Desde unos versos de Arturo Capdevila hacia Sierra de la Ventana

En el poema que se titula “Nocturno de los cantos de la noche”, que es parte de El libro del bosque, hay unos versos que son así:

Pensaste que los hombres
amaran las estrellas.
Y el alma de los hombres
no sabe de este amor.
Ya nunca los invites
a dialogar con ellas.
¡Ve solo por las rutas
del infinito en flor!

Entonces, esos versos, y el recuerdo fresco de otras lecturas amistosas (ciertos libros de Hudson y de Cunninghame Graham), me hicieron recordar un momento del último viaje que hice por las tierras de la provincia de Buenos Aires. Hay que leerlos con atención a los versos anteriores para poder imaginar luego con precisión el bello episodio. Hay que leerlos con precisión y, quizá, agregarles otros versos que hay al principio del “Nocturno de las palabras humildes” y que son así:

Por caminos sin nombre
de viaje voy.
¡Ojalá nunca olvide
que tierra soy!

Con precisión y con atención hay que leerlos, o, mejor dicho, con los ojos cerrados, tratando de sentir las palabras (lo que suele llamarse atención conspira justamente para no lograr eso.) Hay que leerlos como poetas.
Leía esos versos y otros, llenándome de poesía, y súbitamente, como un relámpago, recordé el episodio que con descuido había olvidado.
En realidad quizá no lo había olvidado, estaba allí guardado esperando el momento para surgir otra vez y devolverme la felicidad de aquella ocasión. Aunque la felicidad que regresa es un poco rara, porque parece que hubiera perdido algo (otro verso de Capdevila me viene a la mente entonces:

se me escurre el oro que en el tiempo corre.)

Por otra parte, mientras caminaba hacia la biblioteca con la intención de escribir estas líneas, un relámpago verdadero, que iluminó de repente la ventana, pareció reprenderme por haber olvidado algo tan bello.
Ocurrió en el camino hacia Sierra de la ventana. Era todavía de noche y viajábamos más bien solitarios hacia el sur de la provincia. La ruta, como saben quienes la han recorrido, es muy oscura; profunda, silenciosa y poética. La noche se iluminaba solamente por los faros del automóvil. Es que ya no viajamos como se debe, es decir a pie o a caballo. ¡Cuánto más bello habría sido todo si hubiésemos estado viajando a caballo!
Pero no, estábamos viajando en el automóvil, más bien solos, y en el cielo se veían las desaforadas estrellas. Muchísimas había, de ésas que los hombres no aman, pero de ésas mismas a las cuales les cantan los poetas. La negrura de la noche y la soledad de la pampa se unían con las estrellas y le daban a todo el aire maravilloso de la poesía y de los sueños. Como se ve, ya era todo bastante bello, y si el tiempo se hubiese detenido en ese instante, yo no hubiera alzado protesta ni reproche. Sin embargo, faltaba algo.
Y faltaba algo que mejoraría mucho más toda la escena. ¿Cómo imaginar que podía mejorar todo eso?
Viajábamos, decía, en la oscuridad y la soledad, arriba las estrellas del cielo sin luna, quietas en su latir; abajo la pampa negra y la ruta del infinito en flor. De repente, a media altura en el cielo, fugaz y ligera, una luz surcó el aire y quedó por un segundo impresa en nuestras retinas. Era uno de esos fenómenos que los hombres suelen llamar estrellas fugaces. Y aunque no son estrellas, sí que son fugaces. Estrellas fugaces. A veces el pueblo sabe ser poeta. Buen nombre le han dado.
En medio de la oscuridad y la soledad, como si nos señalara el camino hacia el sur, una estrella fugaz hizo más bella una escena que no podía ya mejorar. ¿Cómo pueden algunos (esos hombres que no saben del amor por las estrellas) vivir sin saborear momentos como ese? ¡Qué ilógico ascetismo el que profesan!

Sierra de la Ventana

Dos ejemplos de poesía menor

Cuando menos lo sospecha el hombre se encuentra con la poesía. Casi como si ella lo embistiera como un toro embravecido. He aquí dos ejemplos de poesía inconsciente que brama y se apresta y sale a la carrera y por fin embiste.

1. Una mañana adquirimos un temporizador mecánico para la cocina cuyo valor monetario era ciertamente una bagatela. Se trata, aquí en el sur, de un producto extranjero, probablemente europeo. Y he aquí la imagen de la caja del temporizador (simpático el artefacto.)

Temporizador con forma de vaca.

Al costado de la caja hay las inútiles instrucciones para el uso del objeto. Casi que emulaban a Cortázar quienes diseñaron esa caja. Y las instrucciones están allí en varios idiomas. Inglés, alemán, francés, chino, algo que parece sueco o noruego o finlandés o danés, y castellano… o, mejor dicho, algo que parece castellano. Y tanto se alejan de la redacción corriente, son tan extranjeras en su forma, que son tan simpáticas como la forma del temporizador y, quizá, enteramente poéticas. El secreto está en saber leerlas, como siempre.

Debajo del chino está el castellano… o casi. Lo primero que se lee, a modo de título, es metododeuso, así, sin acento y todo junto. Después está el cuerpo del poema, que consta de tres versos muy sencillos.

Es realmente admirable la forma en la cual están redactados.

El primero dice: “andar por la rumbo manos de un reloj, gira a 60.”

Si uno no supiera de qué habla, esa frase sería realmente misteriosa. El lector azaroso la llenaría de los sentidos más extravagantes, porque el sentido es siempre infinito.

El segundo dice: “inverso por la rumbo manos de un reloj, gira a tiempo estipulado.”

Y vale el mismo comentario. Ese “inverso por la rumbo manos de un reloj” es fantástico.

El tercero dice así: “al llegar tiempo estipulado, sono el timbre.”

Sublime.

2. Otra mañana distinta y tan pródiga como la primera sucedió el segundo de los poemas menores. La pregunta que queda es si fue un poema inconsciente o deliberado. Ocurrió a bordo del tren que nos llevaba desde la ciudad de La Plata hacia la localidad de Avellaneda, aunque parecía ir a Calcuta (obra, enteramente conciente en este caso, de los personajes que ya sabemos.)

Estábamos en el desvencijado y maloliente vagón, sentados sobre los asientos que son duros como el metal, sobre todo porque de eso están hechos. Se podría decir de pasada que tan desvencijado estaba el vagón que no era apto para el pensamiento. En medio del viaje una de las ventanillas se abrió sola y al caer hizo tremendo ruido. Ese ruido nos hizo saltar sobre los duros asientos, y ningún hombre, por más abstraído que estuviera en sus pensamientos, podría haber continuado sus cavilaciones luego de tal sobresalto.

Estábamos, entonces, en ese vagón, sufriendo el viaje y el frío (ventanillas que no cierran, las puertas menos, ¿calefacción?, sí, seguro…), y de repente observé en la pared del frente un insulto que alguien le había dirigido a otro. Se acordaba en él de la madre del otro y de su supuesta profesión (antigua, según dicen todos creyendo decir algo interesante.) Allí estaba, escrito con letra temblorosa, letra de tren, el breve poema.

Cualquiera diría que el insulto estaba mal escrito, y que en lugar de insultar da un poco de risa. Es que alguien se dirigía a una fulana y la tildaba de hija de mala madre. Pero no decía mala madre, decía la otra palabra que tanto les gusta a los malos escritores aplaudidos por los asnos. Pero no sólo no decía mala madre y sí decía puta; tampoco decía hija, porque el poeta del pueblo escribió, sobre la pared de ese vagón, higa de puta.

Algún distraído diría, además, que parece un insulto pronunciado por un italiano y llevado luego esa pronunciación a grafía.

Pero quizá se engañaría, como se engaña el que pensara que el insulto estaba mal escrito.

Era la obra de un verdadero poeta que cumple su cometido ya que con su poema sólo esperaba engañar a los zonzos. Porque quizá sí quiso decir higa. Y como se sabe, higa es el nombre de un gesto de desprecio que solía usarse y que pasó luego a querer decir también burla, mofa, broma, ironía (es también el nombre que le han dado a un amuleto y, por extensión, a los amuletos todos.) Quizá el que escribió eso quería decir que esa fulana era como el gesto de desprecio hecho por una prostituta a alguien más (que es como el desprecio hecho por el despreciado.) ¿Será suponer mucho? Basta ver los trenes para saber que sí. Quiso decir hija y usó la ortografía que usa la mayoría, ya que la cultura del país es como sus trenes y ha sido devastada, arrasada, destruida, saqueada. El insulto se convierte así en algo cómico pero también en otro sublime caso de poesía inconsciente.

¿Quién hubiera dicho que de tantas iniquidades como las que han desangrado al país podía salir un pedazo de inmejorable poesía?

Un reconocimiento tardío

Hacía mucho yo había leído la noticia. Había quedado sepultada en mi memoria, en mi olvido, pero siempre presente y persistente.
Hace poco escribí sobre un escritor olvidado, ese escritor fue Giovanni Papini. Y tan olvidado fue que algunos grandes jurados de otros grandes concursos literarios no lo han leído. Fue entonces que el azar hizo que su pluma fuera reconocida, una vez más o al fin una vez, aunque el jurado no fuera conciente del reconocimiento que le otorgaba, ya que desconocía al verdadero autor de la obra. Quedó en la inconsciencia hasta que un lector, en una carta que le enviara a un periódico, lo anunció.
El artículo se titula:“Copió a un autor famoso y ganó un concurso literario” y en él se menciona el hecho que ocurrió en el año 1998. Han pasado ya casi diez años, pero la falta de lectura sigue igual, sobre todo cuando se trata de leer a los poetas. Para intentar vanamente compensar esa falta, aquí trascribo El espejo que huye en su idioma original.

Lo specchio che fugge

Un impossibile mattino d’inverno, in una stazione ben nota, un uomo che non conoscevo –in soprabito, con due violette all’occhiello– voleva dimostrarmi che gli uomini son felici, che la vita è grande, che il mondo è bello. Io l’ascoltavo con interesse, scuotendo ogni momento la cenere della mia sigaretta che si consumava al vento senza che mai la portassi alla bocca. L’ascoltavo e sorridevo e l’Uomo che non conosco si accalorava sempre più e già dall’humour passava al sentimento, all’entusiasmo, al delirio. La fuga delle sue parole rapide, scorrenti, salde, come fuse d’allora, come coniate di nuovo in qualche luogo, da poco tempo, mi riempiva di una ebbrezza molto simile a quella che dà lo champagne. Qualcosa di frizzante e di saltellante – un bisogno di abbracciare e di piangere, di danzare, di ridere a piccoli scatti…
A un certo momento la sua voce disse: – Pensate, signore, pensate alla grandezza del progresso che si compie sotto i nostri occhi – al progresso che porta gli uomini dal passato al futuro, da quello che non è più a quello che non è ancora, da quello che si ricorda a quello che si spera. I selvaggi non prevedono il futuro, non pensano all’avvenire; non prevedono e non provvedono. Ma noi, noi uomini civili, noi uomini nuovi, viviamo per il futuro e in grazia del futuro. Tutta la nostra vita è volta verso ciò che deve venire, è costruita in vista di ciò che accadrà. Gli uomini nostri consacrano l’oggi al domani, sempre, ogni oggi che passa al domani che passerà –rispettosamente e coraggiosamente.
– Questo enorme progresso dello spirito profetico è quello che fa svanire i pericoli, che ci dà in mano le forze, che fa scoprire nuove possibilità, che ci rende padroni della terra, del mare e del cielo e di una cosa che vale più di tutto ciò, o signore, – di noi stessi!
Ma in quel momento un treno potente arrivò alla stazione. Il suo rombo solenne nelle incrociature dei binari, il suo fischio breve, deciso, irritato, interruppero il discorso dell’Uomo che non conosco. Quando il treno fu in calma e non si udirono che i sordi sbuffi della macchina e i viaggiatori fuggirono, l’Uomo voleva ancora parlare ma io lo prevenni:
– Signor Uomo – gli dissi– questo treno ch’è giunto ora non le ha detto niente che faccia al caso nostro? Non ha intesa la sua risposta? Vuole che gliela ripeta io, umile traduttore, giacché so tradurre la lingua dei treni e di molte altre cose? Fino a pochi minuti fa questo treno correva con una velocità media di cento chilometri all’ora –piccolo mondo affollato e illuminato , attraverso la campagna solitaria e nebbiosa. Ed ecco ad un tratto s’è fermato e gli abitanti di questa piccola città in fuga sono scomparsi e il macchinista si asciuga la fronte con aria poco soddisfatta. Le ruote sono adagiate pigramente nelle rotaie e i vagoni vuoti e bui rimpiangono le chiacchiere dei viaggiatori e le variopinte valigie. Così finisce una fuga quando si viaggia su delle rotaie. Ma lasciamo il treno e torniamo agli uomini. In questo momento io penso a una cosa assurda e la dico a lei, signor Uomo, e la dico perché non ci sono qui delle moltitudini che possono sentirmi. Se ci fossero qui tutti quelli che desidero, direi:
– Immaginate, uomini, una cosa impossibile, una cosa assurda, pazza, incredibile e terribile. Immaginate che tutto il mondo si fermasse ad un tratto, in un certo istante, e che tutte le cose restassero in quel punto in cui erano e che tutti gli uomini diventassero immobili, quasi statue, in quella posa in cui erano in quel momento, in quell’atto che stavan compiendo… Se questo accadesse e, nonostante tutto ciò, continuasse ancora negli uomini il pensiero, ed essi potessero ricordare e giudicare quello che fecero e quello che hanno compiuto fin dalla nascita e ripensare a quello che avrebbero voluto compiere prima della morte, immaginatevi quale disperazione brucerebbe sotto il tragico silenzio di questo mondo arrestato all’improvviso!
– Non so se voi avete il coraggio di sentire quanto ciò sarebbe orribile. Sforzatevi per qualche momento di vedere tutti questi uomini resi immobili mentre erano intenti alle loro opere, ansimanti dietro ai loro sogni, sobillati dalle loro sudice passioni, spinti rudemente dai loro desideri. Vedeteli là, sparsi pel mondo, come sospesi da una catastrofe che li abbia trasmutati in fantocci pensanti, in statue disperate. Vedeteli nelle più schifose posizioni e nelle più ridicole, nelle più faticose e nelle più stupide. Ecco l’uomo sorpreso nel sonno pesante colla bocca semiaperta come un cadavere ubriaco –ecco l’uomo nell’atto d’amore, disteso come una bestia ansante sopra la donna dagli occhi chiusi – ecco l’uomo che rubava nelle tenebre coi suoi occhi falsi e la lampada che non si spegnerà più –ecco il giudice vestito di nero che dispensa morte e inferno e sangue sopra l’alto seggio- ecco il miserabile che striscia per il fango della città cercando un osso e un soldo– ecco la donna che sorride lascivamente colla faccia bianca di cipria, un po’ reclinata da parte –ecco il mercante dalle mani ossute che gesticola per avere dieci soldi di più– ecco il contadino affannato col pungolo in mano verso gli immobili buoi –ecco l’elegante oratore fermo a metà di un sorriso e di un complimento– e il soldato che stava colla baionetta inastata dinanzi una porta chiusa; e l’omicida che stava preparando i suoi veleni in una soffitta; e l’operaio sonnacchioso curvo sulle enormi macchine untuose, immobili e sinistre; e lo scienziato che non può ritrarre l’occhio stanco del microscopio ove hanno interrotto la loro danza i mostri invisibili…
– Immaginate ora, se non vi manca il cuore, i pensieri di tutti questi uomini condannati in un istante medesimo alla coscienza della loro morte. Credete voi che ci sarà un solo uomo –un solo, intendete? –un solo uomo che sarà lieto e soddisfatto di quel momento in cui il destino l’ha reso immobile? Credete voi che per un solo di questi uomini fosse quello il momento de Faust, il momento bello che vorremmo fermare, fissare e conservare per l’eternità? Voi non credete certamente questo, non potete credere questo!
– Il signor Uomo– lei, qui presente, in faccia a me –ha detto una grande e tremenda verità. Gli uomini pensano il futuro, vivono per l’avvenire, consacrano perpetuamente tutti gli oggi a dei domani che devono venire. Ogni uomo non vive che per quello che prevede, aspetta e spera. Tutta la sua vita è fatta in modo che ogni istante ha valore per lui soltanto in quanto egli sa che questo istante prepara un istante successivo, ogni ora un’ora che verrà, ogni giorno un giorno che seguirà. Tutta la sua vita è fatta di sogni, d’ideali, di progetti, di aspettative –tutto il presente è fatto di pensieri intorno al suo futuro. Tutto quello che è ch’è presente, ci sembra oscuro, meschino, insufficiente, inferiore, e noi ci consoliamo soltanto pensando che tutto questo presente non è che una prefazione, una lunga e noiosa prefazione al bel romanzo dell’avvenire. Tutti gli uomini, lo sappiano o no, vivono per questa fede. Se ad un tratto si dicesse loro che fra un’ora dovranno tutti quanti morire, tutto ciò che fanno e hanno fatto non avrebbe per loro nessun gusto, nessun sapore, nessun valore. Senza lo specchio del futuro la realtà attuale sembrerebbe turpe, lurida, insignificante. Senza il domani che fa sperare nelle rivincite, nelle vittorie, nelle ascensioni, nelle promozioni e negli aumenti, nelle conquiste e negli oblii, gli uomini non consentirebbero più a vivere. Senza il lontano profumo del domai essi non vorrebbero mangiare il nero pane dell’oggi.
– Pensate dunque a questi uomini fermati ad un tratto, che non possono agire più ma che pensano ancora. Pensate a questi uomini imprigionati in un eterno oggi, senza la liberazione della coscienza. Cosa debbono pensare questi uomini? Quale strazio deve rodere le loro viscere e recidere i loro nervi! Immobili nelle loro pose vergognose e delittuose, tristi e idiote, senza possibilità di speranza, senza luce di sogni, senza dolcezza di progetti, con le ali tagliate, le gambe legate, le mani incatenate, come un’enorme folla di prigioni michelangioleschi costretti nei vincoli della loro vita meschina, melanconica, schifosa; nei vincoli di quella vita ch’essi sopportavano soltanto colla speranza e l’aspettazione di vite più belle e più grandi, essi, questi condannati alla perpetua inazione, riconosceranno, con infinita rabbia, tutta l’assurda stupidità della loro vita anteriore. Essi penseranno che tutto il presente era da loro sacrificato a un futuro che a sua volta sarebbe diventato presente e sacrificato a sua volta a un altro futuro e così fino all’ultimo presente, fino alla morte. Tutto il valore dell’oggi era nel domani e il domani valeva soltanto per un altro domani e giungeva così l’ultimo oggi, l’oggi definitivo, e così tutta la vita era trascorsa per preparare di giorno in giorno, di ora in ora, di momento in momento ciò che non viene mai. Ed essi scopriranno questo tremendo vero: che il futuro non esiste come futuro, che il futuro non è che una creazione e una parte del presente e che il sopportare la vita inquieta, la vita triste, la vita dolente, per questo futuro che di giorno in giorno sfugge e si allontana, è la più dolorosa stoltezza di questa stoltissima vita.
– Uomini, noi perdiamo la vita per la morte, noi consumiamo il reale per l’immaginario, noi valutiamo i giorni sol perché ci conducono a giorni che non avranno altro valore che di portarci altri giorni simili a loro… Uomini, tutta la vostra vita è un’atroce frode che voi stessi ordite a vostro danno e soltanto i demoni possono ridere freddamente della vostra corsa verso lo specchio che fugge!
Un altro treno, gridando e tuonando, entrò nella stazione ed ancora una volta i viaggiatori fuggirono e il macchinista si asciugò la fronte con aria poco soddisfatta. L’ Uomo che non conosco era sempre dinanzi a me – in soprabito, con due violette all’occhiello –per quanto l’avessi dimenticato del tutto.
– Ecco – gli dissi– le mie idee sul progresso, sull’avvenire e sulla vita. Lei non è certo d’accordo con me ma io son d’accordo con qualcuno– ad esempio con la nebbia che cerca spesso di coprire il mondo e di nascondere l’uomo all’uomo, la miseria al disprezzo, la bruttezza alla malinconia. Ed io amo, moltissimo, signor Uomo, i treni che si fermano dopo le inutili fughe e la nebbia che vela ciò che non si può distruggere.
L’ Uomo che non conosco era diventato nervoso e tutto il suo entusiasmo era sparito come un fiocco di fumo. Invece di rispondere tolse dall’occhiello una delle sue violette e me l’offerse. Io la presi con un inchino, l’avvicinai alle narici e il suo lieve odore mi piacque.