Sorpresa

Los premios, la verdad, nunca me han interesado.

En realidad no creo que una obra premiada fuera mejor que otra o que ella misma antes de haber recibido el premio; sostengo que hay juicios que deben hacerse en primera persona y no dejárselos a otros.
El público en general se deja llevar por los premios, y los premios guían los juicios de su lectura (el mismo libro que los hubiera aburrido si no recibía el premio se convierte en un festín para ellos -o al menos eso afirman, porque está mal visto aburrirse con un libro premiado.) Además, esos premios se han convertido sólo en un impulso editorial de mercachifles. Hay un ganador y de repente los escaparates de las librerías se llenan con su obra. Antes, por supuesto, ni siquiera existía. Las nuevas publicaciones llevan la leyenda impresa en la tapa “ganador de…”

Hasta que llegó la sorpresa.

La sorpresa fue escuchar el discurso que la ausente Doris Lessing pronunció por boca de su editor, en las lustrosas salas de la entrega del premio Nobel.

Al escuchar las palabras de su discurso me llegó el asombro. Pues esta ganadora habló de lo que hay que hablar. Habló de la falta de lectura, de la sed de lectura y del hambre. Señaló la diferencia entre los mundos faltos de bienes y de aquellos que están superpoblados de ellos. Y cómo nadie hace nada sobre eso. (Agitó el avispero y salieron las avispas enardecidas y quejándose -basta ver lo que se dice acerca de ese discurso en general.)

No puedo menos que festejar su obra al saber que es una mujer cuyo pensamiento parece extraordinario pese al premio.

Artículo periodístico con respecto al discurso de Doris Lessing:

“La cultura se está fragmentando”

Botánica fantástica (7)

La rosa marina

 

Cuentan que antes de que el tiempo supiera su nombre, a un joven príncipe -cuya belleza provocó la ceguera de su padre- le fue encargada la tarea de encontrar la rosa marina.

En una de las tantas noches árabes, soñadoras y bellas, está la historia. Y Alá, el poderoso, el que todo lo sabe, contempló al príncipe y lo bendijo por su fe y su piedad filial.

La rosa marina era milagrosa, y tenía la capacidad de conceder la vista a los ciegos. Devolvía la luz a los oscuros ojos que la contemplaran. Era custodiada por muchos genios y por una joven princesa que la cultivaba y la cuidaba como su bien más preciado.
El joven príncipe logró sortear todos los obstáculos. Así narró Scheherazada:

«Y vio que aquel jardín, fragmento destacado del alto paraíso, surgía ante sus ojos tan hermoso como un crepúsculo granate. Y en medio de aquel jardín había un ancho pilón lleno de agua de rosas hasta los bordes. Y en el centro de aquel pilón precioso se alzaba, única en su tallo, una flor de color rojo de fuego muy abierta. Y era la rosa marina. ¡Oh!, ¡qué admirable era! Sólo el ruiseñor podría hacer su verdadera descripción.»

Para alcanzar el preciado tesoro el joven debió atravesar desiertos y bosques. En uno de esos bosques vio árboles con cabezas de animales. No contentos con ese prodigio ocurría además que esas cabezas poseían el don de la palabra y a veces caían de las ramas. Y vio frutos de los cuales salían pájaros de colores con rubíes incrustados.

Los esfuerzos del príncipe fueron recompensados. Obtuvo su arduo premio después de las fatigas. Obtuvo la fama, la belleza y la felicidad. Le devolvió la vista a su padre, y además encontró el amor, pues la joven princesa que cultivaba la flor se enamoró de él.

Como siempre ocurre, algunos dicen que sus fatigas y sus recompensas son sólo mentiras, pero mejor estar advertidos y dudar, pues sólo Alá, el que todo lo sabe, puede obrar de maneras tan misteriosas.

Rosa roja, por Marcus Obal

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