¡Apariencias! ¡Siempre apariencias!
Mientras escribo la luz del sol parece apagarse y luego vuelve a tomar fuerza. En el cielo hay nubes, que son apariencias. Cada cual ve en ellas la forma que quiere. Pero las nubes son nada, y viajan por los aires cambiando su apariencia hasta deshacerse.
La erudición como impostura, la ignorancia como un bien, la exhibición como el mal de la época.
Nubes. Eso son los que intentan aparentar lectura. Buscan resúmenes y apuntes para poder decir dos banalidades sobre el escritor tal o sobre el pintor fulano o el poeta mengano. Creen que con eso están hechos, creen que eso es la cultura, creen que eso es la poesía, creen que eso es el arte.
Ocurrió hace poco que un poeta ensalzó ante otros el libro de Octavio Paz titulado El arco y la lira. Dijo, simplemente, que se trata de un buen libro. Entonces alguien lo oyó e intentó, primero, encontrar en la red virtual el libro de Paz. No lo encontró. Sin embargo encontró mucho de eso que circula en la red. Páginas que hablaran sobre el libro de Paz, casi siempre erróneamente y perdiendo la poesía, hay millones. Y, ante la queja del poeta, el que buscó dijo entonces la frase fatal: “por lo menos algo sé sobre el libro de Paz.” Y he allí la tragedia de las nubes.
¡Qué tragedia la apariencia! Las nubes nunca van a entender que para los eruditos de turno, esos personajes de la universidad que fuera, la poesía no es nada. Es un mero tema de estudio, un tema para hacer “apuntes” y “textos”, un tema para hacer “temas”, para decirlo con las palabras que suele usar la misma persona que dijo “por lo menos sé algo sobre el libro de Paz.” Quien leyera las sandeces del erudito de turno sin leer la obra del poeta, ¿sabe “por lo menos algo” sobre la obra de ese poeta? ¡No, no, no y mil veces no!
El problema es que para las nubes tampoco es nada la poesía.
Nubes del mundo: hay que hacerse poetas y desechar las apariencias. La poesía es esencia, es vigor, es grandeza. La apariencia es humo, es debilidad, es olvido, es nada.
Una vez estuve hojeando, en la hemeroteca de una universidad argentina, una revista que publicó una de las cátedras de la carrera de letras. Allí había unas páginas sobre el cuento de Borges titulado “Emma Zunz.” Como casi todas las páginas que escriben los estudiantes y los profesores de letras, nada tenían que ver éstas con la poesía y con el arte. ¿Puede decir, quien las leyera sin haber leído el cuento de Borges, que “por lo menos sabe algo” sobre ese cuento? ¿Sirve de algo saber, como sostenían los que escribieron esas páginas, que el apellido de la protagonista puede leerse al derecho como al revés -de atrás para delante y cabeza abajo? ¿Está en esa nadería de erudito de turno ayuno de todo talento la esencia del arte que pone en juego Borges en ese cuento? Las nubes creen que sí. ¡Pobres nubes!, así les va: pasan y se deshacen y son humo y son olvido y son nada.
Es cierto que no es una obligación leer. Pero tampoco es una obligación aparentar lectura y hablar a tontas y a locas. Las nubes se ejercitan en sus truenos y se hacen insoportables. El proverbio que aprovecha Shakespeare es cada día más verdadero: el vaso vacío es el que hace más ruido.
Como la oferta crea la demanda, las nubes han generado un cúmulo prescindible de seudo creaciones. Gran parte de la creación literaria actual, por eso, consiste en escribir para el olvido. ¿Qué significa escribir para el olvido? Escribir sin pensar en dejar una obra que sobreviviera. Escribir para las nubes.
Clásicos resumidos
Hoy se ha convertido en clásico un hecho que se repite cada vez más y que no puede menos que generar cierta preocupación. Es la proliferación de escritos, investigaciones y estudios preliminares de universitarios letrados que, por su profusión, termina sustituyendo la lectura de los verdaderos clásicos. Es que las nubes buscan eso.
El hecho se observa de esta manera: una persona desea leer, por ejemplo la Divina Commedia. En otros tiempos esa persona se acercaba a una librería y compraba un ejemplar de la obra de Dante y a continuación disfrutaba de ella. Pese al esfuerzo que pudiera implicar encontrarse con la obra de Dante, el lector aceptaba el desafío. Trataba de trabajar la obra él mismo, descubrir sus recovecos, sentir en el alma el canto del poeta: hacer, en una palabra, un esfuerzo de poesía.
Hoy interesan más las ediciones anotadas y mucho mejor si contienen un extenso estudio preliminar en el cual se hablara de la vida de Dante, de los conflictos que vivió en su época, de cuánto tardó en escribir la Commedia y cómo lo hizo, si usaba calcetines y de qué color eran y otros datos que cualquiera que amara un poco la poesía sabría que no importan en la menor medida. Pero las nubes no quieren oír a Dante, quieren oír al erudito de turno. Quizá le temen al soplo de la poesía que las desharía en el aire.
La nube busca en el estudio del doctor X el resumen, la explicación fácil, la solución del enigma. Busca algo que le ahorrara el esfuerzo de tener que leer verdaderamente.
Tengo bajo mis ojos un volumen que contiene la obra de Dante titulada Vita nuova. Se trata de una edición italiana contemporánea de una famosa editorial y publicada en su colección de clásicos. En la mayor parte de las librerías de Italia podría encontrarse ahora mismo un volumen exactamente igual al que estoy mirando. Y en él, afortunadamente, todavía está Dante, pese a los esfuerzos que han hecho las nubes por acallarlo.
En esta edición las nubes han hecho de todo para entorpecer en todos sus detalles la grandeza del poeta. La nota introductoria es un mamarracho que llama en causa el campo de la ciencia para intentar darle validez a sus prejuicios más inveterados, pero mejor dejarla de lado. Entonces, cuando uno se cansa de ese estudio preliminar inútil (cosa que ocurre casi en seguida), va a buscar la obra del verdadero artista. Y el lector que se atreviera a hacer un esfuerzo de poesía busca con ansias y en silencio la primera página de la Vita nuova, intentando olvidar todo el ruido que generan los vasos huecos de la erudición.
Quienes tuvieran la desventura de poseer el mismo volumen que estoy mirando ahora van a la primera página de la Vita nuova y encuentran que hay, en toda la página, tres renglones escritos por Dante (la letra es grande) y veintidós ocupados por las notas del erudito (la letra es mucho más pequeña.) Entonces empezarían a leer al poeta con cierto disgusto, porque vislumbrarían ya que el erudito de turno intentará acallar todo el tiempo con su ruido el canto del genio.
“Quizá es así sólo en la primera página”, piensa entonces el lector esforzado por culpa de la esperanza. Pero al pasar a la segunda página descubrirá que hay otra vez tres líneas escritas por Dante y ahora treinta y cinco escritas por el erudito, y la tercera página es exactamente igual: tres contra treinta y cinco. En la cuarta las cosas mejoran un poco, porque hay nueve escritas por Dante, pero sigue habiendo demasiadas del erudito: veintiocho. Y en la quinta volvemos a lo mismo: cuatro de Dante contra treinta y tres del erudito. Y las cosas siguen así hasta el final, salvo en la página 105 en la cual hay veinticinco líneas de Dante y sólo nueve del erudito de turno. ¡Milagro!
¿Cuándo llegará el día en el cual las notas introductorias sustituyeran enteramente a las grandes obras? Parece estar cerca.
Exhibición de erudición
Actualmente se acepta con frecuencia que deben leerse estudios preliminares, guías de lectura, resúmenes. Podríamos pensar que se trata de una extensión del fenómeno universitario que ha capturado ámbitos ajenos a su origen. Basta acercarse a una librería comercial, de ésas en las cuales los libros son un objeto de consumo más, para descubrir que en la producción editorial actual pululan los escritos que intentaran explicar en pocas páginas teorías complejas, obras completas y enteros sistemas filosóficos. Todos, alguna vez, habrán visto en los anaqueles de las librerías los libros que se titulan “X para principiantes”, donde X es Einstein o Freud o Marx o Sartre o Platón o Dante o quien fuere.
Es un hecho que se acepta socialmente: se cree que es necesario tener una guía para poder leer de antemano un libro porque el libro es demasiado complejo y no se entiende lo que quiere decir (préstese atención a que este hecho ocurre antes del acercamiento verdadero a la obra: se trata de un prejuicio liso y llano.) Lo terrible de la guía es que tal vez la hizo alguien que algo entiende sobre la teoría o la obra en cuestión, pero que la rebaja al tratar de hacerla para principiantes.
Parecería que los lectores contemporáneos no comprenden que todos somos principiantes al leer lo que nunca hemos leído. Y que lo único que vale la pena es lo que implica algún esfuerzo. Las guías consiguen siempre el mismo resultado bíblico: terminan todos en el pozo. Ciegos que guían a otros ciegos.
Hace poco apareció una reseña de Damián Tabarovsky sobre una novedad editorial escrita, claro, por un doctor en letras. Allí señala lo siguiente:
«Ocurre que la gente que lee los libros de punta a punta (entre ellos, yo) no lo hace como una forma de sufrimiento, ni para cumplir con el mandato escolar, ni por ninguna razón moral, sino como una forma de optimismo, de esperanza. Lo hacemos guiados por el anhelo de que, incluso en un libro terriblemente malo, más adelante haya oculta una frase genial, una idea maravillosa, un pasaje perfecto. Con eso solo alcanza para que la lectura se convierta en una experiencia radical.»
Tabarovsky se refiere, en su artículo, a un producto de estos tiempos cuyo uso está destinado a la exhibición de erudición sin alma y, además, errónea. Sin embargo, hablando de ella, él puede sostener que en la verdadera lectura hay espíritu poético.
El problema con los pigmeos es que nos pueden llevar a la errónea creencia de que somos gigantes. Eso ocurre con el erudito que recopila frases célebres sin siquiera saber qué quieren decir. El erudito puede exhibirse ante quienes ignoran de qué habla, mas pobre de él si llegara a encontrarse con alguien que tuviera un alma.
El ejemplo más claro está en la frase de Oscar Wilde que Tabarovsky recorta de la novedad editorial. Oscar Wilde hizo de la crítica un arte, por ello, por ejemplo, afirmó que basta sólo leer unas pocas líneas de un libro para saber si será bueno o no, por el estilo mismo que esas líneas pudieran denotar. Lo que olvidan los más es que Wilde dijo que al genio le basta leer unas pocas líneas para saber si el libro que está leyendo es bueno o malo. ¡Qué arrogantes las nubes, se consideran genios! Wilde jamás sostuvo que no hay que leer libros, como unos cuantos repetidores de frases suelen decir por ahí. El ejemplo de mala interpretación de esa y otras muchas frases de Wilde describe bien el problema. ¡Pobre Wilde! ¡Cómo lo manosean!
Pueden repetirse muchas de las frases de Wilde, incluso usándolas como él mismo las habría usado. Sin embargo, ello no significa que el papagayo de turno supiese saborear su pluma, ni que entendiese qué quiere decir. La exhibición de erudición es un mal peor que la ignorancia.
A modo de conclusión
Las obras clásicas hoy cuentan todas con una introducción escrita por algún letrado. Y esas introducciones, en general, pecan de una falta grave que es tratar de explicar la poesía. Se empeñan en indagar en la vida del poeta, en sus costumbres, en su forma de ser y buscan allí la fuente de la poesía, de la escritura, de la obra. No hay explicación más inútil que la que intenta dar cuenta del hecho poético, pues éste se pierde en el momento en que se trata de atraparlo con una explicación. Pero mucho peor es todo si ni siquiera son poetas los que intentan explicarla. Los poetas han intentado explicarla desde siempre; algo los lleva a dar testimonio de su experiencia, pero lo hacen con el respeto que desconocen los que jamás se han acercado a ella como poetas. Saben, en una palabra, que intentan explicar algo que se presenta como inexplicable. ¡Cuánta desfachatez en los otros!
Erróneamente se sostiene la obligación de leer. Hay toda una impostura al respecto. Y por esa impostura se fomenta el uso de los resúmenes y las guías. Parecería que hay que mostrar que se ha leído. ¿A quién? ¿Para qué? Cuando aparece la utilidad y la necesidad, el arte fenece. No hay que caer en esa mentira de las nubes. La lectura no debe nunca ser obligada ni útil. La obligación mata la posibilidad de encontrarse con la obra. Es lo que ocurre con las obras que son sometidas al régimen de enseñanza en las instituciones educativas. Uno puede repetir de memoria muchas palabras, pero el espíritu ha huido. Nadie en el mundo ha disfrutado nunca las obras de los poetas en las escuelas y las universidades. Algunos las han disfrutado pese a las escuelas y las universidades y los estudios preliminares.
La lectura debe llegar sola. Se debe encontrar la obra para cada uno. Si se comenzara a leer una obra que no interesara hay que abandonarla. Sencillamente la obra no es para uno y, sobre todo, uno no es para la obra; ¿por qué sufrir por ello o sentir culpa, como sostienen las nubes? Tal vez la Divina Commedia no sea para uno, pero la Odisea sí. Debe entenderse que lo que trato de decir es que la lectura obligada es peor que la ausencia de lectura, porque mata la poesía.
Ahora que llego al final de las líneas veo que por fin brilla el sol en el cielo. Me pregunto cuánto durará.
Aqueos en colaboración con S. A. D.

Artículos sobre la novedad editorial:





Estimado Aqueos:
Lo leí desde ayer. Pausada y tranquilamente. Disfruté cada línea. Y he releído varias frases:
“¡Pobres nubes!, así les va: pasan y se deshacen y son humo y son olvido y son nada.”
¡Fantástico!
Este gran artículo es muestra clara de que -afortunadamente- hay soles que siempre brillarán por sobre la nubes, haciéndose paso unas veces con potencia violenta, otras suavemente: con el viento; así como lo has hecho de una manera tan magistral
¡Salúdame a S.A.D.!
Rafael Frias
Amo las nubes y sentí pena frente a tu comparación, no merecen la misma… el arte se vive, que se jodan los desapasionados eruditos. Abrazo.
Estimado Rafael:
Tus visitas a la bitácora son como un sorbo de agua fresca en medio del desierto.
Agradecemos tus amables palabras.
El artículo nació como consecuencia de algunas conversaciones y también de algunos hechos.
Hay alrededor de la literatura una puesta en escena, una impostura que no trae más que vulgarización y muerte de la palabra.
Pero aún quedan lectores, así que tal vez no sea todo tan malo y tan grave (el optimismo a veces es necesario.)
Te envío muchos saludos, míos y de S.A.D.
Aqueos
Estimado Soloquio2:
A nosotros también nos gustan las nubes, pero las del cielo, las que se elevan.
Tus palabras dictan una sentencia clara y justa para con los eruditos.
Muchos saludos.
Aqueos – S.A.D.
[...] 27, Noviembre 2007 (Artículo publicado el 23/11/2007 en Aqueos) [...]
[...] http://aqueos.wordpress.com/2007/11/23/las-nubes-o-un-problema-de-actualidad/ [...]