Creación y serie

La gran cantidad de escándalos (plagios, fraudes en concursos, etcétera) que últimamente rodean al mundo de la escritura me ha llevado a pensar en algunas cuestiones que se relacionan con la originalidad, la creación y el mundo editorial.
Algo ha ocurrido desde que la práctica de la escritura ha pasado de ser una forma de busca de la belleza a ser una profesión (entendiendo el término sólo como una forma de ganar dinero.)
Los concursos, se sospecha, ya no son una forma de entregar un premio al relato y a la creación. Los concursos se han convertido sólo en una forma de ingresar en el mercado de ventas. Y ello no tiene nada que ver con la excelencia, con la belleza, con el arte.
Uno de los ejemplos más resonantes -de escándalo- ha sido el que ha llegado a términos judiciales, el del concurso que organiza la editorial Planeta. Otro ejemplo es el de las copias o plagios. Ya ha ocurrido que se han premiado obras que luego resultan ser copias textuales de otras (el caso de cuento de Papini, en el concurso que organizara el diario La Nación en el año 1998.) Lo que poco se menciona en esos casos es el desconocimiento de obras clásicas por parte del jurado, conformado por supuestos conocedores de las letras.

La originalidad


Desde que nació el concepto de autor, y el de obra que lo acompaña, se asiste al problema del plagio, la copia y el reconocimiento. No quiero ingresar en un tema tan complejo que exigiría mucho más trabajo del que aquí se puede ofrecer, pero sí querría que por lo menos se plantearan algunas preguntas.

La creación de lo nuevo, la originalidad, sólo nace de la tradición. ¿Qué significa esto? Que no puede haber nada original en aquél que desconoce lo que existió antes que él. Cuando se oye a alguien decir que quiere ser original y que por ello no lee nada, lo único que se puede esperar es escuchar lo que cualquiera dice, pues nuestra preciada originalidad es tan igual en todos que… no es nada original.

El conocer la pluma de los clásicos, aquello que otros pensaron, permite que nuestro espíritu se hinche, se llene del alma de aquellos que ya no están pero que con sus palabras siguen presentes entre nosotros. Luego, puede ocurrir que eso que hemos conocido, que degustamos, que se nos infiltró en el alma, nos lleve a combinarlo de otra forma, que nos impulse a crear algo distinto, pero en base a eso que ha quedado en nuestra memoria, o en nuestro olvido.

El desconocimiento de los clásicos

No es concebible que se pueda conocer todo lo que se ha escrito. Es una tarea que por su magnitud es imposible de realizar, pero además carece de sentido. No todo lo que se ha escrito merece ser leído. Desde que la imprenta ha visto la luz en el mundo, no sólo las obras más sublimes se han reproducido. El trabajo de los amanuenses, de los copistas, le otorgaba a la reproducción de un libro algo más que el hecho de ser sólo una reproducción. Había allí un trabajo que nada tiene que ver con la reproducción mecánica de una máquina, con la serie. Claro que también la reproducción manual de cada obra incluía la versión del que la copiaba. La censura y la traducción crearon nuevas obras.

Que no sea posible leer todo lo bueno no significa que no hubiera que leerlo. Actualmente asistimos a un movimiento de superproducción de la escritura (Una nueva barbarie): todos escriben, pero pocos leen.

Algunas obras soportan la prueba del tiempo, su belleza, su compleja forma de tratar el problema del hombre, hacen que sobrevivan por varias generaciones (es muy difícil no reconocer lo verdaderamente bueno cuando se presenta frente a nosotros.) Y sin embargo, siempre encontramos algún perdido que confunde esa prueba del tiempo -que hace a la obra vieja en el sentido del tiempo que ha pasado desde su creación-, que sostiene que es vieja “porque no es actual.”

El mercado y la serie

Al mencionar la creación de la imprenta se tocó un punto importante, el de la reproducción automática, que ha tenido sus ventajas y grandes desventajas.

La difusión de las ideas propias es algo loable. El problema emerge cuando se pasa de algo que se sostiene como derecho ­-la libertad de expresión- a la justificación de que eso que se dice es válido sólo porque se puede decir. Entonces bajo un derecho absolutamente reconocido se dice cualquiera sandez sin un gramo de responsabilidad ni argumento que sostuviera nada “porque es una opinión propia” y “porque uno tiene derecho a tener su opinión.” Este fenómeno ha invadido todos los medios imaginados, no sólo el ámbito de la escritura. Claro que si al estúpido se le menciona que dice estupideces, uno es tildado de intolerante… (Y sí, soy intolerante… con la estupidez.)

¿Y qué ocurre con las opiniones propias que “son originales”? Son todas iguales. Absolutamente son todas iguales. Nunca antes la serie, la copia, se ha visto tan propagada. Los espejos que a Borges lo horrorizaban por la multiplicidad que proferían, son pequeños comparados con el mundo editorial actual. ¿Y por qué son todos iguales? Propongo posibles respuestas: la trasgresión, la supuesta originalidad, el consumo de vidas privadas, se ha vuelto la moneda común. Se busca tanto la trasgresión y se ha tratado de transgredir todo, que ya no se sabe qué hacer. Antes era un escándalo escribir un insulto en una página, hoy es común. Tal vez el gran escándalo hoy sea escribir bien, pero el público está tan acostumbrado a la mala escritura que es muy probable que no entienda lo que se ha escrito.

A veces parecería que aquello que se supone realidad es válido y lo que se supone ficción no. Es muy divertida esa falsa separación que hacen: hay algo verdadero y hay algo ficticio. ¡Si supieran que eso no importa en la menor medida!

Hace poco se me dio por buscar la forma de publicar ciertas obras, y en el camino, en la busca de información, me topé con muchos que me dijeron que lo que está de moda es la novela histórica, que es la nueva creación de las editoriales, o también aquello que se relaciona con mi profesión: el psicoanálisis. Y que lo que se vende (hay que prestar atención al término) son los libros de autoayuda, de explicación de los problemas, de formas de sobrellevar la vida, de consejos para… Se vende… y yo no podía dejar de pensar en qué se vende, ¿el alma? ¿La rigurosidad? ¿El arte? ¿La dignidad?
Después me explicaron que uno debe saber cómo venderse

La pluma ya no trabaja por el arte, trabaja por el pan, y sin embargo de ese pan que se busca sólo se reciben algunas migajas. Cualquiera que escribe sabe que no vive de eso. Pero me refiero a los que escriben en serio no en serie. A esos que se toman la vida por buscar la línea perfecta, que, como Goethe, trabajan una vida por lograr su Fausto.
¿Habrá tenido Goethe un corrector? Pregunta impertinente, pero interesante.
El mundo editorial está lleno de profesionales, pero parecería que carece de artistas. Las obras que se publican pasan por correctores y aún así son un desastre. La invención de palabras (por ignorancia y no por espíritu) abunda. Algunos ejemplos menores: influenciar, como si influir no alcanzara, recepcionar, por mencionar otra. Escribo esas palabras porque son las más horrorosas que he encontrado entre otras.

Pienso en Oscar Wilde, y en El crítico como artista:  «El público es prodigiosamente tolerante, lo perdona todo, menos el talento.»


Algunos artículos y entradas en los que se puede indagar y pensar sobre el escándalo Planeta:
Un artículo, que lo resume todo: Tensiones y contensiones de Elsa Kalish 
La entrada: Piglia-Planeta: El escándalo

Publicaciones del periódico:
Con el prestigio en juego
La novela que nunca se apaga
El concurso que perdió el juicio