Sobre un estilo de vivir la pulsión

 Sobre un estilo de vivir la pulsión* 

En el prólogo que Rodolfo Alonso escribió para el libro de Noé Jitrik titulado Cálculo equivocado, se puede leer lo siguiente: “¿qué decir hoy, cómo dejarse conducir a la reflexión seria en medio de tanta vocinglera y abrumadora banalidad globalizada, en tiempos de inflación y devaluación extremadas, de lo que debería ser en cambio experiencia poética? Tenemos que situarnos en otra experiencia, paralela a la que menciona Alonso. Como lectores de este libro, podríamos hacer la misma pregunta e intentar buscar la seriedad de la experiencia, de la experiencia psicoanalítica. Esto, dentro de lo posible, recordando aquello de Lacan: yo no intento, concluyo (que tiene resonancias con aquella otra frase de Picasso que Lacan supo mencionar tantas veces, pero que, en este segundo paso, Lacan la lleva al extremo y hasta casi la subvierte.)

Este libro es una compilación de las clases del Curso Avanzado del Instituto Clínico de Buenos Aires titulado “Lo irreductible: amor, deseo y goce” que se dieron en el año 2008, y está atravesado por el estilo de Mónica Torres, un estilo que podría describir como eléctrico. Hay una corriente en continuo fluir, y de vez en cuando da una descarga fugaz y certera como un cachetazo que obliga a despertar, a no tomar nada por asentado y obvio, a no tomar el sentido ni la comprensión como caminos a la hora de pensar la no-relación sexual, y más aún lo irreductible entre amor, deseo y goce. Pero sobre todo es un libro en el que se parte de la exposición del saber, y se trabaja a partir de allí.

En los agradecimientos encontramos por primera vez la marca que se repetirá a lo largo de todo el libro. Esa marca es evidente en esta frase: «Este curso expresa un punto de llegada en mi recorrido. Poder decir “cada uno encuentra su solución”, está relacionado con haber encontrado la propia.»

Volvemos, entonces a la frase de Lacan del primer párrafo y decimos que este libro comienza con una conclusión.

A lo largo de los capítulos, a razón de uno por clase, encontramos una y otra vez algo de esta afirmación, porque en su estilo, se transmite entusiasmo y empuje, y se habla de la experiencia del psicoanálisis.

Nos detenemos ahora en la siguiente frase: «El psicoanálisis es un estilo de vivir la pulsión, no es una profesión, es para siempre. Les aviso para que renuncie quien no quiera estar a la altura de saber qué es un estilo de vivir la pulsión.»

Esta frase, extraordinaria, da cuenta de la posición de quien habla, y combina a la perfección una cita de Lacan harto famosa, con un desafío que tiene que ver con qué es el psicoanálisis.

Para estar a la altura de la época, primero hay que estar a la altura del psicoanálisis. Y el psicoanálisis no es un juego intelectual para elegidos, ni una simple teoría, ni una filosofía, ni un juego complejo de palabras, se trata de una experiencia. Y ahora podríamos definir la experiencia psicoanalítica como eso: un estilo de vivir la pulsión. Pero es necesario hacer alguna precisión, porque podríamos decir que la neurosis también es un estilo de vivir la pulsión (incluso podríamos decir un estilo sin estilo.) Hay que atreverse a adueñarse del propio estilo de vivir la pulsión. (Alguien dijo alguna vez, jugando con la etimología de la palabra estilo, que el psicoanálisis es lo que permite que uno dejara de pincharse a sí mismo con su estilo.) El que se atreva a navegar las oscuras aguas del psicoanálisis debe pagar un precio, no transita ese camino sin ser tocado de alguna forma.

También hay algo que decir acerca del contexto: la frase se dice en medio de un cursus de un instituto clínico al que se acercan aquellos interesados en el psicoanálisis, y tiene el valor de desafío, como el “Lasciate ogni speranza, voi ch’intrate” inscrito en la puerta del infierno.

Aquel que quiera hacer psicoanálisis sepa que no sólo no es una profesión sino tampoco un pasatiempo. Hay que poner algo más. Hay que atreverse a despertar.

En Piezas sueltas Miller menciona lo siguiente:

“Lo que en verdad ocupaba a Lacan –y no era el único– es lo que siempre buscaron las sabidurías. Lo que siempre buscaron las sabidurías serias, no las del principio de placer, es lo que denominaré, así como Lacan habla de segunda muerte, el segundo despertar. (…)

La búsqueda de Lacan es entonces, radicalmente, la del segundo despertar, la de un despertar que estaría más allá de ese despertar que no es más que la continuación del dormir bajo otra forma.”[1]

El estilo que atraviesa el libro de la primera página a la última, cuya primera marca mencionamos en aquella cita, es un estilo que nos obliga a despertar. Para ello cuestionar lo obvio y descubrir, quizá con alegre pesar, que para alcanzar la solución singular hay que pasar por ciertos puntos inevitablemente. Que no hay forma de encajar en los cuadros, ni en las fórmulas, y que en los avatares del encuentro y desencuentro amoroso hay contingencia. Entre Medeas y burguesas, hombres y mujeres, el Otro sexo, las falaces soluciones fálicas, la solución Duras, los hombres sin ambages; se transmite una experiencia, algo de la posición analizante y su irreductibilidad.

No es posible transmitir nada si no está esa posición, esa que está dispuesta a ceder algo y a jugar con la invención y la creación. Es que, nuevamente, es necesario hacer la experiencia, es decir, atreverse a inventar un estilo singular de vivir la pulsión.

Sólo quien se atreviera a inventar ese estilo singular de vivir la pulsión y llevara ese atreverse hasta las últimas consecuencias puede generar en otros el empuje necesario para atreverse a lo mismo.

Mercedes Ávila

Sebastián A. Digirónimo

 

[1] Jacques-Alain Miller (2013): Piezas sueltas, Buenos Aires, Paidós, 2013, página 141.

*Comentario sobre “Amor, deseo y goce. Cada uno encuentra su solución” de Mónica Torres.

Metatrata

Metatrata

 

Apenas nos mudamos supe que algo no estaba bien. La casa, muy vieja en algunos sectores, no me gustaba. Había una presencia en ella todo el tiempo, algo que me observaba. Fue como regresar a un pequeño infierno infantil.
Después de pasados apenas unos días descubrimos el mecanismo de expansión de todas las habitaciones. Junto al mecanismo había algo que lo operaba. La casa expandía y modificaba su forma si yo lo pedía, pero a veces lo hacía a criterio propio. Era, de alguna manera, como el libro de arena, pero yo siento que el espacio de una casa es acaso más aterrador que un libro, porque el libro es más tiempo que espacio.
Nunca sola, siempre mirada, siempre con temor.
La casa, vieja, viejísima, tuvo muchos habitantes. Antes había funcionado en ella un jardín de infantes, y fue antes todavía muchas otras cosas.
Al principio, traté de manejar mi miedo hablando con aquello que operaba el mecanismo, con el operador. Él era, no sé si lo dije, lo más aterrador del mecanismo. Le hablaba, me dirigía a eso y obtenía como respuesta algún movimiento en las habitaciones. Ellas se ampliaban, o se achicaban, o aparecía un subsuelo, o quizá se podía ver el estrato más bajo de todos, en el que estaban las cloacas y otras cosas que no supe descifrar. Las cloacas eran algo así como un suelo blanco con agua que circulaba todo el tiempo, y en él se podían ver todos los desechos. Ellos cubrían toda la superficie de la casa, y si el operador quería se podían ver en cualquier parte.
Pasaron algunas semanas, y al principio traté de olvidarlo o hacer como si eso no existiera. Pero al final pudo más el querer saber, o quizá pudo más eso.
Una tarde decidí contactarme con algunos de los habitantes anteriores de la casa. Accedieron a visitarme y nos reunimos en el salón principal, que estaba completamente en silencio.
–¿Querés saber?
–Sí.
Hicimos una ronda y comenzamos a contar.
–¡Uno! Metatrata.
–¡Dos! Metratrata.
–¡Tres! Metatrata.
–¡Cuatro! Metatrata.
–¡Cinco! Metatrata.
Seguimos así hasta llegar al número doce. No entendí cómo sabía lo que tenía que decir ni tampoco la fuerza con la que lo dije. Sólo sé que al llegar al número doce me quedé sola. Entendí que al mencionar un número, uno de nosotros desaparecía. El número era absolutamente singular, íntimo y desconocido para cada uno. Al llegar al número doce me quedé sola. Y entonces me angustié y me puse a llorar, y sentí, con la piel erizada y el terror más profundo, que algo estaba a mi lado. Supe que era eso que yo llamaba operador. Cerré los ojos con fuerza, no quise mirar. Pero de nuevo pudo más querer saber. Finalmente abrí los ojos y vi que no estaba a mi lado, pero seguía dentro de la casa. Había regresado al interior del mecanismo.
Fue entonces que entendí algo más, aunque no sé cómo. Eso, como una madre, como un vigía, como algo que amaba y devoraba la vida sin límites, estaba allí para cada uno. Y, si llegué al número doce era por causa de algo mío, por ese temor, por algo en mí que sostenía la vida de eso.
Pensé que el número doce tenía que ver con una edad: doce años. Yo ya no tenía doce años pero en esa casa era como si los tuviera, como si el tiempo hubiera querido detenerse allí, en esa casa vieja, viejísima, que estaba allí como si hubiera estado allí desde siempre, desde antes del tiempo.
Supe que si eso tan aterrador estaba vivo, era porque yo lo mantenía vivo. Eso quedó allí.
Le hablé a las paredes y me fui, sin mirar atrás.

Mercedes Ávila

De cómo descubrí que no soy única

De cómo descubrí que no soy única:

1.-Voy al analista y después de sesión me quedo chusmeando (sí, contando chismes) con el tipo que encarna a mi analista.

2.- Escucho que esta práctica parecería estar extendida en muchos otros analizantes y analistas.

3.- Se lo cuento a mi analista con la carga dolorosa de reconocer que lo que hago, lo hacen todos. Mi analista me dice: -Pero, ¿cómo? ¿Otros analistas me imitan?

4.- Parecería que al final no era yo sola la que se creía que hacía algo único.

La Plata, 25 de junio de 2012

Mercedes Ávila en Anotaciones previas de un análisis (inédito)

Sueño de seducción

Sueño con mi analista.

Estamos en una fiesta en una pileta, es verano, hay música. Todos se divierten. Lo veo recostado sobre una reposera, al sol. En una de sus manos tiene una de esas bebidas con sombrillita.

Me sorprende lo inesperado, lo simpático, lo extraño de encontrarme con él en una situación así. Por otra parte, él es alguien que imagino así, se ha prestado para que yo pudiera construirlo así y no de otra forma. Es mi analista, es mi construcción.

Me acerco,  me habla, sonríe… me seduce, y quiero seducirlo. Trato de besarlo.

Él, cortésmente, mueve su rostro y en el mismo movimiento me dice al oído (casi como un secreto): “Cacho Castaña.”

La perplejidad se apodera de toda la situación: ¿Cacho Castaña?

Despierto.

 Aún entre el sueño y el día pienso: ¿por qué de todas las cosas que hay en el mundo lo que surge es Cacho Castaña? ¿¡Cacho Castaña!?

De repente sólo una respuesta nace: lo que pone freno al narcisismo, es el analista.

 

 

Mercedes Ávila, en  Anotaciones previas de un análisis, inédito.

Argos

Argos (2003-2014)

La muerte de una polilla, la muerte de una mosca, la muerte de Argos.
Virginia Woolf y Marguerite Duras escribieron sobre esos insectos, una sobre la polilla y la otra sobre la mosca. Unas líneas sobre la muerte, la infame muerte que siempre acecha.
La muerte de una polilla es una elegía construida con los pocos minutos de vida de un insecto, una polilla. Lo mismo para Duras, la muerte de una mosca como un intento de escribir sobre la muerte de eso que es casi nada, que es molestia, pero que es vida, la mosca en su aleteo, en su zumbido, en su morir.
Argos muere, muere desde siempre, desde su nacimiento, desde sus saltos y ladridos a los gatos, muere.
La muerte acecha siempre. No importa cuánto insista en negarla, en no pensarla. Todo el tiempo la pienso, por la mañana, con el sol, por la noche, en la oscuridad. La muerte y la certeza de saber que he de morir, y que, como se canta en un tango, el mundo seguirá andando.
¿Qué será lo más doloroso de esta muerte anticipada? ¿Perder esto que tanto amo que soy yo misma? La muerte de Argos es un eco de esa muerte que vendrá, es el agujero que señala que en verdad nada cambia para el mundo y el universo, que quien escribe esa muerte soy yo.
Argos envejeció, el pelo, antes negro, está gris, blanco. Los movimientos ágiles de antes son ahora esbozos cargados de dolor. Era una cachorrita, desobediente, terrible, mordedora, como lo son los cachorros.
Argos es fiel, como el perro de Ulises.
En sus últimos momentos, pelea con las moscas. Argos no sabe nada sobre la muerte, ¿sabré algo yo sobre la muerte?
El perro en su vida vive solo, sin otro, sin nada. Su mirada la cargo de dolor, pero no sé si al perro eso le preocupa. La pata le duele, y no la mueve, se echa y listo, al máximo se la lame.
Argos muere y yo escribo. Quizá como Duras, espero que esa muerte no sea una muerte más. Que algo quedara, aunque sea el nombre. Y en esa esperanza vana se resume todo: ojalá algo quedara. Quizá para eso se escribe.

Imagen

Despertar

Después de un largo dormir, el despertar fue abrupto. Repentino. Poético.

Abrió los ojos y entre el sueño y la vigilia el mundo tomó forma. Otra forma, una que no había visto porque sus ojos siempre miraron lo mismo.

De repente, como un rayo solitario en un cielo claro, vio toda su vida. Su infancia, su adolescencia, su presente. Siempre la misma idea, siempre el mismo temor: ser notada, sobresalir. Y cada vez que algo, un mínimo destello, una pequeña señal indicara que la mirada del otro se posaba en ella, en su cuerpo, en sus actos, abandonaba todo y corría por refugio.

Claro, no se trataba de la realidad pues nadie la miraba, por lo menos no de la forma en la que ella suponía. Era ella la mirada, eran sus ojos los que buscaban esa confirmación una y otra vez.

Ahora, con ese despertar había otra forma. Recordó sus sueños de infancia: ser importante, sobresalir, cambiar el mundo. Recordó también sus clases de música, las felicitaciones, los conciertos, y cómo de repente todo eso perdía sentido, dejaba de interesarle. Claro, sobresalía.

Siempre sintió un exceso en su cuerpo, lo femenino de su forma la inquietaba profundamente. Los hombres la miraron desde temprana edad, y lidiar con esa mirada y excitación era difícil. Fue más fácil esconderse en ropa holgada, masculina, o vestirse con envolturas de alfajores de chocolate, engordando, ocultando.

Nunca supo bien cómo relacionarse con los hombres, menos aún con las mujeres. Los hombres le parecían fáciles de leer, no proponían sorpresa. Las mujeres, en cambio, le generaban un cierto rechazo, porque eran absolutamente impredecibles, sin medida, sin límite. La propia mujer en ella era un problema, y por eso se disfrazaba de hombre, o de mujer, de revolucionaria, de luchadora, de cualquier cosa que sirviera para ocultar esa extraña fragilidad que no sabía cómo manejar.

Despertó, y no podría volver a dormir, por lo menos no ese sueño de independencia y feminismo mentiroso. Justamente descubrió, al abrir los ojos, que no bastaba la forma femenina para saber qué hacer con ese cuerpo femenino. Y que todo el sueño que soñó antes, era de ella, y no de otro.

Mercedes Ávila en Anotaciones previas de un análisis

Nuevas publicaciones

Treinta monedas de plata tapa solaLa púrpura y el bronce de la espada tapa sola

Con mucho gusto les informamos que han salido publicados Treinta monedas de plata y La púrpura y el bronce de la espada bajo el sello editorial Ediciones al Margen.
Pueden adquirirlos en librerías amigas.