Relatos atávicos 5 -Odín-

He transitado por estas tierras heladas buscando la forma de hacer algo para atrasar ese fin inevitable. El lobo aúlla tristemente, anunciando la caída de Sol y Luna. Fenrir ha sellado mi destino y no he querido ni he podido abandonarlo. Muchos me han preguntado “¿por qué has criado al lobo?” Porque el lobo y yo estamos atados, él me justifica y yo a él.

Miro el tiempo y lo que hemos hecho, el Ragnarok se acerca y todo ocurre según se ha escrito. Beber del pozo de Mímir me ha cegado de un ojo, pero también me ha permitido ver más claro. Frig, la que todo lo sabe, calla. ¿Su tarea será más difícil que la mía? ¿Cómo saberlo?, cada cual carga con sus propias sombras…

Cuento perteneciente a Treinta monedas de plata (inédito) escrito por Ma. de las M. B. Ávila y Sebastián A. Digirónimo

Retratos contemporáneos 4 -La que no escucha-

La que no escucha

A ella le gustaba hablar de sí misma, y todo el tiempo lo hacía, casi sin detenerse. Las palabras le producían un gran placer. El sonido de su voz la cautivaba y creía que ese mismo efecto producía en los demás. Mas ese encanto por sí misma le impedía oír a quienes conversaban con ella, y las confusiones más extrañas ocurrían por eso; por ejemplo, relataba lo mismo que había oído a quien antes se lo había contado, recordaba mal lo que le habían dicho. Esa peculiaridad suya le creaba problemas que no lograba descifrar cómo se generaban. Pues las personas le hablaban y no escuchaba, entonces aquello que todos sabían, ella lo desconocía todo el tiempo. Luego sufría las más grandes decepciones, ya sea engaños amorosos, financieros, laborales… siempre la engañaban creía, y se enojaba y lamentaba, y el universo se concentraba en sus desgracias. Llamaba a sus amigos y les contaba lo que le había ocurrido, y hablaba sobre eso sin respiro; y sus amigos algunas veces la escuchábamos, otras sólo simulábamos hacerlo, porque su hablar era tal que producía el deseo de no escuchar. Podríamos pensar que era paradójico, mas no, su hablar convertía a otros en ella.  Uno dejaba de escuchar, porque ella no decía nada.

Yo la veía una y otra vez repetir lo mismo, y tardé mucho en entender que era inútil hablarle. Su esfuerzo por no escuchar impedía toda molestia de mi parte. Era como ver a un animal que insiste en liberarse, sin saber que no está atado, tal vez como un insecto que choca una y otra vez contra los cristales de una ventana.

Era intérprete, hacía traducciones simultáneas en conferencias, también participaba en negocios entre empresas internacionales. Después de algunos malentendidos graves, la dejaron de llamar. Había tergiversado lo que traducía más de una vez, por no escuchar. Había sido fuente pródiga de discordias entre las partes. Sus traducciones habían sido verdaderas traiciones. En ella había tomado forma clara el proverbio italiano.

Cuando su trabajo pasaba por momentos así, el círculo vicioso de lamentarse y llamar a sus amigos comenzaba de nuevo. No entendía por qué le pasaba todo eso.

¿Hasta dónde podía llegar su sordera? No lo sé, pero se advertía que estaba a gusto con ella, parecía que no existía nada que pudiera hacerla cambiar. Nosotros creíamos que era un gran problema, pero no habíamos notado que para ella no había problema alguno.

La única vez que algo podría haberse modificado fue cuando su madre le avisó que se iba a mudar con ella. Cuando llegó el día de la mudanza tuvo una crisis, porque para ella la noticia era toda una novedad. Después tuvo una gran pelea, y más tarde nos reunimos en su casa para hablarle. Ella nos llamó. No podía seguir así. Ella decía que algo debía cambiar… entonces dijo que a partir de ese día iba a comprar un contestador automático para el teléfono, porque no era posible que las noticias le llovieran como piedras caídas desde la nada. Quería que yo la acompañara a elegir uno.

Al final perdí toda esperanza… y la acompañé, en silencio, a comprar el contestador.

Cuento perteneciente a Treinta monedas de plata (inédito) escrito  por Ma. de las M. B. Ávila y Sebastián A. Digirónimo

Relatos atávicos 4 -La escritura en la pared-

La escritura en la pared

La fiesta se ofrecía para miles. Príncipes, mujeres, concubinas, dignatarios, la concurrencia era general. Festejaban y bebían, y la música y los bailes alegraban la noche. Hasta que Baltasar, rey de Babilonia, animado por el vino que agitaba su sangre, tomó la fatídica decisión de traer las copas de oro y de plata que pertenecían al templo de Jerusalén. Sus servidores obedecieron, y con cierto temor llevaron los cálices sagrados al recinto de la celebración. Baltasar, ciego en su grandeza, provocó a Dios con sus actos.

De repente una mano, recortada sobre el fondo de la pared, apareció en la noche. Nadie la había visto, hasta que poco a poco el silencio del miedo invadió la habitación, y la música y los bailes se detuvieron. Sólo la mano danzaba ahora sobre la superficie de la pared, dejando marcas que nadie podía descifrar.

Baltasar tembló.

Los sumos sacerdotes, los sabios, los adivinos… todos acudieron al llamado del rey que, desesperado, quería saber qué había ocurrido en la sala. Nadie podía decir de qué se trataba ese magnífico fenómeno.

La reina oyó la repentina calma de la habitación y se acercó. Vio al rey sumido en la palidez y a sus sabios en la perplejidad. Pronto comprendió qué ocurría. Habló con el rey y le dijo que había un hombre que podía interpretar aquello que la mano había dibujado sobre el muro. El rey lo mandó llamar.

El hombre, un pobre judío sediento de Dios, descifró la escritura en la pared y dio al rey el mensaje que le había sido enviado:

–El poderoso Dios de la tierra y los cielos envía este mensaje: Mane, Thecel, Phares. Significa que has sido medido, pesado y dividido. Dios ha medido tu reino y le ha puesto fin, has sido pesado en la balanza y has resultado falto de peso, tu reino ha sido dividido y entregado a otros.

Baltasar, agradecido, mandó vestir al judío con ropas purpúreas y de oro y le entregó la tercera parte de su reino. Mas el judío no quería esas recompensas, él no había interpretado sino por la obediencia que le debía a su dios.

Baltasar no había escuchado nada, el judío le dijo que él no había respetado a Dios, que había sido soberbio, como lo había sido Nabucodonosor. Pero las palabras no lo afectaron, él no se sentía aludido por el mensaje. Pensó que tenía tiempo para cambiar las cosas, pues al fin y al cabo él era el rey supremo de Babilonia, y lo que él ordenaba se cumpliría al instante.

Al término de la celebración todos se retiraron a sus casas, el palacio quedó solo. El rey, en la oscuridad, seguía pensando en sus actos, ¿por qué le fue enviado ese mensaje si él no tenía culpa alguna? ¿Qué pecado cometía si sólo era poderoso y se vanagloriaba por ello? Pensó que tal vez el mensaje no era de ningún dios y se trataba sólo de una artimaña urdida por alguno de sus enemigos que había logrado infiltrarse en la fiesta. Entrevió que seguramente el judío había participado en la confabulación.

A la medianoche, el rey se acercó a sus aposentos. Inesperadamente, el filo de una espada atravesó su corazón. En ese momento supo que su destino estaba escrito.

Cuento perteneciente a Treinta monedas de plata (inédito) escrito por Ma. de las M. B. Ávila y Sebastián A. Digirónimo

Retratos contemporáneos 3 -Lucas 21,1-

Lucas 21,1

Ocurrió un jueves.

El sacerdote se acercó a la mujer que lo ayudaba con algunas de las faenas y se dispuso a entregarle la retribución que le debía. Ella se había ganado a fuerza de trabajo esa mensualidad realmente mísera. Puede decirse que la paga se reducía a dos pequeñas monedas.

¡Cuánta candidez la de los hombres vanidosos!

Las dos pequeñas monedas deben haberlo confundido, porque el sacerdote, mientras le entregaba la merecida paga a la mujer, dijo lo siguiente: “el óbolo de la viuda… y la viuda soy yo.”

¡Vanidad de vanidades!

“Y la viuda soy yo”, agregó con prodigiosa tranquilidad.

La parábola de la viuda podría también llamarse parábola de los hombres ricos. Porque ella demuestra a las claras qué es un hombre rico. El hombre rico es el cándido que cree que sus grandiosas sobras son tan humildes como las monedas de la viuda. No es otra la ilusión de la riqueza. El hombre rico se mira en el espejo y no ve otra cosa que una pobre viuda llena de virtudes.

Y allí quedó el sacerdote, libre de todo temblor y satisfecho por haberse ganado el cielo con su extraordinaria bondad.

João Zeferino da Costa - O óbolo da viúva, 1876

Cuento perteneciente a Treinta monedas de plata (inédito) escrito por Ma. de las M. B. Ávila y Sebastián A. Digirónimo

Relatos atávicos 3 -El intérprete de sueños-

El intérprete de sueños

A J.I.

El tiempo ha pasado, la arena de Egipto se mueve incansablemente, y en su ir y venir cambia para volver a ser la misma.

El faraón me ha permitido ayudarlo por el don que poseo, o que en todo caso me posee. Hace algunos años el enigma, en la forma del sueño, se presentó ante él, y preso de la necesidad de saber me llamó. La respuesta que le ofrecí fue grata para sus oídos, por ello hoy gozo de comodidades y lo acompaño.

Mi nombre es Zaphnath-Paaneah y administro el gran reino del faraón. Sin mi orden nadie moverá mano ni pie en Egipto, ha dicho. He caminado por la orilla del Nilo, preparando al reino para estos años. Las señales fueron claras, por ello el trabajo y el esfuerzo anterior hoy reciben su recompensa. Ya el Nilo ha cambiado, sus aguas nos niegan la abundancia de otros tiempos, y la sequía ha comenzado a imponerse; la tierra es frágil.

Este don me ha llevado por distintos caminos, pues no siempre la respuesta que se busca es recibida con gracia. Quienes se acercan a oír el sentido de la cifra no toleran aquello que el misterio encierra. No saben que, en todo caso, ese sentido parte de ellos mismos.

Fui vendido en mi niñez por algunas monedas de plata… ¿fue mi falta decir algo a quienes no estaban preparados para oír?

Mi padre no sabe que mis hermanos me vendieron, y ahora, en esta época de desgracia y hambre, llegan hasta mí. Ha pasado tanto tiempo que temo no reconocerlo, ¿cómo saber qué sentirá al encontrarme? ¿Cómo decirle que aún existo?

Es extraño, en esta hora de soledad, mi nombre olvidado resurge. Vuelvo a ser José, el de la túnica de brillantes colores, el preferido de Jacob, pero siempre José… el intérprete de sueños.

Cuento perteneciente a Treinta monedas de plata (inédito) escrito por Ma. de las M. B. Ávila y Sebastián A. Digirónimo

Retratos contemporáneos 2 -El ilustrador-

El ilustrador

La luna oscura reveló su silueta entre las sombras de los árboles. Caminábamos tranquilos, en una noche de verano. La idea de las caminatas era hablar, no caminar. El camino era la excusa que justificaba el espacio y la pausa para pensar, para poder tener un lugar de descanso y silencio, y pensamiento.

De repente mi estimado acompañante me miró, y me propuso que pensáramos en quienes nos rodeaban y que los imagináramos como personajes, y que con ellos escribiéramos un relato. Yo atiné a responderle que pocos hombres alcanzaban el grado de humanidad que tenían algunos personajes y que a veces aquellos creados por la pluma de un poeta eran mucho más interesantes y vivos que otros que pululan por la tierra y respiran el aire que los vivos respiran. Me sonrió y asintió, pero a su vez agregó: “No importa, tomemos lo que nos ofrece la carne y agreguemos vida con la pluma.”

He aquí lo que le dije: Hubo una vez un joven que lo tuvo todo, fama, dinero, salud, talento. Mas ese joven no supo combinar eso que poseía con la vida, con la vida de hombre. Se acercaba a la mitad del camino de la vida, pero su cuerpo frágil no lo reflejaba. Su rostro inmaculado no había sido alcanzado por el cruel tiempo.

Vivía en una gran casa a la que había accedido por medio de su madre, una mujer trabajadora y ostentosa. Vivía con su novia de toda la vida, una jovencita de piel blanca y transparente. La vida le sonreía. Pero la vida es exigente y al joven debía llegarle, como a todo hombre, el momento en el que debe enfrentarse con ella. La vida exige e insiste. Da una estocada y tal vez permite recuperar algo de aliento para el próximo ataque, aunque a veces no ocurre de ese modo.

Nuestro amigo se encontró con la posibilidad de ser padre, y la sola mención de esa posibilidad lo horrorizó. ¿Por qué no esperar? ¿Por qué no disfrutar de lo que se tiene ahora? La paternidad asomó en fecha cercana a su matrimonio. Él pensó que su matrimonio debía ser como era su noviazgo: viajar, distraerse, seguir con la vida como había sido siempre. Pero no había pensado en la mujer que estaba a su lado.

Tal vez ella no deseaba lo mismo que él, y de hecho era así. Ella soñaba con formar una familia, su propia familia. Tener sus hijos, su casa, su vida. Y él en cambio, no quería dejar de ser el niño de su madre.

Como era de esperarse en estos casos, la mujer dejó al niño. Pues era un niño, no un hombre. El niño corrió a brazos de su madre, que encolerizada blasfemaba y maldecía a quien había herido a su hijo.

El niño continuó dibujando, su talento opacado por su capricho no era el de antes. Tal vez su talento nunca se mostró en su plenitud, pues su madre siempre lo aconsejaba al respecto, y él la escuchaba. Cómo no escucharla si ella lo sabía todo, y él al escucharla también lo sabía todo. No tenía dudas al respecto, era algo claro y distinto.

El ilustrador no sólo iluminaba las hojas blancas con sus dibujos, también creía iluminarnos a todos con su sabiduría.

Pobre niño, tal vez algún día descubra que hubo un momento en el que se le ofreció la oportunidad de ser hombre y él corrió tras la falda de su madre.

 

Cuento perteneciente a Treinta monedas de plata (inédito) escrito por Ma. de las M. B. Ávila y Sebastián A. Digirónimo