado.) Además, esos premios se han convertido sólo en un impulso editorial de mercachifles. Hay un ganador y de repente los escaparates de las librerías se llenan con su obra. Antes, por supuesto, ni siquiera existía. Las nuevas publicaciones llevan la leyenda impresa en la tapa “ganador de…”
Hasta que llegó la sorpresa.
La sorpresa fue escuchar el discurso que la ausente Doris Lessing pronunció por boca de su editor, en las lustrosas salas de la entrega del premio Nobel.
Al escuchar las palabras de su discurso me llegó el asombro. Pues esta ganadora habló de lo que hay que hablar. Habló de la falta de lectura, de la sed de lectura y del hambre. Señaló la diferencia entre los mundos faltos de bienes y de aquellos que están superpoblados de ellos. Y cómo nadie hace nada sobre eso. (Agitó el avispero y salieron las avispas enardecidas y quejándose -basta ver lo que se dice acerca de ese discurso en general.)
No puedo menos que festejar su obra al saber que es una mujer cuyo pensamiento parece extraordinario pese al premio.
Artículo periodístico con respecto al discurso de Doris Lessing:




