En el periódico El País he leído la siguiente noticia: Un problema de narices, y he pensado seriamente sobre lo que ella podría indicar.
Sabemos bien que el uso que cada hombre le otorga al tiempo del que dispone está regulado de alguna forma.
Desde que se ha implantado el modelo capitalista del trabajo, el tiempo ha pasado a ser un valor de cambio. Por ello hay que disponer del mismo de cierta forma conveniente: invertir el tiempo en el trabajo, la educación (cuyo horario acostumbra desde temprana edad a la jornada laboral), ahorrar tiempo para “cosas importantes” (olvidando, en realidad, lo que más importa.)
Pero de lo poco que se habla (y mucho se padece) es del extremo al que se ha llegado con respecto a los ideales del trabajo y de la sociedad contemporáneos: hay que trabajar siempre, no estar agotado; no sólo cumplir con el trabajo sino con la vida familiar, con la vida social, con la imagen que se tiene.
Los hombres hoy corren detrás de un reloj imaginario, y para no detener su marcha hacen cualquier cosa que tuvieran al alcance de sus manos. El consumo de drogas no es nada nuevo, pero pocas veces se menciona el consumo de drogas que se hace para soportar las exigencias del trabajo, para poder soportar largas jornadas, para “seguir y no parar nunca.” Y no hago referencia aquí sólo a las drogas ilegales, sino a aquellas toleradas y que se publicitan en los medios de comunicación, ya sea bajo la forma de medicamentos o no, y que a veces se cree que son menos peligrosas.
Si prestamos atención a las publicidades, por ejemplo, de suplementos vitamínicos o aspirinas (que cada día tienen más propiedades curativas) señalan: primero, que si uno está cansado no puede hacer las cosas que le gustan. Segundo: que la vida diaria nos enfrenta siempre a exigencias a las que hay que responder todo el tiempo. ¿Y cuál es la fórmula para lograrlo? ¿Acaso es tomar prioridades? ¿Acaso es descansar cuando arrecia el cansancio? ¡No! La solución es consumir el producto “X” por una módica suma de dinero y ese producto nos permitirá hacer todo lo que tuviéramos que hacer sin rendirnos ante el cansancio de un cuerpo que se degrada. Claro que no importa que eso que debemos hacer es seguir trabajando para poder comprar luego más “X.”
Continuemos un poco más con las publicidades, pues ha ocurrido que mientras escribo veo en el aparato de televisión dos publicidades más: una, la de un medicamento para bajar de peso, de acción rápida. Otra de un banco multinacional que ofrece la posibilidad de tener un crédito de inmediato, por el valor de cinco sueldos y con una tasa de interés que es preferible ni mencionar (por lo onerosa) para hacer lo que uno quisiera, sin esperar. “Para vivir la vida hoy”, dicen.
Toda una vida de consumo, como bien ilustra Bauman en su libro que lleva ese mismo título.
Junto a la exigencia de no detenerse se hace presente también la prisa, la inmediatez por obtener las cosas. Ya no es extraño encontrar personas que sacan créditos para pagar la cuenta de alguna de sus tarjetas de crédito (quizá para comprar más “X” y poder tomar otro empleo que le permitiera sacar otro crédito para pagar el anterior y así comprar más “X”…) Es algo verdaderamente kafkiano.
El mensaje que engloba todos estos fenómenos -aparentemente tan disímiles- es paradójico: hay que darse prisa y vivir la vida hoy, porque mañana… Pero allí donde se esperaría el “puede ser demasiado tarde” aparece el “no hay mañana.” No está la muerte acechando detrás de la prisa, está más bien su abolición. Nada se pierde. Hay que trabajar, ser exitoso, darse los gustos de inmediato, cuidar del cuerpo, y además ser joven, hoy porque hoy es lo único que hay.
El problema de creer que no se puede perder nada es que es un engaño, pues inevitablemente hay pérdidas. Es parte de la naturaleza, la vida se pierde. Entonces cuando ocurren los hechos que antes podían ser inscritos dentro de un orden, como el duelo, aparece cierto vacío que no puede llenarse porque la exigencia social es la de seguir corriendo, no detenerse.
Una sociedad que niega la muerte no puede más que conducirse de esta forma.
En el cuento de Edgar Allan Poe titulado ”La máscara de la muerte roja”, hay una peste, la Muerte Roja, que azota una comarca, el príncipe Próspero se encierra en su palacio con otros cortesanos y organiza un baile de disfraces negando la existencia de la peste y la miseria y la muerte. Mientras ellos bailan inconscientes, sin embargo, aparece alguien disfrazado de la Muerte roja. El príncipe, ofendido, increpa al cortesano que, disfrazado como la Muerte roja insulta su alegría con esa ironía blasfematoria. Claro que no había cortesano ninguno bajo el disfraz: la Muerte roja los había alcanzado.
Seguimos bailando entre bufones, improvisadores, bailarinas y músicos. Corre el vino, corre “X” y corremos nosotros. Tarde o temprano aparece la máscara inesperada.

Fuente de la imagen
Aqueos en colaboración con S.A.D.





Muy de acuerdo contigo. La clase de publicidad que describes es exactamente igual en estos lados donde habito. Ya se decía que el modelo capitalista es autodestructivo -sólo que no se tiene certeza de su fecha de vencimiento.- Espero, siendo consciente de todo esto, al igual que lo eres tú, abstenerme de caer en el círculo vicioso.
Me levanto temprano, tomo un buen desayuno y me voy a trabajar. No hago horas extras para tener consumos extras que me puedan llevar a tener que consumir X para trabajar las horas extras que me permitan pagar los créditos en que pueda incurrir -¿lo escribí bien?-
En fin, buena reflexión. Ojalá alguien metido en la clase de vida que describiste, tenga oportunidad de leer el post, a ver si en algo se ilumina su camino. Dijiste dos cosas muy importantes a mi parecer: priorizar y descansar cuando se está cansado.
Saludos, Pablo.
Sí, es un círculo vicioso: trabajar para comprar “X”, para volver a trabajar.
Creo que inevitablemente todos estamos inmersos en este tipo de vida, pues somos hijos de este tiempo.
Si observamos detalladamente podemos ver cómo todo lo que nos rodea se ha transformado en un producto.
Claro que estar advertido de ello no es lo mismo que dejarse llevar por la corriente consumista.
Gracias por tus palabras.
Te envío mis saludos.
Aqueos
¿Puedo sumarme a los que consideran que el tiempo – tanto para la creación como para la recreación- es quizás el capital más valioso y humanamente más recompensante que podemos tener? Claro, yo también tengo que trabajar para poder vivir en esta sociedad pero ni un minuto más que el necesario para mantener ese equilibrio sin el cual la vida parece perder sentido y nosotros también.
Es bueno encontrarse.
Saludos.
Rossana
Sin lugar a dudas el tiempo de creación (y recreación) es lo más valioso. Hay que jugar con la seriedad de un niño, como afirmara Stevenson.
El problema surge cuando las personas, sumergidas en la vorágine consumidora, confunden lo que verdaderamente les interesa con aquello que se les vende, se les impone.
A veces la peor tragedia es que no notan el grado de sumisión que tienen sus elecciones con respecto a lo que les propone el mercado como modelos o ideales.
Pero queda en cada uno, como sujeto, la cuestión de qué hacer con ello.
Muchas gracias por tus palabras.
Te envío mis cordiales saludos.
Hasta pronto.
Aqueos